El cisne

 



La isla se ha vuelto más verde. Desde lo alto del monte, entre el olor del océano, el sonido de los pájaros y el viento que mece las olas, decidí caminar en sentido contrario. Dejé de buscar el mar: preferí ir hacia ese bosque salvaje que observaba cada madrugada, al salir el sol.

Ellos permanecen como siempre; sin embargo, mi curiosidad me lleva a moverme una vez más.

Tu desaparición, el no poder decir adiós, fue devastador: fueron meses de silencio y de mirarte a los ojos entre lágrimas. Pero fui fuerte y me quedé, algo que no sabía hacer hasta ahora…

No importó no poder decir adiós, porque algo en mi interior nació y, en vez de huir hacia los barcos —ni siquiera hacia aquella pequeña barca que un día escondí entre las ramas para escapar—, caminé isla adentro.

El frío comenzaba y ellos se movieron de lugar; encontraron un espacio íntimo donde ya estamos juntos. Nada nos separa, ya no escapo al mar. Ahora me quedo junto a ellos y a los pájaros que cantan al alba.

Bajo el círculo blanco que posee el don de dar vida, inclino la cabeza y, entre lágrimas, sé que permanecer quieta es mi bienestar; pero decidí caminar: necesitaba integrar el duelo.

Tomé una rama y la convertí en bastón, saqué unas campanas y las cargué conmigo —es bueno llevarlas en el bolsillo—, junto al papel donde una vez leí, en hermosa caligrafía, la palabra ÁGAPE. Así comenzó este viaje al interior de la isla.

Tuve hambre y frío, estuve a la deriva entre sollozos y sonrisas por haber amado.

Busqué el sonido del agua y llegué a un río. Me senté en una piedra a observar la naturaleza. Entonces, bajando en calma, las ondas del agua avisaron que algo se movía. Para mi sorpresa, era un cisne. Y recordé las flores blancas que quedaron en la cima el día que dejaste de estar: aquel blanco que fue despedida ahora se posaba, vivo, sobre el agua. Me asombré ante su belleza, quedé deslumbrada.

Y mi llanto, esta vez, fue por el regalo de la vida, al poner a un ser tan bello delante de mí.

Pero algo en mí cambió. Tanto tiempo había sido la que huía, la que no sabía quedarse; ahora, en cambio, no podía marcharme. Volví al río al día siguiente, y al otro, y al otro. En catorce días lo vi solo cinco: hubo madrugadas en que bajaba con el bastón y las campanas, me sentaba en la misma piedra y el agua no me traía nada, y aun así me quedaba en calma. Puse en sentir el cuerpo toda la intensidad que antes gastaba en escapar.

Los dos últimos días no soporté solo mirarlo. Quise tocarlo, abrazarlo. Me acerqué a él con un poco de comida, y el cisne se dejó acariciar, pero también se retiró: se deslizó entre los juncos y el río se quedó liso, en silencio, sin una sola onda que lo nombrara.

Un día no volvió. Estuve triste, sentada en la orilla, dándolo por perdido, sintiendo el calor de sus plumas en mis manos. Al día siguiente acepté que no regresaría y me quedé hasta el anochecer, en paz, entre la luna llena que alumbraba el bosque y hacía brillar el agua del río. Y en esa calma y quietud desconocida para mí, regresó, y lo hizo con la música más bella que no oía hacía tiempo. Me llegó desde lejos, su canto sobre el agua, y de solo escucharlo en la distancia fue como un abrazo.

Así entendí que no necesitaba tocarlo para tenerlo cerca: que su silencio no era ausencia, ni la distancia era pérdida, y que podía amar sin escapar y sin aferrarme; dejarlo libre y quedarme, igual, en la orilla.

Entre el sonido del agua me di cuenta de que me había quedado dormida. Hace frío y el bosque lo cubre una niebla. No puedo ver el camino para regresar a ellos, y tampoco hay cisne en la orilla.