Me sentía desfallecer. Entre el abismo que llama a otro abismo, en medio del fragor de las cascadas, lejos de todas las olas que habían pasado sobre mí. El canto que me inspiró por la noche —aquel canto del cisne, llegando a través del río— se transformó en oración. La niebla es densa, apenas se puede ver más allá del camino; por eso cerré los ojos y pregunté: ¿por qué me olvidas? Nada respondía mi pregunta, solo el frío de aquella mañana en la isla. Intenté caminar, pero… ¿por qué desfallezco ahora y me siento tan azorada?
Tomé el bastón, recuperado del río, y, tras el recuerdo del gato, suspiré y dije: «Envía tu luz y tu verdad. Guíame por tu palabra. Un bello tema bulle en mi corazón. Quiero recitar un poema para la más hermosa de las personas, por la gracia que se derrama de sus labios».
El cisne que no regresó.
El frío se intensificó, y a mí no me quedaban fuerzas para cuestionar. A ciegas caminé, isla adentro; no tuve otra opción que levantarme.
Miré al cielo y pregunté: ¿por qué ocultas tu rostro? No me rechaces para siempre. Yo sé que tú puedes ver la verdad en lo íntimo del ser, y en mi interior inculcas sabiduría. Devuélveme el son del gozo y la alegría. Devuélveme ese corazón puro. Renueva en mi interior un espíritu firme. No retires de mí tu santo espíritu.
La niebla espesa dejó pasar unos leves rayos de sol. Observé el cielo, cerré los ojos y escuché el vuelo de los pájaros. Guiada por el sonido, decidí seguirlos. El río marcaba el ritmo y la frontera. Poco a poco la niebla se fue disipando, y fue así como aparecieron.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. No dejaba de contar los pájaros. Seguía avanzando, isla adentro, entre las hierbas y la humedad de las plantas. Me quedé en un rincón, observando. Me di cuenta de que los pájaros se pusieron a hablar entre ellos, me fijé en que uno llevaba alimento de un árbol a otro.
Quise observar dónde estaba el nido y me encontré una pequeña estatua entremedio de las rocas, algo que nunca había visto, porque llevo poco tiempo explorando el interior la isla.
Curiosamente, era una mujer, apoyada en lo que yo pensé que era una montaña de setas gigantes. Bajo su cuerpo se hallaba un báculo, lo observe se veía firme pero yo ya había recuperado mi bastón: no había necesidad de cambiar uno por otro. Me acerqué a las rocas gigantes y puse mis manos sobre ellas; estaban tan frías. Seguí caminando, templada por dentro, observando los helechos y la naturaleza que avanzaba. Un olor a eucalipto lo impregnaba todo.
Quise acercarme para poder oler con más fuerza, pero de pronto el aroma desapareció.
—El peregrinaje es hasta la cima —dijeron.
Pero intenté subir y el vértigo se apoderó de mí. Los escalones que me separaban de la cima hicieron flaquear mi corazón, y me quedé en el limbo, entre subir y bajar.
—Donde esta tu fé —dijeron.
Abajo, el bosque. Las piedras húmedas, los helechos otra vez, la luz cayendo en hilos entre las ramas. Caminé sin rumbo, dejando que los pies eligieran. Me sentía vacía y liviana a la vez, como quien ha llorado y ya no le quedan lágrimas, solo el cansancio limpio de después.
Y entonces el bastón se me fue de la mano.
Rodó por unas escaleras de piedra que el musgo casi había borrado, bajando de escalón en escalón con un sonido seco, y yo lo vi alejarse y sentí, otra vez, el viejo terror: lo pierdo, lo pierdo de nuevo. El mar me lo había quitado una vez. El río me lo había devuelto. Y ahora la tierra parecía querer tragárselo. Bajé tras él casi cayéndome, la mano estirada, y lo alcancé justo antes de que se detuviera contra una raíz. Lo apreté contra el pecho como se aprieta lo que casi se pierde.
Pero al levantar la vista ya no estaba donde creía. El bastón, al caer, me había traído a otro lugar. Un camino que yo no había elegido se abría entre los árboles, y supe —sin saber cómo lo supe— que tenía que tomarlo. La pérdida me había girado hacia donde debía ir.
El camino terminaba en un árbol.
No se parecía a ninguno. El tronco era grueso, retorcido, y de una herida en la corteza brotaba algo espeso y rojo, lento, como sangre que no termina de coagular. Me acerqué. Toqué la resina con un dedo y la sentí tibia, casi viva. Quedó roja en mi piel. Un árbol que sangraba. Un árbol que, herido, daba lo que tenía dentro.
En el tronco había un hueco. Una boca oscura entre la madera, a la altura de mi pecho.
Acerqué la cara al hueco y le hablé. Le dije en voz muy baja lo que llevaba diez días sin poder decirle a nadie, lo que había cargado por la isla como se carga una piedra en el pecho. Lo dije entero, dentro de la madera.
Y puse la mano sobre el hueco.
—Recibe la ayuda—dijeron.
Cuando retiré la mano, el rojo se había secado en mi piel. El árbol guardaba ahora lo que yo ya no tenía que cargar.
Seguí el camino con la mano todavía roja.
El camino bajaba. Y mientras bajaba, el aire fue cambiando, hasta que levanté la vista y las vi.
Flores. Grandes, blancas, colgando hacia abajo como campanas, como trompetas vueltas al revés. Un árbol entero cubierto de ellas, y todas mirando al suelo, ninguna al cielo. Nunca había visto una flor que se negara a mirar hacia arriba. Colgaban sobre el camino.
—Acércate—dijeron.
Volví despacio, y dejé que la flor me tocara la cabeza. Una vez. Su borde frío rozó mi coronilla, apenas, como una mano que bendice sin posarse del todo. Y otra vez. Dos veces dejé que me tocara, y en las dos sentí lo mismo: que algo de muy arriba se inclinaba hasta lo más bajo de mí, que la flor del cielo había aprendido a caer.
No la corté. No quise tomarla. Algo me dijo que esa flor era de las que se reciben, no de las que se arrancan; que olía a sueño y a otra cosa más honda, y que no debía pedirle más de lo que ella, colgando, me daba. Pasé por debajo y la dejé atrás, todavía meciéndose, todavía mirando la tierra.
El camino siguió. Y al rato, otro árbol.
Este era distinto a todos. Alto, sereno, con hojas que no se parecían a ninguna hoja: pequeños abanicos abiertos, partidos en dos como si cada una fuera dos hojas que decidieron ser una. El viento las movía y sonaban como agua. Me quedé mirándolo mucho rato, sin saber qué tenía, por qué me daba esa paz antigua, como de algo que llevaba más tiempo vivo que todo lo demás en la isla.
Me acerqué a tocarlo. Y entonces, sin que yo hiciera nada, dos hojas se soltaron.
No cayeron como caen las hojas. Bajaron girando, despacio, una detrás de la otra, y las recogí con la mano —la roja, la del secreto— antes de que tocaran el suelo. Dos hojas en forma de abanico, dos mitades de una misma cosa. Las guardé contra el pecho, junto al bastón. Supe que eran un regalo y que no se piden los regalos: llegan. El árbol me había dado memoria, dos hojas para no olvidar lo que el otro árbol guardaba.
Seguí con las hojas y el bastón y la mano marcada, y el camino me llevó hasta un borde donde el bosque se abría.
Y entonces lo vi, abajo.
Una puerta conocida aquella que separa dos mundos.
No hacía falta llave. Solo había que pasar, o no pasar.
—Hazlo—dijeron.
Me quedé un momento en el borde, igual que me había quedado en los escalones de la cima, entre subir y bajar. Pero esta vez no hubo vértigo. Bajé hacia la puerta con el bastón en una mano y las dos hojas en la otra, y al llegar frente a ella me detuve. pase por el costado para ponerme frente a ella.
Incliné la cabeza, como había inclinado la cabeza bajo la flor. Hice la reverencia y pase esta vez por el centro.
Del otro lado, todo era lo mismo y todo era distinto.
Había cruzado el umbral y al cruzarlo había dejado de buscar. Eso era todo lo que el otro lado tenía para enseñarme: que ya no me faltaba nada.
Observe una piedra y los rayos del sol comenzaron a irse.Fue despacio, como todo en la isla.
La luz se volvió dorada, después naranja, después de ese color que no tiene nombre y que dura solo un instante antes de la noche.
—Respira—dijeron.
Las lagrimas brotaron como pero todo era diferente una calma aprendida y sostenida.Respire.
En la quietud de ese nuevo estado anocheció y salió la luna.
Redonda y entera, sin un borde que le faltara. La luna que durante todo el camino había estado a punto de llenarse, por fin se había llenado. Y era rosa. No sé explicarlo, no sé si fue la niebla, o el otro lado del umbral, o que mis ojos habían cambiado: la luna salió rosa sobre la isla, una luna que yo no había visto nunca y que supe que no volvería a ver.
La miré mucho rato. La mano todavía guardaba el rojo del árbol, y arriba la luna tenía casi el mismo color, como si el secreto que yo había sellado abajo se hubiera subido al cielo a hacerse luz.
Pensé en él. Pensé en el cisne que no regresó, en el gato que se fue corriendo, en todo lo que se había acercado para después huir. Y por primera vez acepte que me dolió. Estaban lejos y yo estaba entera, y las dos cosas podían ser verdad al mismo tiempo.
Anocheció bajo la luna rosa. Yo seguía ahí, con mi bastón y mis dos hojas, en la isla, del otro lado de la puerta.
Regrese a la montaña en medio de la oscuridad, volví a ellos al calor de sus manos y el rezo.
A lo estable a donde pertenezco.
Esta vez lleve mi propia vela, rosa como la luna y la encendí.