Han sido trece semanas de llanto sin tregua, de día o de noche, a solas en mi habitación ojalá fuesen unos llantos simples, pero son esos llantos desgarrados; esos que mojan las sábanas, esos que gritas sobre la almohada. A veces simplemente las lagrimas brotan solas en la calle en el metro, mientras tomo un café y escribo. El camino se tornó complejo, al igual que la espera. Durante este discernimiento, vivo en un constante «tira y afloja» entre mi mente, mi corazón y las expectativas del mundo exterior y mi mundo interior. No tengo nada que explicarle al mundo, pero sí tengo mucho que explicarme a mí misma por eso escribo.
He sentido el miedo a que mi cabeza se fragmente, a haber caído en la locura; ha sido una desesperanza continua. Estoy monitoreada por doctores, pero hasta ellos dicen que es parte de un proceso profundo, que no soy la primera ni la última persona que lo vivirá. No sé si eso me da tranquilidad o me angustia más.
Curiosamente, estas últimas semanas se hizo presente la película Los domingos. Aún no la veo; no he querido verla porque conozco el dolor que retrata. Da igual si tienes 16 o 39 años: un discernimiento no es fácil. No creo que uno simplemente llegue y se entregue directamente a lo invisible, a confiar... sobre todo cuando nunca antes confiaste.
Me despierto de madrugada, a las 3:00 a. m., con sobresaltos; a las 5:00 a. m., el primer rezo. Me duele la cabeza y estoy agotada constantemente. Me digo que «no debería ser para tanto». Me he alejado, y no por gusto o necesidad, sino porque no soporto la idea de esta muerte que se siente inminente —y no hablo solo de la física—. Siento que el convento es esa fuga mundi. ¿Cuánto es mío? ¿Cuánto es mi mente? ¿Es depresión o un llamado espiritual? Semana a semana, ya van trece. Creo que lo más doloroso fue la semana doce, cuando regresé. Iba vestida de colores, bastón en mano; durante semanas me sentí como una Reina de Bastos: empoderada, libre, llena de matices y brindis... hasta que, de pronto, sentí nuevamente ese llamado al silencio como una necesidad que brotaba desde lo más profundo de mi corazón.
Pedí una señal de amor para quedarme en este mundo, junto a ustedes. Me puse mi propia trampa. No importa; tenía que romper la ilusión de que esto fuera simplemente un capricho o una idea loca para algún proyecto artístico. No crean que en estas trece semanas no he dejado de cuestionarme eso, pero la verdad es que siempre fue así de profundo: es solo que yo no quería mirarlo.
El viernes pasado, al salir de misa, no pude contener las lágrimas. El bastón que me sujeta al mundo ni siquiera lograba sostenerme dentro de la nave de aquel templo; la desolación llegó a su punto máximo. No pude volver al «mundo». Llegué a clases e intenté hablar; abracé a mi jefa yo sumida en llanto y a mis compañeros de trabajo, pero tuve que esconderme en la capilla hasta que una hermana llegó a socorrerme.
Observo la cara de mis amigos, observo la mirada de mi familia. A veces les digo que me encantaría estar loca; que sería mucho más sencillo. Un par de medicamentos y esto se hubiese acabado. Pero, lamentablemente, no es así. ¿Necesitan el certificado médico?, porque yo sí lo necesito.. ya me da lo mismo. No tengo idea qué va a suceder.
Cada vez que siento que hay una verdad, mi garganta se llena de un sabor a menta. Ya ni siquiera quiero saber qué significa; solo quiero retirarme del mundo y rezar al alba pero para entrar he de vaciar muchas cosas.
Cada vez que siento que hay una verdad, mi garganta se llena de un sabor a menta. Ya ni siquiera quiero saber qué significa; solo quiero retirarme del mundo y rezar al alba pero para entrar he de vaciar muchas cosas.
Tenía las manos ocupadas. Tenía barcos navegando en el mar, naves que me sacarían de esta isla y probablemente me llevarían a recorrer el mundo una vez más. Mi esperanza estaba depositada, quizás, en que en este año del caballo llegase alguien con una copa en la mano, como un Caballero de Copas, y me llevase a su lado. Que me dijese: «Tranquila, voy a estar contigo el tiempo que quede o el tiempo que sea necesario». O quizás, que me dijese: «¿Tú sabes que el Señor obra milagros?». Cualquier alternativa me era válida, menos seguir esperando.
Así que tomé el fuego de la Reina de Bastos, mandé mensajes, me lancé a la vida. Quemé los barcos. Uno a uno, cañones los derribaron. Otros se incendiaron; otros, simplemente se hundieron. Los más dolorosos fueron los que dieron batalla; de ellos no quedaron ni restos del naufragio. Solo quedó un barco fantasma, pero ese se quedó atrapado en una isla, cubierto por la niebla densa del Atlántico, perdido en algún triángulo.
Me quedé en mi isla observando cómo todos los barcos desaparecían. Ya no había nada más. Me fui hacia el centro, volví hacia donde había sido llamada como un acto de agradecimiento. Pensé que aquel último barco que veía a lo lejos, el que navegaba suave y lento desde hacía meses, era el que vendría por mí. Me vestí de prisa, cogí el bastón y me subí. Pero, de pronto, llegué al tablón. «Salta», me dijeron.
Y salté.
Quedé bajo las aguas del mar. Pensé que me ahogaría —ya me lo habían hecho una vez—, pero esta vez no fue así. Nadé hasta la orilla, mojada y llena de sal. Al entrar, ya no había más barcos, solo tripulantes sentados en sus lugares. Allí estabas tú: dudando, sufriendo, con las manos en la cabeza. Yo, con mi vestido de colores empapado y los ojos llenos de lágrimas, te miré. ¿Me observaste? Sostuvimos la mirada y ya no pude mentir.
Cuando aquel último barco zarpó y me quedé en la isla con esta nueva tripulación —una tripulación sin barco—, quise escapar. Quise creer que era el momento perfecto para decirte: «Vámonos, esto no es para nosotros. Construyamos un bote, yo te saco de aquí porque sé que quieres salir».
Pero qué mentira te estaría diciendo.
Me quité los colores y me vestí de negro. Escuché tus palabras, vi las miradas. Estamos en la misma isla y no podemos huir. Las miradas ya no son de escape; ahora dicen:
«Aquí pertenecemos. Ayudémonos, lo vamos a lograr».
Conozco tu dolor, ¿tú conoces el mío?
No hay nada más desgarrador que verse a sí mismo en la mirada del otro. Una pequeña sonrisa, cerrar los ojos, bajar la cabeza... levantar la vista al altar, desviar la mirada en diagonal y sostenernos.
Me miras cada vez que hay que comulgar.
Me miras cada vez que hay que comulgar.
Esta vez me quedé en el asiento, sin levantarme. Vi tus ojos de sorpresa al verme de negro: mi revelación ante ti de que estoy en discernimiento.
Trece semanas de llanto, ni una sola semana de tregua.
El sol comienza a bañar lentamente las montañas; el reflejo se cuela entre las nubes e ilumina la punta de cada cerro. Observar las montañas, la Cordillera de los Andes, me da un respiro. Han sido meses de camino; había que comprobarlo. Difícilmente se puede caminar, así que yo había decidido recorrerlo y sigo caminando.
Solo Dios el universo sabe finalmente hacia dónde voy.
Sé que no soy un brote en un árbol, pero sé que tampoco soy ese fruto que está a punto de caer; el sol me sostiene fuertemente mientras observo los olivos y los espinos. Hoy mi corazón y mi mente encontraron paz por primera vez en la misa; no lloré.
Por primera vez me rendí definitivamente y me entregué a confiar en el plan divino. No tengo nada contra que luchar, solo entregarme a vivir un día a la vez.
No dejaré de observar los árboles y tocar su madera, sus cortezas; observar cómo sale el sol por la mañana en el alba, el sonido de los pájaros, observar las hojas con sus diseños curiosos hechos por los insectos...
Nada de lo que ha hecho el hombre puede superar tanta belleza. Siento el día de hoy que he triunfado; que he triunfado al rendirme, que he encontrado la calma. Hoy descansé una hora en completo silencio en el sagrario; de tanto silencio se oía mi estómago vacío, sin embargo, quería quedarme ahí: en ese silencio, con los ojos cerrados y en paz.
Hoy extrañé tu voz en el púlpito. Sobre todo después de que el viernes leyeses cuando Jesús dice: «hay que amar al prójimo como a uno mismo». Te quitaste tus gafas, las doblaste, las pusiste en el bolsillo, te sentaste en la sillería y me miraste.
Yo no te desvié la mirada; de hecho, los dos la mantuvimos.
Esta no es una manera nueva de amar: es la única manera que nos fue dada. Un amor que no puede ser poseído por el deseo, que no necesita barcos ni travesías, que vive exactamente donde siempre estuvo —en el silencio, en la mirada sostenida, en el alba. Ambos en este discernimiento, ambos con las manos vacías y el corazón abierto. Elegimos quedarnos. Eso es todo. Eso es suficiente.
