Descenso



Inhalo y exhalo 

El cuerpo no deja de temblar.

Tengo las manos con sangre, el cuerpo, las mejillas —por todos lados está impregnado el olor a putrefacción. 

No sé cuánto pasó desde la muerte del cisne.

Me quedé abrazada a él y me dormí, me entregué a la incertidumbre. La barca navega sola en medio de la niebla y mi cuerpo tiembla. La sangre se siente tibia, no está seca. No logro percibir el tiempo en horas ni en días; todo lo cubre la niebla espesa.

Mi cuerpo tiembla y me aferro al cuerpo sin vida del cisne que alguna vez abracé con tanta fuerza para sentir su calidez.

Me negaba a dejar ese cuerpo, me negaba a soltarlo —ya estaba muerto, llena de sangre. 

Pensé en arrojarlo al agua, quise deshacerme de todo eso que ha pasado, pero no podía. No había lágrimas, no había nada, solo el cuerpo que temblaba. Aferraba a aquel cuerpo sin vida.

Intenté ponerme de pie, elevar las manos al cielo, pronunciar  las palabras que alguna vez le dieron vida. Lo hice, pero nada funcionaba.

De rodillas, con el cuerpo delante de mí, con sus plumas blancas teñidas de aquel rojo, solo observaba y contemplaba, completamente desconcertada sobre qué hacer.

Permanecí en silencio y lo volví a abrazar. Los ojos me deleitaban de sus recuerdos, navegando en medio de la nada.

Mientras mis manos ensangrentadas acariciaban aquellas plumas.

El olor se volvió insoportable. Así, a pesar de las náuseas, me negaba a soltarlo.
De rodillas frente a él, volví a tomarlo entre mis brazos, tomé su cuello y me dije a mí misma: basta.

Tomé el cisne entre mis brazos para arrojarlo al mar.
Lo abracé por última vez con todas mis fuerzas, me aferré a su cuerpo muerto, solo al recuerdo, como algo tan efímero que había calado tan hondo en el alma.

 Lo abracé para deshacerme de él, lo abracé con fuerza.

 En aquel momento, decidida a lanzarlo fuera de la barca  para arrojarlo al agua, le apreté con todas mis fuerzas y en vez de soltarlo me lancé con él al agua.

Si una gota de mi sangre hizo mover la barca, que haría entonces toda la sangre de su cuerpo.

El peso de su cuerpo y el mío bajando en el agua —eso es lo último que recuerdo. No quise abrir los ojos, solo abrazar al cisne y bajar.

El sonido del agua profunda, el vaivén de la barca en medio de la niebla. 

Descender en la profundidad.