No sabía volver. Entre la niebla, el cisne que no regresó y un recuerdo que volvía sin nombre, el cuerpo, en medio del frío, cedió. Una mañana, sentada en la piedra, respiré. El río, que no traía nada, empezó a traer algo: una forma oscura que bajaba despacio con la corriente. Bajé para acercarme a la orilla a ver qué era, puse las manos en el agua, la dejé acercarse. Cuando la rozó mi mano, lo supe antes de verlo: era el bastón. El de siempre. El que el mar me había arrancado de la mano hacía tanto, el que creí perdido para siempre entre las olas. El agua, que se lo había llevado, me lo devolvía ahora por el río.
Lo apreté contra el pecho. Solté la rama que me había hecho bastón; ya no la necesitaba. Y al tenerlo de nuevo volvió todo lo que él había visto conmigo y yo había querido olvidar. Porque hubo una primera vez, mucho antes de la isla, cuando los dos —el bastón y yo— aún no sabíamos que estábamos siendo llamados.
Y recordé.
Hay momentos en que el mundo ordinario cede. Algo que no tiene nombre llega antes que el frío, y el cuerpo lo reconoce mucho antes de que los ojos lo vean. Ese día, caminando sola, sentí que algo del otro lado me estaba observando.
El sonido de las hojas secas comenzó a crujir y el cuerpo alertó que había algo cerca. No eran mis pasos los que hacían el ruido; era algo que se me acercaba con rapidez, pero de pronto se frenaba. Alcé la mirada y detuve el paso para ver qué había a mi alrededor.
No había nadie. Decidí seguir caminando pero comenzó a aumentar la sensación de que algo venía detrás de mí. Bajé la vista, observé un pequeño pájaro y pensé: es demasiado pequeño para el ruido que estoy escuchando. Seguí caminando un poco más allá y me senté en una piedra. Cerré los ojos y en silencio comencé a respirar, para agudizar mis oídos y la visión interna. Nuevamente el sonido de las hojas secas, esta vez más rápido.
Con los ojos cerrados, sentí su presencia.
— Ahí viene.
Silencio.
Puedo sentir como si fuese otro humano que viene caminando hacia mí. Sus pasos son fuertes y determinados. Todo transmite solemnidad. El paso dejó de ser rápido y se volvió lento, pisadas seguras; claramente viene hacia mí, pero todavía no puedo ver qué es. Siento su mirada observándome. Su presencia se hace cada vez más fuerte. Respiro. El cuerpo comienza a temblar, me sudan las manos, estoy nerviosa. Su presencia se acerca y siento que algo puede no salir bien. Respiro. Comienzo a toser y mi estómago tiene una pequeña náusea. Se está acercando más hacia mí, quiero salir corriendo, estoy muy asustada. Su presencia ha llegado delante de mí, puedo sentirlo, pero me da miedo mirar. No quiero abrir los ojos. Podría decir, solo por sentir su presencia, que es alguien de casi 1,80 m. Podría describir su cabellera larga, sus manos, una piel pálida, blanca. Probablemente sea un ángel de luz. Tengo que ser valiente y abrir los ojos. Respiro nuevamente, pero no quiero mirar. Me está inundando una paz en el cuerpo, me siento muy observada. Creo que es momento de abrir los ojos y ver quién está ahí delante de mí.
Un pequeño gato.
El gato está sentado frente a mí, me miró directamente a los ojos y no apartó la mirada. Me quedé observando sus orejas, su pelaje. Me quedé en silencio. Seguía nerviosa. Su presencia era imponente, pero a la vez había una fragilidad que me hacía querer cogerlo con mis manos. Un pequeño gato, hermoso y suave, que estaba ahí frente a mí, observándome. Incliné mi cabeza para observarle mejor. El gato no se alejó, pero al sonreír y sentir alegría, se puso de pie y se incomodó. Sintió que me iba a acercar y se activó su defensa. Lo observé con cara de: no te vayas, por favor, solo quiero acariciarte. Estiré mi mano como un gesto de alcanzarle. El gato erizó sus pelos. Su mirada ya no era contemplativa, era defensiva. Se replegó, observó y se fue corriendo.
Nunca había visto ese gato. No era como los otros gatos que siempre rondaban, que se dejaban acariciar y que luego se iban. Simplemente aparecían con su cola, se paseaban entre las piernas, recibían una caricia y se iban. Este gato era muy distinto. Pude ver el miedo en sus ojos, pero también el deseo de acercarse. Me quedé en silencio y brotaron las lágrimas de mis ojos.
Se fue la luz del sol y dio paso la noche. El aire estaba tibio. Me quedé sentada mucho tiempo, solo sintiendo. Volví a cerrar los ojos mientras las lágrimas caían, volví a agudizar el oído. Esta vez no había pisadas. Solo el sonido de las hojas y los árboles.
Me pregunté por qué se fue, si los dos estábamos igual de asustados.