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Es de cobardes..

Me quedé de pie hasta que dejé de ver la barca. Solo el sonido del mar silenciaba mis sollozos, mientras yo, apenas sostenida por el bastón, sentí el calor de mis manos y el pequeño anillo. 

Solté el bastón para nadar, pero caminé directo al mar para desaparecer entre las olas. De pie, con el cuerpo a la mitad del agua, sintiendo la fuerza del mar, me quedé sintiendo el frío. No había luna, no había nada que iluminara aquella oscuridad. Con el temblor del cuerpo y el ruido interno, grité con todas mis fuerzas. Lejos de desaparecer en medio del agua, me di media vuelta y me dejé arrastrar de vuelta a la orilla.

El bastón en la arena fue lo único que sentí al ser arrastrada.

Poco a poco el viento se puso tibio, se sentía una calidez después del frío. Me quedé a oscuras en la playa, sintiendo ese nuevo viento cálido; no se veía ni la luna ni las estrellas.

En aquel momento sin cielo me pregunté cómo él llegaría. Pensé en sus tácticas perfectas para navegar en el mar; finalmente era un experto pirata, tanto me había cuidado de ellos. Pero bueno, no me había equivocado tampoco; solo quise comprobar y jugar el juego.

De pronto, de la nada, un ruido: un pequeño relámpago cayó en el mar y de golpe la lluvia.

Corrí hacia el interior de la isla para refugiarme entre los árboles, toda mojada y con el bastón en la mano. Intenté alejarme de la arena antes de que se convirtiese en lodo. Las gotas de agua eran frías a pesar de que el aire estaba tibio. Corría a buscar refugio; sin linterna y ahora  todo mucho más oscuro que antes. Por un momento me desorienté, fue muy extraño: era como si la brújula interna que tenía se hubiese descalibrado. No podía ver nada, absolutamente nada; la lluvia lo cubría todo. Comenzó con una fuerza y una violencia tal que tuve que moverme mucho más al interior, porque las ramas no soportaban el peso del agua y comenzaron a romperse. Tuve que huir nuevamente hacia el interior.

El cisne pasó por mi cabeza, pero no podía pensar en él: tenía que sobrevivir. Hace tiempo que en la isla las tormentas no eran tan grandes; esto estaba destruyendo todo a su paso. No había visto una tormenta así, con tanta violencia. Seguí caminando a oscuras, con la brújula interior descalibrada. Así que rendida cerré mis ojos por un momento y dejé que la tormenta hiciera su trabajo. Me acosté en el suelo boca abajo; me entregué a ser una con la tierra, entre el llanto y la tormenta.

El sonido de la lluvia, el sonido de algunos pájaros... la brújula interna se volvió a calibrar.

—Espera un momento —escuché—. Ahora muévete a la derecha.

Mojada y llena de barro en todo el cuerpo, apenas me podía mover.

—Escucha... ven, sígueme. Acá vas a estar a resguardo.

No podía ver nada.

—Cierra los ojos —me dijo.

No sé cómo lo logré con los ojos cerrados, apoyada por el bastón. No me pregunten qué sucedió, pero de pronto encontré una cueva. Entré. Estornudé fuerte, solo me di cuenta por ese estornudo, por el sonido vacío y el eco. Abrí los ojos, pero no se veía nada. Me quité la ropa; tenía muchísimo frío. Intenté resguardarme en un lugar, pero el cuerpo me temblaba. Me quedé temblando, desnuda en la cueva, mientras afuera seguía la tormenta.

El explorador




El viento comenzó a soplar fuerte y el sonido de las olas rompiendo en la arena anunciaban que pronto vendría una tormenta.

Observé el cielo nublado grisáceo; entre el frío, intenté caminar hacia el pequeño lugar donde aún iluminaba el poco sol que dejaban pasar las nubes.

Detrás de mí, haciendo preguntas, venía el explorador.

Era un curioso que no se rendía. Me detuve para esperarlo y, seriamente, le pregunté de dónde había sacado un mapa y cómo había logrado hacer una cartografía de la isla. No quiso revelar mucho; al principio se mostró muy simpático, pero poco a poco fui descubriendo que algo escondía.

Desvió mi pregunta y dijo:
—¿Qué voy a hacer con esta pluma? —me preguntó.

¿Qué se supone que tengo que hacer con ella? —seguía preguntando. Suspiré, intentaba no responder y mantenerme en silencio, evadiendo su pregunta.

 Él insistía: —¿Por qué no me crees?

—¿Dime quién te envió aquí? 

—No es algo que tenía preparado. Yo voy hacia un volcán y tú eres la que está en esta orilla. Es mi amabilidad.

—¿Y el anillo?

Se rió y dijo:

—Fue solo algo que tú me pediste y yo simplemente, por complacerte, te lo di. Por cierto, lo tengo aún aquí. ¿Lo vas a recibir o no?

—No lo sé —respondí.

—No seas caprichosa —me dijo—. Siéntate aquí.

Ambos en la arena, con el sonido del viento y el sabor a sal en los labios, tomó el anillo y dijo:
—Espérame, déjame encender un tabaco.

El movimiento de sus manos y su mirada hacían que yo posara mi atención en él.

Con el tabaco en la boca, tomó mi mano derecha y puso el anillo en el dedo meñique. Lo miré a los ojos y le dije:
—Este anillo representa mi libertad. Gracias por traerme tan hermoso regalo.

Sonrió y, sin sonrojarse, mirándome a los ojos fijamente sin apartar la mirada, se quedó en silencio.

Desvió la mirada y, mientras exhalaba el humo mirando hacia el sol, dijo sonriendo:

—Eres muy complicada. Has intentado alejarme todos estos días. Eres desconfiada. Yo solo pasaba por aquí.

—¿Acaso no debería ser desconfiada? —lo miré—. Ya me di cuenta de que tenías algo raro. Me fijé en uno de tus objetos y, sobre todo, por traer un mapa.

Me miró seriamente y le dije:
—Sabías que los piratas son los que llevan los mapas.

Se rió a carcajadas y dijo:
—¿Cómo me descubriste? Aunque no soy esa clase de pirata.

—Empieza a oscurecer y no sé si me pueda quedar contigo

 —¿Por qué no vas a confiar en mí? Te he dado un anillo, lo sé, pero no es suficiente.

Me miró los ojos, sonrió y dijo:
—Contigo, nunca nada es suficiente.

Lo miré y le dije:
—Acabas de llegar a esta isla y ya te crees el dueño.

—Perdóname, solo soy un discípulo que aprende rápido de su maestra —respondió. 

Continuaba haciendo preguntas.

—¿Cómo es esto? ¿Cómo llegaste a esta isla? ¿Adonde vas?

—No te voy a responder.

Mis ojos estaban fijos en su rostro y sus movimientos.

—Te lo dije: déjame ir contigo, déjame ir donde vas. Necesitas un poco más de tiempo junto a mi.

Pensé entre mí: "No sé si ellos lo recibirán o probablemente él tenga una misión con ellos. Eso todavía no lo sé. No queda mucho tiempo para descubrirlo."

El viento frio hizo que me acercara suavemente y sin dudarlo lo abracé con cariño.

—No te acostumbres. No me gusta dar afecto. 

Le mire fijamente a los ojos y le dije: 

—Cuéntame a qué se debe eso, señor pirata de los mares. Cuéntame sobre tus aventuras. Quiero escuchar tus historias. Aquí en la isla no hay nada que hacer, así que tenemos tiempo.

Entre el calor de sus brazos acercó su cabeza a mi oído y susurrando dijo lo siguiente:

—Embriagado, navegando en alta mar, luces encandilaron mis ojos...

Cerré los ojos y me dispuse a escuchar su historia..

—Sirenas —dije yo.

Me puse las manos sobre la boca.

Solo me miró a los ojos con esa mirada profunda y misteriosa, se detuvo mirándome pausadamente, puso su mano sobre mi oído y prosiguió contando sus historias.

Yo fascinada escuchando sus relatos en sus brazos se movió bruscamente se puso de pie, me miró seriamente y dijo:

—Hay que aceptar lo que es en la realidad y no en la ilusión. Quédate con lo hermoso de este cruce y vete donde debas.

Desconcertada apoyada en la arena, él prosiguió:  

—La barca que buscabas, la escondí en otro lugar. ¿Por eso llorabas cuando te encontré?

Mi cuerpo tembló y las lágrimas querían salir cuando me dijo:
—Te llevaré hasta ella. Levántate —me dijo 

Caminamos mientras el viento fuerte movió las nubes. Pudimos disfrutar de un bello atardecer caminando uno al lado del otro mientras él contaba más de sus historias divertidas.

Mientras yo reía.

Llegamos donde estaba la barca. Mi alegría al verla fue tan grande que corrí hasta el agua, sumergí mis pies en ella, abracé la barca y le dije:
—¿Qué tal se te da remar?

Sonriendo tome el bastón como quien usa una espada que ganado una conquista.

Él, serio, me dijo:

—No te voy a llevar. Un volcán es peligroso. Yo viajo solo.

—¡Pero la barca es mía! —grité.

Se acercó a mí, sostuvo mi mano y me dijo:
—Que tengas suerte. Puede que algún día te llegue otra barca. Por ahora, acepta: las cosas a veces son más lindas de lo que uno imagina. La naturaleza no se puede domesticar. O la aceptas tal cual es, o te quedas en una lucha constante.

Mis pies seguían en el agua ahora el bastón me sujetaba.

Así fue como se subió a la barca de un salto, me miró con seriedad, sin dejar su mirada directa en mis ojos, y dijo:
—Empuja, ayúdame a salir de aquí.

No pude decir nada, solo sus ojos sus labios y los míos.

Los labios llenos de sal es lo único que recuerdo: mis manos empujando la barca.

Tomó mi barca, mi única salida, y se fue navegando mar adentro.

Me quedé tocando el anillo en mi mano, y una pequeña lágrima recorrió mi mejilla, pensando en que el maestro fue él y yo la discípula.

Así fue como el explorador se fue, dejándome sola en la orilla.


LOS BARCOS


Solo las velas iluminaban.

La paz volvía a recorrer el interior del cuerpo, sus manos cálidas, su sonrisa, nuevamente, esa mirada de vuelta que dice sin decir nada un "ya sabes que aquí perteneces", nada que juzgar, nada que decir, un simple apretón de manos y una mirada que calma.

En ese silencio contemplativo, junto a ellos, dejé el bastón y me quedé una vez más.

Como siempre, él me observa, no sé si puede leer lo que hay en mi cabeza, pero siempre tiene las palabras adecuadas y me asusta. Una mañana se acercó sigiloso y me dijo:

—A veces las cosas requieren su tiempo, no es que no deban ser así, hay un orden que no es nuestro.

Lo miré a los ojos llenos de lágrimas, se arregló sus ropas, vino, como siempre, a intentar sacarme una sonrisa.

—Tengo el corazón afligido —le dije por primera vez.

El contacto físico es tan reducido que, si hubiese sido por mí, me hubiese puesto de pie y lo hubiese abrazado, me hubiese entregado a llorar; sin embargo, él, con su voz y firmeza, me dio la mano y me dijo:

—La naturaleza tiene sus propios ciclos —con un semblante tranquilo continuó—, a veces yo salgo y alimento a los gatos salvajes que llegan aquí a pedir alimento; muchas veces los veo una vez y no vuelven más, algunos vienen un tiempo largo, algunos solo vienen una vez y se van.

Sonreí.

En aquel momento me toma la mano y me dice:

—Yo sé que fuiste dentro de la isla, y ahí suceden muchas cosas inexplicables.

Sacó de su bolsillo una pluma blanca y me dijo: —Seguramente viste al cisne, quedaste cautivada por su belleza. ¿Conoces la historia?

Mis ojos se llenaron de lágrimas y no pude contener el llanto; por primera vez en meses alguien sostenía mi mano. Al llorar, me apretó con fuerza con sus dos manos.

Y me dijo: —Quítate esa frase de la cabeza.

Me quedé de hielo.

Esa rumiación constante en el silencio durante 21 días.

—Tú sabes que esto no debió ser así.

El bastón cayó al suelo y nos soltamos; él, con una sonrisa, lo tomó con su mano y me lo dio. Me miró a los ojos y, sin decir nada, cerró ambos ojos y bajó la cabeza en modo de "suéltalo". Guardó la pluma en su bolsillo, pero yo quería sentir el calor del cisne entre mis brazos otra vez.

Se retiró en silencio, como siempre, y nuevamente, al unísono, volvimos a cantar.

Al terminar, tomé el bastón entre mis manos; él se fue sin despedirse, como siempre, en un breve intercambio de palabras y un continuar.

Al salir, me quedé en la cima mirando la isla. Abajo, a un lado, el río y la piedra donde tantas mañanas esperé al cisne. Al otro lado, la playa donde había escondido la barca, por si algún día quería escapar. Me quedé entre los dos, y entonces llegó la angustia: no tengo tiempo. Se corta cada día más. Tomé el bastón, lo apreté contra el pecho y corrí montaña abajo.

Quería ganarle una carrera al tiempo, corrí deprisa , para ver si todo podía volver a ser como antes. Me caí. Me hice daño. Ya no quería la isla, no quería cisnes, no quería nada: solo quería irme.

Todavía no sabía que la barca ya no estaría. Todavía creía que huir era posible; con todo el dolor en el cuerpo, llegué a la playa. La barca no estaba. Busqué donde la había dejado, aparté las ramas, volví a apartarlas. Nada. No tengo barca para salir. No hay cisne que abrazar. Estoy sola en la isla, ensangrentada.

Golpeé la arena con el bastón. Una vez, otra, otra. Grité, y pude gritar con toda la fuerza porque nadie me oía: no había pájaros, no había gatos, no había nada. Se me apretaba la garganta. Me quedé en la arena, llorando con el bastón en la mano, hasta que de pronto apareció él.

—¿Qué haces aquí, en esta isla?

Me puse de pie y, en defensa, tomé el bastón y lo enfrenté.

—Tranquila, no vengo a hacerte daño —me dijo.

Levantó sus manos en son de paz. Yo no bajé el bastón, a modo de espada.

—¿Qué haces aquí? ¿Cómo llegaste?

—Soy un explorador, mi barco está por el otro lado de la isla, cruzando la montaña hacia donde están los volcanes. Vengo de un continente, estoy explorando la naturaleza salvaje.

Sacó un papel y me dibujó un mapa. —Estamos aquí —señaló.

—¿Cuál es tu nombre? —me preguntó.

No respondí la pregunta.

—¿Por qué debería  entregarte tal información?

—No me importa, si no quieres decirme tu nombre, para mí serás Helena, hija de Leda.

Me reí fuertemente.

—Estás loco —le dije.

—¿Acaso tu rostro no es capaz de enviar a los barcos al fondo del mar?

¿Y dónde está tu barco?

—No tengo —me dijo—. ¿Me muestras la isla? Déjame acompañarte.

—Lo siento, pero en esta isla no hay espacio para ti.

Me di la vuelta y me fui caminando por la orilla, sin mirar hacia atrás.

Mientras caminaba, él gritó: —¡Helena!

—Déjame seguirte, puedo aprender rápido —corrió detrás de mí, mientras sacaba de un bolsillo unos lentes y el mapa—. Déjame ayudarte, quiero estar a tu lado. No te puedo asegurar nada, porque mi misión es subir al volcán, pero ya que te encontré, déjame seguirte.

Mientras yo caminaba a paso rápido, él me preguntaba:

—¿Llevas mucho tiempo aquí? ¿Qué comes? Puedo cocinar para ti, mira, encontré esto del otro lado.

Yo, sin detenerme, y él, cansado detrás de mí, me dice:

—Detente, por favor.

—¿Qué quieres?

En ese momento me detuve para que me alcanzara y le dije:

—Ven, acércate a mí, mírame a los ojos, mírame fijamente a los ojos.

Su mirada parecía no esconder nada. Se puso delante de mí en silencio, sosteniendo la mirada, sin desviarla, sin miedo, sin cerrar los ojos. Sorprendida porque no evadía, le dije mirando a sus ojos:

—Quiero un anillo.

—Lo tendrás —dijo.

Me reí fuertemente. —En esta isla, ¿de dónde lo sacarás? Vete y déjame en paz.

—No sé con qué tipo de personas estás acostumbrada a tratar —dijo.

Se sentó en la arena y se metió en su bolso a buscar entre sus objetos de explorador. Sacó un tabaco, lo encendió, se puso de pie con una mano en el bolsillo y, con la otra, fumando, me dijo:

—He cruzado ríos, montañas y continentes. Yo podría hacer lo que tú me pidas, como demostración de mi palabra y lealtad.

Sacó la mano del bolsillo y la estiró hacia mí. El puño permanecía cerrado. Mirándome fijamente a los ojos, entre el humo, sin decir nada, abrió su mano.

Tenía un anillo de plata con un corazón y tres piedras: una circonia rosa en el centro y dos esmeraldas verdes a los lados.

Yo, sucia y ensangrentada de la caída.

Él con el anillo en la mano me mira a los ojos y dice:

—Déjame ser tu aprendiz. Puedo ser devoto de ti.

Lo miré a los ojos y le di una pluma negra. La sostuvo en sus manos y la hizo girar, se detuvo a observarla, caminó con ella en la mano.


Cuervos


 

Hay un sonido que, al cerrar los ojos, está en mi cabeza. Suena fuerte, más fuerte. No es uno, ni dos, ni tres. Son muchos. ¿Los escuchas? Son parte del mapa de los sonidos de Tokio. En París vi algunos, pero no hacen tanto ruido — no sé si es por el silencio de la ciudad o por el tamaño que allá tienen ellos. Pero los adoro, y ellos me adoran a mí. Desde el primer viaje hablo con ellos. Y hay un lugar que bauticé yo: el bosque de los cuervos, entre Kichijōji y Mitaka. Te puedo dar el mapa exacto: se cruza el cementerio de las bicicletas abandonadas, se pasan las canchas de tenis, y justo antes de entrar en el territorio de Hayao, ahí está.

Bajan de a uno. Se dispersan, me rodean. Yo los observo, ellos me observan. Se acercan, hasta que yo emito el sonido — y entonces responden.

Siempre abrazo los árboles. Es parte de mi territorio secreto. No te voy a revelar qué árbol: eso me lo guardo para mí, en el terreno sagrado del misterio.

Cría cuervos y te sacarán los ojos. No he criado ningún cuervo, pero estoy perdiendo la visión. A veces no escribo: uso el dictado. Me pongo las manos en la cara, aprieto duro los ojos, y escucho el gran nido de los cuervos de Tokio. Puedo imitar el sonido.

Seis de la mañana, Shibuya vacío, los cuervos en las basuras y yo caminando después de una noche de apenas dormir, ansiosa, con ganas de verlo todo, vivir en Tokio.

Así comienza febrero de dos mil once, mi primera vez: con los cuervos.

Manuel tenía un cuervo en el estudio, en Barcelona. Embalsamado. Tenía nombre, pero no lo recuerdo, y ya no quiero buscarlo: un cuervo quieto con el nombre olvidado guarda mejor su silencio. Yo siempre lo miraba. Era maravilloso. Sé que hay personas que detestan la taxidermia; a mí me encanta. Por eso uno de mis lugares favoritos de París es Deyrolle: tenebroso, macabro, horroroso y fascinante a la vez. Poder tener tan cerca animales que jamás fui a ver, insectos que jamás descubriré yo misma en su estado natural. Creo que es eso lo que me atrae: el animal detenido, presente y mudo, que se deja mirar sin pedir nada. Otra forma del silencio que amo. Tanta es la maravillosa creación — la belleza primera de este mundo no la hizo el hombre.

Si bien me gusta el silencio, hay silencios que no me gustan. Creo que tiene que ver con cómo se ejerce: si es por voluntad, por presión, por necesidad, por espacio. Me molesta cuando dicen que el silencio también es una respuesta — sin cierre, el silencio se vuelve niebla, y en la niebla una sigue caminos que no quería tomar. Adoro el silencio. Es algo que me hace feliz. Pero no soporto que me castiguen con él: así como lo que más amo, también puede destruirme. Hay un misterio que estoy dispuesta a aceptar y un silencio que no estoy dispuesta a tolerar. Por eso vuelvo aquí, al silencio que se elige.

Y ahí estoy, en medio de la ciudad vacía. Ese cruce que siempre está atiborrado de personas, vacío solo para mí. Espero que sean las siete de la mañana para entrar al Starbucks de Tsutaya y sentarme a bordar mirando el cruce, mirando fijamente el puente que da al mural de Tarō Okamoto. Ese mural que tanto me ha inspirado.

Así nació la little people: entre sus portales, entre el misterioso silencio y el aviso de los cuervos, con sus plumas en el suelo.

Me muevo en las líneas subterráneas del metro, portales y más portales, las calles y los templos, cruzo y cruzo portales. Crucé tantas cosas que no sé qué hice la primera vez. Solo sé que debo volver ahí. Que me esperan los árboles, que me esperan los cuervos. Que no soy quien soy. Solo sé que pertenezco allí, a esa isla que me llama, que me grita, que me sana, que me alegra, que me da vida. Que con su silencio me vuelve viva.

Más de veinte mil pasos por día. No me importa si duelen las piernas.

Cruzo Tokio caminando, de noche y de día.

De invierno a verano, otoño o primavera: ya son quince años de romance. Mis votos más estables. Un amor firme, sostenido, silencioso — como un buen matcha.



Seguí a los pájaros


Me sentía desfallecer. Entre el abismo que llama a otro abismo, en medio del fragor de las cascadas, lejos de todas las olas que habían pasado sobre mí. El canto que me inspiró por la noche —aquel canto del cisne, llegando a través del río— se transformó en oración. La niebla es densa, apenas se puede ver más allá del camino; por eso cerré los ojos y pregunté: ¿por qué me olvidas? Nada respondía mi pregunta, solo el frío de aquella mañana en la isla. Intenté caminar, pero… ¿por qué desfallezco ahora y me siento tan azorada?

Tomé el bastón, recuperado del río, y, tras el recuerdo del gato, suspiré y dije: «Envía tu luz y tu verdad. Guíame por tu palabra. Un bello tema bulle en mi corazón. Quiero recitar un poema para la más hermosa de las personas, por la gracia que se derrama de sus labios».

El cisne que no regresó. 

El frío se intensificó, y a mí no me quedaban fuerzas para cuestionar. A ciegas caminé, isla adentro; no tuve otra opción que levantarme.

Miré al cielo y pregunté: ¿por qué ocultas tu rostro? No me rechaces para siempre. Yo sé que tú puedes ver la verdad en lo íntimo del ser, y en mi interior inculcas sabiduría. Devuélveme el son del gozo y la alegría. Devuélveme ese corazón puro. Renueva en mi interior un espíritu firme. No retires de mí tu santo espíritu.

La niebla espesa dejó pasar unos leves rayos de sol. Observé el cielo, cerré los ojos y escuché el vuelo de los pájaros. Guiada por el sonido, decidí seguirlos. El río marcaba el ritmo y la frontera. Poco a poco la niebla se fue disipando, y fue así como aparecieron.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. No dejaba de contar los pájaros. Seguía avanzando, isla adentro, entre las hierbas y la humedad de las plantas. Me quedé en un rincón, observando. Me di cuenta de que los pájaros se pusieron a hablar entre ellos, me fijé en que uno llevaba alimento de un árbol a otro.

Quise observar dónde estaba el nido y me encontré una pequeña estatua entremedio de las rocas, algo que nunca había visto, porque llevo poco tiempo explorando el interior la isla.

Curiosamente, era una mujer, apoyada en lo que yo pensé que era una montaña de setas gigantes. Bajo su cuerpo se hallaba un báculo, lo observe se veía firme pero yo ya había recuperado mi bastón: no había necesidad de cambiar uno por otro. Me acerqué a las rocas gigantes y puse mis manos sobre ellas; estaban tan frías. Seguí caminando, templada por dentro, observando los helechos y la naturaleza que avanzaba. Un  olor a eucalipto lo impregnaba todo.

Quise acercarme para poder oler con más fuerza, pero de pronto el aroma desapareció.

—El peregrinaje es hasta la cima —dijeron.

Pero intenté subir y el vértigo se apoderó de mí. Los escalones que me separaban de la cima hicieron flaquear mi corazón, y me quedé en el limbo, entre subir y bajar.

—Donde esta tu fé —dijeron.

El vértigo no se fue; aprendí a caminar con él. Cada escalón era una pregunta y yo no tenía respuestas, solo el bastón y el cuerpo que insistía en seguir. La cima quedó atrás sin haberme dado nada, o sin que yo supiera reconocer lo que me dio.

Abajo, el bosque. Las piedras húmedas, los helechos otra vez, la luz cayendo en hilos entre las ramas. Caminé sin rumbo, dejando que los pies eligieran. Me sentía vacía y liviana a la vez, como quien ha llorado y ya no le quedan lágrimas, solo el cansancio limpio de después.

Y entonces el bastón se me fue de la mano.

Rodó por unas escaleras de piedra que el musgo casi había borrado, bajando de escalón en escalón con un sonido seco, y yo lo vi alejarse y sentí, otra vez, el viejo terror: lo pierdo, lo pierdo de nuevo. El mar me lo había quitado una vez. El río me lo había devuelto. Y ahora la tierra parecía querer tragárselo. Bajé tras él casi cayéndome, la mano estirada, y lo alcancé justo antes de que se detuviera contra una raíz. Lo apreté contra el pecho como se aprieta lo que casi se pierde.

Pero al levantar la vista ya no estaba donde creía. El bastón, al caer, me había traído a otro lugar. Un camino que yo no había elegido se abría entre los árboles, y supe —sin saber cómo lo supe— que tenía que tomarlo. La pérdida me había girado hacia donde debía ir.

El camino terminaba en un árbol.

No se parecía a ninguno. El tronco era grueso, retorcido, y de una herida en la corteza brotaba algo espeso y rojo, lento, como sangre que no termina de coagular. Me acerqué. Toqué la resina con un dedo y la sentí tibia, casi viva. Quedó roja en mi piel. Un árbol que sangraba. Un árbol que, herido, daba lo que tenía dentro.

En el tronco había un hueco. Una boca oscura entre la madera, a la altura de mi pecho.

Acerqué la cara al hueco y le hablé. Le dije en voz muy baja lo que llevaba diez días sin poder decirle a nadie, lo que había cargado por la isla como se carga una piedra en el pecho. Lo dije entero, dentro de la madera.

Y puse la mano sobre el hueco.

—Recibe la ayuda—dijeron.

La palma me quedó manchada de rojo. Apreté, como si pudiera empujar las palabras hacia el fondo del árbol, hacia donde nadie pudiera sacarlas. El secreto quedó adentro, sellado con la sangre del árbol y la mía confundidas. Me quedé así un momento, la mano sobre la boca de madera, sintiendo latir algo que no sé si era el árbol o era yo.

Cuando retiré la mano, el rojo se había secado en mi piel. El árbol guardaba ahora lo que yo ya no tenía que cargar.

Seguí el camino con la mano todavía roja.

El camino bajaba. Y mientras bajaba, el aire fue cambiando, hasta que levanté la vista y las vi.

Flores. Grandes, blancas, colgando hacia abajo como campanas, como trompetas vueltas al revés. Un árbol entero cubierto de ellas, y todas mirando al suelo, ninguna al cielo. Nunca había visto una flor que se negara a mirar hacia arriba. Colgaban sobre el camino.

—Acércate—dijeron.

Me detuve. No sé por qué me detuve.

Volví  despacio, y dejé que la flor me tocara la cabeza. Una vez. Su borde frío rozó mi coronilla, apenas, como una mano que bendice sin posarse del todo. Y otra vez. Dos veces dejé que me tocara, y en las dos sentí lo mismo: que algo de muy arriba se inclinaba hasta lo más bajo de mí, que la flor del cielo había aprendido a caer.

No la corté. No quise tomarla. Algo me dijo que esa flor era de las que se reciben, no de las que se arrancan; que olía a sueño y a otra cosa más honda, y que no debía pedirle más de lo que ella, colgando, me daba. Pasé por debajo y la dejé atrás, todavía meciéndose, todavía mirando la tierra.

El camino siguió. Y al rato, otro árbol.

Este era distinto a todos. Alto, sereno, con hojas que no se parecían a ninguna hoja: pequeños abanicos abiertos, partidos en dos como si cada una fuera dos hojas que decidieron ser una. El viento las movía y sonaban como agua. Me quedé mirándolo mucho rato, sin saber qué tenía, por qué me daba esa paz antigua, como de algo que llevaba más tiempo vivo que todo lo demás en la isla.

Me acerqué a tocarlo. Y entonces, sin que yo hiciera nada, dos hojas se soltaron.

No cayeron como caen las hojas. Bajaron girando, despacio, una detrás de la otra, y las recogí con la mano —la roja, la del secreto— antes de que tocaran el suelo. Dos hojas en forma de abanico, dos mitades de una misma cosa. Las guardé contra el pecho, junto al bastón. Supe que eran un regalo y que no se piden los regalos: llegan. El árbol me había dado memoria, dos hojas para no olvidar lo que el otro árbol guardaba.

Seguí con las hojas y el bastón y la mano marcada, y el camino me llevó hasta un borde donde el bosque se abría.

Y entonces lo vi, abajo.

Una puerta conocida aquella que separa dos mundos. 

No hacía falta llave. Solo había que pasar, o no pasar.

—Hazlo—dijeron.

Me quedé un momento en el borde, igual que me había quedado en los escalones de la cima, entre subir y bajar. Pero esta vez no hubo vértigo. Bajé hacia la puerta con el bastón en una mano y las dos hojas en la otra, y al llegar frente a ella me detuve. pase por el costado para ponerme frente a ella.

Incliné la cabeza, como había inclinado la cabeza bajo la flor. Hice la reverencia y pase esta vez por el centro.

Del otro lado, todo era lo mismo y todo era distinto.

Había cruzado el umbral y al cruzarlo había dejado de buscar. Eso era todo lo que el otro lado tenía para enseñarme: que ya no me faltaba nada.

Observe una piedra y los rayos del sol comenzaron a irse.Fue despacio, como todo en la isla. 

La luz se volvió dorada, después naranja, después de ese color que no tiene nombre y que dura solo un instante antes de la noche. 

—Respira—dijeron. 

Las lagrimas brotaron como pero todo era diferente una calma aprendida y sostenida.Respire.

En la quietud de ese nuevo estado anocheció y salió la luna.

Redonda y entera, sin un borde que le faltara. La luna que durante todo el camino había estado a punto de llenarse, por fin se había llenado. Y era rosa. No sé explicarlo, no sé si fue la niebla, o el otro lado del umbral, o que mis ojos habían cambiado: la luna salió rosa sobre la isla, una luna que yo no había visto nunca y que supe que no volvería a ver.

La miré mucho rato. La mano todavía guardaba el rojo del árbol, y arriba la luna tenía casi el mismo color, como si el secreto que yo había sellado abajo se hubiera subido al cielo a hacerse luz. 

Pensé en él. Pensé en el cisne que no regresó, en el gato que se fue corriendo, en todo lo que se había acercado para después huir. Y por primera vez acepte que me dolió. Estaban lejos y yo estaba entera, y las dos cosas podían ser verdad al mismo tiempo.

Anocheció bajo la luna rosa. Yo seguía ahí, con mi bastón y mis dos hojas, en la isla, del otro lado de la puerta. 

Regrese a la montaña en medio de la oscuridad, volví a ellos al calor de sus manos y el rezo. 

A lo estable a donde pertenezco.

Esta vez lleve mi propia vela, rosa como la luna y la encendí.



La mística y el gato salvaje




No sabía volver. Entre la niebla, el cisne que no regresó y un recuerdo que volvía sin nombre, el cuerpo, en medio del frío, cedió. Una mañana, sentada en la piedra, respiré. El río, que no traía nada, empezó a traer algo: una forma oscura que bajaba despacio con la corriente. Bajé para acercarme a la orilla a ver qué era, puse las manos en el agua, la dejé acercarse. Cuando la rozó mi mano, lo supe antes de verlo: era el bastón. El de siempre. El que el mar me había arrancado de la mano hacía tanto, el que creí perdido para siempre entre las olas. El agua, que se lo había llevado, me lo devolvía ahora por el río.

Lo apreté contra el pecho. Solté la rama que me había hecho bastón; ya no la necesitaba. Y al tenerlo de nuevo volvió todo lo que él había visto conmigo y yo había querido olvidar. Porque hubo una primera vez, mucho antes de la isla, cuando los dos —el bastón y yo— aún no sabíamos que estábamos siendo llamados.

Y recordé.


Hay momentos en que el mundo ordinario cede. Algo que no tiene nombre llega antes que el frío, y el cuerpo lo reconoce mucho antes de que los ojos lo vean. Ese día, caminando sola, sentí que algo del otro lado me estaba observando.

El sonido de las hojas secas comenzó a crujir y el cuerpo alertó que había algo cerca. No eran mis pasos los que hacían el ruido; era algo que se me acercaba con rapidez, pero de pronto se frenaba. Alcé la mirada y detuve el paso para ver qué había a mi alrededor.

No había nadie. Decidí seguir caminando pero comenzó a aumentar la sensación de que algo venía detrás de mí. Bajé la vista, observé un pequeño pájaro y pensé: es demasiado pequeño para el ruido que estoy escuchando. Seguí caminando un poco más allá y me senté en una piedra. Cerré los ojos y en silencio comencé a respirar, para agudizar mis oídos y la visión interna. Nuevamente el sonido de las hojas secas, esta vez más rápido.

Con los ojos cerrados, sentí su presencia.

— Ahí viene.

Silencio.

Puedo sentir como si fuese otro humano que viene caminando hacia mí. Sus pasos son fuertes y determinados. Todo transmite solemnidad. El paso dejó de ser rápido y se volvió lento, pisadas seguras; claramente viene hacia mí, pero todavía no puedo ver qué es. Siento su mirada observándome. Su presencia se hace cada vez más fuerte. Respiro. El cuerpo comienza a temblar, me sudan las manos, estoy nerviosa. Su presencia se acerca y siento que algo puede no salir bien. Respiro. Comienzo a toser y mi estómago tiene una pequeña náusea. Se está acercando más hacia mí, quiero salir corriendo, estoy muy asustada. Su presencia ha llegado delante de mí, puedo sentirlo, pero me da miedo mirar. No quiero abrir los ojos. Podría decir, solo por sentir su presencia, que es alguien de casi 1,80 m. Podría describir su cabellera larga, sus manos, una piel pálida, blanca. Probablemente sea un ángel de luz. Tengo que ser valiente y abrir los ojos. Respiro nuevamente, pero no quiero mirar. Me está inundando una paz en el cuerpo, me siento muy observada. Creo que es momento de abrir los ojos y ver quién está ahí delante de mí.

Un pequeño gato.

El gato está sentado frente a mí, me miró directamente a los ojos y no apartó la mirada. Me quedé observando sus orejas, su pelaje. Me quedé en silencio. Seguía nerviosa. Su presencia era imponente, pero a la vez había una fragilidad que me hacía querer cogerlo con mis manos. Un pequeño gato, hermoso y suave, que estaba ahí frente a mí, observándome. Incliné mi cabeza para observarle mejor. El gato no se alejó, pero al sonreír y sentir alegría, se puso de pie y se incomodó. Sintió que me iba a acercar y se activó su defensa. Lo observé con cara de: no te vayas, por favor, solo quiero acariciarte. Estiré mi mano como un gesto de alcanzarle. El gato erizó sus pelos. Su mirada ya no era contemplativa, era defensiva. Se replegó, observó y se fue corriendo.

Nunca había visto ese gato. No era como los otros gatos que siempre rondaban, que se dejaban acariciar y que luego se iban. Simplemente aparecían con su cola, se paseaban entre las piernas, recibían una caricia y se iban. Este gato era muy distinto. Pude ver el miedo en sus ojos, pero también el deseo de acercarse. Me quedé en silencio y brotaron las lágrimas de mis ojos.

Se fue la luz del sol y dio paso la noche. El aire estaba tibio. Me quedé sentada mucho tiempo, solo sintiendo. Volví a cerrar los ojos mientras las lágrimas caían, volví a agudizar el oído. Esta vez no había pisadas. Solo el sonido de las hojas y los árboles.

Me pregunté por qué se fue, si los dos estábamos igual de asustados.




Como un gato






Te miré, y por primera vez te tomé las manos con fuerza; con mis dos manos sostuve tu mano, mientras tú, en un acto de resignación, soltaste el bastón y rompiste en llanto.

Intenté buscar la sonrisa que siempre te intento sacar. Te miré y te dije: "Tienes las vidas de un gato. Así eres tú."

Marché en silencio a encender las velas.

Hace meses que la veo llegar. Muchas veces llega en la oscuridad, antes que todos, incluso antes que yo, caminando en silencio. Cuando la veo, ella se sienta y hace ver como que nada ha pasado.

Semana a semana la observo, en sus subidas y escapadas por la isla.

Un día la miré susurrarle a las velas. Fue allí cuando me acerqué y les pregunté: "¿Qué les está pidiendo?".

De alguna manera, yo soy el encargado de encenderlas, y ella lo sabe. Siempre me observa, y yo la observo a ella, aunque piensa que estoy despistado, cargando cosas de un lado a otro.

Las velas tienen mucho que decir sobre ella.

El otro día me contaron que la escucharon susurrando: "Por favor, que vuelva".

Les pidió que le dieran respuesta. Las velas se movieron y me dijeron: "Las respuestas solo te las podemos dar a ti. ¿O acaso ella también puede hablar con nosotras?". Tuve que darles la orden de que no le respondiesen nada, que mantuviesen la quietud de la llama, para que ella permanezca quieta y no se escape.

Siempre la observo irse con el bastón, y cada vez que vuelve parece una sombra errante. Yo siempre la observé llorar, pero no puedo contenerla, solo la puedo observar. Ella siempre creía que nadie veía lo que sucedía, pero todos éramos conscientes; en el silencio nada se oculta, en el silencio las respuestas se hacen más evidentes.

Decidí darle la orden al bastón para que él me cuente. Tomó un pequeño cascabel y le dije: "Déjenla, déjenla que baje". Esta vez no fue al mar, se fue al río, dijeron.

El bastón y el cascabel ya nos contarán qué hace allá.

Fue un día de verano, hacía calor, cuando sentí su mano. Yo estaba alrededor de muchos otros, no sabía si ella me escogería o no. Yo estaba simplemente ahí, de pie. A mi lado había formas, figuras, colores; todos éramos distintos. Pero, sin embargo, yo quería irme con ella. Cuando me tomó, pude sentir el calor de su mano, e inmediatamente dije: "Llévame, me quiero ir contigo". Así fue como le pertenecí.

Era un día de verano, hacía calor; ella llevaba un vestido de flores, de colores pasteles, precioso, por cierto. Me gustó. Me pregunté por qué me escogería a mí entre todos ellos; no lo entendí. Nada malo se veía en ella, pero yo, en su juventud, yo un bastón, ¿quién soy yo para negarme a ir en sus manos?

Un día me bautizó con un nombre. Yo no entendí muy bien por qué, solo soy una madera; no entiendo de músicas ni de referencias estéticas. Yo solo siento su mano y me gusta. A veces me aprieta con fuerza, otras me hace vibrar dando golpecitos, como si yo fuera un instrumento.

A veces baila conmigo; me gusta cuando bailamos, me gusta cuando jugamos, me hace sentir vivo.

No sé por qué él me dio la orden de avisarle las cosas que veo, pero desde el primer día que nos conocimos me observó.

Me quedo mirando sin decir nada, pero de alguna manera me habló; no supe cómo lo hizo, pero me habló.

Me dijo que algo distinto hay en ella, y eso es lo que tengo para informar:

Un día de verano después de la salida de un museo, me sostuvo con fuerza y fue la primera vez que me sentí húmedo. No había lluvia. Ella apoyó su cabeza y las lágrimas me bañaron.

De pronto comprendí el porqué: ella me había escogido, pero no me dijo nada, solo me puso un nombre y me sostuvo con firmeza; desde ese entonces la acompaño a todos lados. Antes de llegar a esta isla, a las personas de su alrededor les llamó la atención mi llegada; yo escuchaba que no era normal que alguien tan joven —y bla, bla, bla— yo me considero bastante guapo y atractivo, soy de una manera irregular, soy bonito. Un día un perro me mordió, eso sí que me dolió. Fue una tarde cuando la escuché tener una conversación con alguien; ese día estuvo muy nerviosa, no sé por qué, pero dijo que si eso sucedía ella iría a la isla. Yo no entendí, pero ella se sentía feliz; ese día, de alguna manera, bailábamos, lo pasamos muy bien. Al día siguiente, en un movimiento inesperado, se agarró de mí con mucha fuerza. Nos encontramos con alguien muy alto que me miró y la miró a ella con el cuidado de una flor que no puede tocar; ella reía, le miraba, sonreía. Nunca supe quién fue él; yo solo la escuché decir un gato salvaje.

Fueron tres días; yo solo escuchaba que ella repetía "tres días", como siempre, nuevamente tres.

Ese día me subió a una barca y nos fuimos en el mar y desaparecimos en una niebla gris y densa; de pronto estábamos aquí, en esta isla, con ellos. Todo cambió: yo y ella, ella y ellos. Todos aquí.

Sus manos son frías, ya no jugamos, me deja en un rincón mientras camina sin mi apoyo; yo miro lo que ellos hacen, vibro con los sonidos, y ella, siempre, me toma con su mano húmeda. Conozco esa sal, suave y delicada, de sus lágrimas.

Nuestra llegada a la isla estuvo marcada por el silencio.

Perdí la cuenta del tiempo que llevamos aquí.

De vez en cuando le aviso a él sobre todo, en especial sobre la primera vez que se fue: fueron semanas de llanto donde caminamos y volvimos al mar, nos enfrentamos a los cantos de marineros, pero después de todo lo que vi, estamos aquí.

Aunque sucedió algo inesperado por eso: la última vez que fuimos al mar, las olas me arrancaron de su mano, y con ella se fue también el cascabel, que aún colgaba de mi cuerpo. No sé si ella nos buscó, no sé si nos dejó ir. Solo sé que el agua nos llevó, y desde entonces no soy más su voz.

Pero el mar no se queda con nada para siempre: un día, mucho después, sentí de nuevo su mano. Era ella. Me había encontrado entre las piedras de la orilla, y supe, por fin, que volvíamos a ser uno solo.



El cisne

 



La isla se ha vuelto más verde. Desde lo alto del monte, entre el olor del océano, el sonido de los pájaros y el viento que mece las olas, decidí caminar en sentido contrario. Dejé de buscar el mar: preferí ir hacia ese bosque salvaje que observaba cada madrugada, al salir el sol.

Ellos permanecen como siempre; sin embargo, mi curiosidad me lleva a moverme una vez más.

Tu desaparición, el no poder decir adiós, fue devastador: fueron meses de silencio y de mirarte a los ojos entre lágrimas. Pero fui fuerte y me quedé, algo que no sabía hacer hasta ahora…

No importó no poder decir adiós, porque algo en mi interior nació y, en vez de huir hacia los barcos —ni siquiera hacia aquella pequeña barca que un día escondí entre las ramas para escapar—, caminé isla adentro.

El frío comenzaba y ellos se movieron de lugar; encontraron un espacio íntimo donde ya estamos juntos. Nada nos separa, ya no escapo al mar. Ahora me quedo junto a ellos y a los pájaros que cantan al alba.

Bajo el círculo blanco que posee el don de dar vida, inclino la cabeza y, entre lágrimas, sé que permanecer quieta es mi bienestar; pero decidí caminar: necesitaba integrar el duelo.

Ya no tenía el bastón de siempre, ni el cascabel que llevaba —el mar se los había quedado—, así que tomé una rama y la convertí en bastón; até un cascabel nuevo y lo cargué conmigo —es bueno llevarlo en el bolsillo—, junto al papel donde una vez leí, en hermosa caligrafía, la palabra ÁGAPE. Así comenzó este viaje al interior de la isla.

Tuve hambre y frío, estuve a la deriva entre sollozos y sonrisas por haber amado.

Busqué el sonido del agua y llegué a un río. Me senté en una piedra a observar la naturaleza. Entonces, bajando en calma, las ondas del agua avisaron que algo se movía. Para mi sorpresa, era un cisne. Y recordé las flores blancas que quedaron en la cima el día que dejaste de estar: aquel blanco que fue despedida ahora se posaba, vivo, sobre el agua. Me asombré ante su belleza, quedé deslumbrada.

Y mi llanto, esta vez, fue por el regalo de la vida, al poner a un ser tan bello delante de mí.

Pero algo en mí cambió. Tanto tiempo había sido la que huía, la que no sabía quedarse; ahora, en cambio, no podía marcharme. Volví al río al día siguiente, y al otro, y al otro. En catorce días lo vi solo cinco: hubo madrugadas en que bajaba, me sentaba en la misma piedra y el agua no me traía nada, y aun así me quedaba en calma. Puse en sentir el cuerpo toda la intensidad que antes gastaba en escapar.

Los dos últimos días no soporté solo mirarlo. Quise tocarlo, abrazarlo. Me acerqué a él con un poco de comida, y el cisne se dejó acariciar, pero también se retiró: se deslizó entre los juncos y el río se quedó liso, en silencio, sin una sola onda que lo nombrara.

Un día no volvió. Estuve triste, sentada en la orilla, dándolo por perdido, sintiendo el calor de sus plumas en mis manos. Al día siguiente acepté que no regresaría y me quedé hasta el anochecer, en paz, entre la luna llena que alumbraba el bosque y hacía brillar el agua del río. Y en esa calma y quietud desconocida para mí, regresó, y lo hizo con la música más bella que no oía hacía tiempo. Me llegó desde lejos, su canto sobre el agua, y de solo escucharlo en la distancia fue como un abrazo.

Así entendí que no necesitaba tocarlo para tenerlo cerca: que su silencio no era ausencia, ni la distancia era pérdida, y que podía amar sin escapar y sin aferrarme; dejarlo libre y quedarme, igual, en la orilla.

Entre el sonido del agua me di cuenta de que me había quedado dormida. Hace frío y el bosque lo cubre una niebla. No puedo ver el camino para regresar a ellos, y tampoco hay cisne en la orilla.