Ipse venena bibas ...
El ruido que emitían sus pies. La vibración del agua. El olor de la tierra y las piedras. Aquello fue la única guía que podía utilizar. Sin luz. Sin nada que pudiese iluminar el espacio.
Solo me quedaba cerrar los ojos y dejarme guiar.
Caminamos mucho tiempo en silencio. No sé cuánta distancia recorrimos, pero me dolían las piernas. La lluvia y el llanto me habían dejado sin fuerzas, sin bastón donde sostenerme. Mi cuerpo cedía al cansancio, a la fatiga y con la respiración entrecortada quería detenerme.
Aquel sonido que era mi único ancla, parecía estar cada vez más lejano, apresure mis pasos, pero entonces noté algo diferente. El eco de nuestros pasos comenzó a cambiar. Como si las paredes se alejaran.
La oscuridad seguía siendo total, pero sentía que el espacio se abría. El aire circulaba distinto. Más fresco.
—¿Dónde estamos? —pregunté.
No respondió. Solo siguió caminando.
El suelo bajo mis pies cambió. De piedra mojada a piedra más seca. Olfateé instintivamente: el olor a mineral se intensificó, pero ahora había algo más, un olor de agua estancada.
Avance rápidamente pero me detuve al sentir el filo de una piedra que me cortó el pie. La sangre tibia fluyó bajo el pie, mojando el suelo helado de la cueva. El olor a mineral y humedad se intensificó.
—Ahora —dijo él.
—¿Ahora qué? —respondí, adolorida.
—Estás lista, ya has dado el sí.
—Yo no he dado ningún sí —respondí.
—Tu cuerpo respondió por ti. ¿No sientes el calor en tu pie?
Hubo un silencio. Entonces, muy lentamente, comencé a notar algo me dolía el estomago y un pitido en mis oídos se intensifico. Al principio pensé que era mi imaginación—la mente cansada juega trucos. Pero no. Había un cambio en la oscuridad. Una luz imperceptible. Apenas visible.
Parpadé varias veces, confundida. ¿Es real?
—Mira hacia arriba —dijo él.
Levanté la vista. Una pequeña grieta en la roca dejaba filtrar la luz del cielo nocturno—probablemente la luna reflejada. Débil, plateada . Pero luz.
Mis ojos, acostumbrados a la oscuridad total, comenzaron a adaptarse dolorosamente. Las pupilas se contraían. Parpadé una y otra vez, mareada por la transición.
Aquella claridad aumentaba tan gradualmente que casi no la percibía, hasta que de repente—sin transición clara—pude ver formas.
Y en el centro del espacio, reflejando esa luz plateada de la noche: un pequeño lago subterráneo.
Allí, de pie junto a una pequeña barca desgastada, estaba él.
La luz bañando su cuerpo, aquella desnudez observe cada uno de sus movimientos elegantes y masculinos a la vez. Tomó un gran remo con su mano y lo introdujo en el agua. Mientras mis ojos observaban sus brazos y manos firmes.
Yo, desde una nueva orilla, en silencio, vi cómo con gesto delicado estiró su mano hacia mí con una sonrisa dulce y una mirada intensa sin parpadear.
—¿Dónde estamos? —pregunté.
No respondió. Solo siguió caminando.
El suelo bajo mis pies cambió. De piedra mojada a piedra más seca. Olfateé instintivamente: el olor a mineral se intensificó, pero ahora había algo más, un olor de agua estancada.
Avance rápidamente pero me detuve al sentir el filo de una piedra que me cortó el pie. La sangre tibia fluyó bajo el pie, mojando el suelo helado de la cueva. El olor a mineral y humedad se intensificó.
—Ahora —dijo él.
—¿Ahora qué? —respondí, adolorida.
—Estás lista, ya has dado el sí.
—Yo no he dado ningún sí —respondí.
—Tu cuerpo respondió por ti. ¿No sientes el calor en tu pie?
Hubo un silencio. Entonces, muy lentamente, comencé a notar algo me dolía el estomago y un pitido en mis oídos se intensifico. Al principio pensé que era mi imaginación—la mente cansada juega trucos. Pero no. Había un cambio en la oscuridad. Una luz imperceptible. Apenas visible.
Parpadé varias veces, confundida. ¿Es real?
—Mira hacia arriba —dijo él.
Levanté la vista. Una pequeña grieta en la roca dejaba filtrar la luz del cielo nocturno—probablemente la luna reflejada. Débil, plateada . Pero luz.
Mis ojos, acostumbrados a la oscuridad total, comenzaron a adaptarse dolorosamente. Las pupilas se contraían. Parpadé una y otra vez, mareada por la transición.
Aquella claridad aumentaba tan gradualmente que casi no la percibía, hasta que de repente—sin transición clara—pude ver formas.
Y en el centro del espacio, reflejando esa luz plateada de la noche: un pequeño lago subterráneo.
Allí, de pie junto a una pequeña barca desgastada, estaba él.
La luz bañando su cuerpo, aquella desnudez observe cada uno de sus movimientos elegantes y masculinos a la vez. Tomó un gran remo con su mano y lo introdujo en el agua. Mientras mis ojos observaban sus brazos y manos firmes.
Yo, desde una nueva orilla, en silencio, vi cómo con gesto delicado estiró su mano hacia mí con una sonrisa dulce y una mirada intensa sin parpadear.
Me observaba atento.
—Te sienta bien el rojo rozando tu cuerpo.
Serena y con una sonrisa le respondí:
—¿Lo dices por la capa o por la sangre de mi pie?
Fue entonces, con voz suave, que dijo:
—Ven aquí.
Cojeando me acerqué a la barca. Tomé su mano y le dije:
—No he decidido nada. Dime, ¿dónde vamos?
Extendí mi mano y él la sostuvo con delicadeza.
—Sube, hermosa ninfa. Ya has pagado la entrada.
—Te sienta bien el rojo rozando tu cuerpo.
Serena y con una sonrisa le respondí:
—¿Lo dices por la capa o por la sangre de mi pie?
Fue entonces, con voz suave, que dijo:
—Ven aquí.
Cojeando me acerqué a la barca. Tomé su mano y le dije:
—No he decidido nada. Dime, ¿dónde vamos?
Extendí mi mano y él la sostuvo con delicadeza.
—Sube, hermosa ninfa. Ya has pagado la entrada.
Le mire a los ojos y le dije:
—No puedes mover esa barca. Lo sé.
Con rabia apretó mi mano furioso, aquel hermoso hombre de pronto envejeció y comenzó a gritar:
—¿Qué estás haciendo con tanta furia? ¡Estás loca! ¿Prefieres morir? ¡Estúpida! ¡Pues hazlo!
Con rabia e insultos repetía lo que había dicho horas antes en mi oido mientras me sostenía.
—Puedo darte lo que quieras. Puedo hacer que tu cuerpo recupere juventud, que alcances fama y dinero. Pídelo y cerramos el trato.
—¿Y yo qué gano? —pregunté.
—¿Acaso no lo ves? Vas a perderlo todo. Nunca nadie gana junto a él. Mira lo que ha hecho. ¿Te ayudó en medio de la tormenta? ¡No fue él, fui yo! ¡Fui yo quien te vistió y quien te ofrece una salida y todo el conocimiento del mundo!
—Qué estupidez estás haciendo. Date prisa y sube a la barca.
—¿Y yo qué gano? —pregunté.
—¿Acaso no lo ves? Vas a perderlo todo. Nunca nadie gana junto a él. Mira lo que ha hecho. ¿Te ayudó en medio de la tormenta? ¡No fue él, fui yo! ¡Fui yo quien te vistió y quien te ofrece una salida y todo el conocimiento del mundo!
—Qué estupidez estás haciendo. Date prisa y sube a la barca.
Como una sombra apareció detrás de mi y con una voz suave, dijo en mi oido:
La muerte, silenciosa, sosteniendo mi mano, dijo:
—Ahora.
Puse un pie sobre la barca (el que no estaba sangrando).
—Muy buena decisión —dijo el hombre viejo. Comenzó a recuperar su belleza y su encanto—. Haces bien, hermosa, en subir.
Acarició mi mejilla con su mano y la deslizó hasta mi pecho, deteniéndose lentamente con sus dedos en el cuello para quitarme la capa que cubría mi cuerpo. Sin embargo, antes de poner los dos pies en la barca, apoyé el pie sangrante en el agua.
La muerte esbozó una sonrisa.
Mientras tanto, él me cogió de la mano con rabia y me dijo:
—¿Quién te enseñó esto?
Le miré a los ojos y le dije:
—Ni toda la ilusión del mundo valen mi sangre y mi alma.
El agua estancada se volvió cristalina. De pronto, un pequeño movimiento —apenas perceptible— agitó la superficie. La sangre de mi pie había despertado lo que estaba dormido.
—Bien hecho, tú sabes cómo seguir.
La muerte, silenciosa, sosteniendo mi mano, dijo:
—Ahora.
Puse un pie sobre la barca (el que no estaba sangrando).
—Muy buena decisión —dijo el hombre viejo. Comenzó a recuperar su belleza y su encanto—. Haces bien, hermosa, en subir.
Acarició mi mejilla con su mano y la deslizó hasta mi pecho, deteniéndose lentamente con sus dedos en el cuello para quitarme la capa que cubría mi cuerpo. Sin embargo, antes de poner los dos pies en la barca, apoyé el pie sangrante en el agua.
La muerte esbozó una sonrisa.
Mientras tanto, él me cogió de la mano con rabia y me dijo:
—¿Quién te enseñó esto?
Le miré a los ojos y le dije:
—Ni toda la ilusión del mundo valen mi sangre y mi alma.
El agua estancada se volvió cristalina. De pronto, un pequeño movimiento —apenas perceptible— agitó la superficie. La sangre de mi pie había despertado lo que estaba dormido.
Él, joven y fuerte pero enojado, tuvo que remar. La barca solo se movía, impulsada por algo más poderoso que su voluntad.
Yo, sentada con mi capa puesta y el pie sangrante bajo mis ropas, me puse la capucha sobre la cabeza.
La muerte, sentada en la proa, sonreía en silencio.
La barca avanzó lentamente al principio, luego más rápido. La niebla comenzó a envolvernos, espesa, absoluta.
Yo no sabía dónde me llevaba ese viaje. Pero sabía que ya no podía volver.
Volví a no ver nada esta vez la niebla espesa que no dejaba ver cerré los ojos y sentí la humedad en el rostro cuando amablemente pedí ..
un poco de música, por favor...