Sentada en la barca, dejando que aquella agua guiara mi destino, dejando simplemente que la corriente hiciese su trabajo, viajaba sin remo y sin tripulantes. Cerré los ojos y recordé todo lo vivido en aquella isla. Tanto tiempo había querido escapar de ahí, cada intento fallido y ahora… ¿esto? ¿Hacia dónde voy? No lo sé.
Yo estaba dentro de una cueva después de ver el gran árbol arder.
Acepté bajar al abismo, pero todo lo que veo aquí a mi alrededor es luz. Pensé que la oscuridad lo iba a consumir todo, pero, sin embargo, el cielo que vi, aquellos colores, la música…
Todo esto después de navegar a la deriva en la niebla aquella espesa y densa niebla.
Volví a cerrar los ojos y me dije a mí misma:
O ignis, Spiritus Paracliti, vita vitae omnis.
Tomé mis manos, las apreté con fuerza y dije en voz alta:
O ignis caritatis,
o dulcis gustus in pectoribus
et infusio cordium in bono odore virtutum.
O fons purissime.
Desde lo alto, hacia donde mis ojos no pueden encontrarte en la lejanía, aún en la oscuridad, hacia las profundidades de las aguas, ahí donde el rayo verde se posa, muéstrame, oh hermoso fuego, muéstrame el camino a seguir. Permite que se haga su voluntad y la mía.
Sentada en la barca, con las manos fuertemente presionadas, abrí los ojos, elevé mis brazos y pronuncié la siguiente frase:
Que todo lo que me pertenece venga a mí.
Abrí con fuerza mis manos y extendí los dedos como rayos de sol.
Con aquella fuerza nacida de mis manos pronuncié:
Aquellas almas que prometieron volverse a encontrar, recuérdales que tienen una misión conmigo; allí donde me lleves, que cada una esté dispuesta a recordar el plan divino, que se permitan vivir el amor, la comprensión y el cariño, la ternura, en esta y en todas las dimensiones.
Repetí tres veces:
Amar para ser amado.
Escuchar para comprender, comunicar para ser entendido.
Responsable de mí mismo, comprometido con nuestro destino.
Bajé los brazos y me senté mirando el cielo. Cerrando los ojos, dije en voz baja:
Resguárdame del enemigo, porque a él también le reconoceré.
Sentada en la barca, respirando lentamente, puse mis manos sobre mis ojos.
Me has quitado la vista, mas no la visión. Mi corazón es una linterna que todo lo ilumina. Mis manos son mis ojos; mis pies me guían por el sendero llano y correcto. Si me pierdo, volveré. Sea en la completa oscuridad, con visión y sin vista, o con ambas integradas, se hará tu voluntad según el designio.
Yo solo me permitiré caminar. No juzgaré para no ser juzgada. Obedeceré. Creo que lo lograré… aún no lo sé.
El hombre es carcelero, y dice y dice y dice, mas no cumple sus promesas. Yo solo vengo a recordar lo que prometiste. Yo solo te vengo a dar respuestas, trabajos, enfrentamientos o incomodidades.
Conócete a ti mismo, o no conocerás a nadie más que a ti, y seguirás buscándote en la mirada de un otro, sin disfrutar lo más hermoso: que hay alguien nuevo, diferente, hermoso ante ti.
Así comienza esta incertidumbre.
Estiré mis brazos, como si tuviese a alguien delante de mí, pero en la proa de aquella barca ya no estaba la muerte, y atrás tampoco estaba aquel hombre.
En esta barca sin tripulantes y lejos de la isla, sin ellos no tengo brújula. Perdí mi bastón. Solo me tengo a mí misma para sostenerme.
El agua está calma, pero no sé si tocaré la tierra o simplemente me quedaré aquí, navegando. Solo veo esa franja, ese borde costero, pero no veo playa ni tierra.
Es el primer día que salí de esta niebla. No puedo hacer nada más que quedarme aquí, sentada, y esperar una incierta espera.
Me quedé pensando en lo ya dicho y repetí mientras el agua dirigía la barca:
Amar y dejarse amar.
Comprender antes de ser comprendido.
Dueños de nuestro centro, constructores del mismo camino.
Volví a cerrar los ojos y me dije a mí misma:
O ignis, Spiritus Paracliti, vita vitae omnis.
Tomé mis manos, las apreté con fuerza y dije en voz alta:
O ignis caritatis,
o dulcis gustus in pectoribus
et infusio cordium in bono odore virtutum.
O fons purissime.
Desde lo alto, hacia donde mis ojos no pueden encontrarte en la lejanía, aún en la oscuridad, hacia las profundidades de las aguas, ahí donde el rayo verde se posa, muéstrame, oh hermoso fuego, muéstrame el camino a seguir. Permite que se haga su voluntad y la mía.
Sentada en la barca, con las manos fuertemente presionadas, abrí los ojos, elevé mis brazos y pronuncié la siguiente frase:
Que todo lo que me pertenece venga a mí.
Abrí con fuerza mis manos y extendí los dedos como rayos de sol.
Con aquella fuerza nacida de mis manos pronuncié:
Aquellas almas que prometieron volverse a encontrar, recuérdales que tienen una misión conmigo; allí donde me lleves, que cada una esté dispuesta a recordar el plan divino, que se permitan vivir el amor, la comprensión y el cariño, la ternura, en esta y en todas las dimensiones.
Repetí tres veces:
Amar para ser amado.
Escuchar para comprender, comunicar para ser entendido.
Responsable de mí mismo, comprometido con nuestro destino.
Bajé los brazos y me senté mirando el cielo. Cerrando los ojos, dije en voz baja:
Resguárdame del enemigo, porque a él también le reconoceré.
Sentada en la barca, respirando lentamente, puse mis manos sobre mis ojos.
Me has quitado la vista, mas no la visión. Mi corazón es una linterna que todo lo ilumina. Mis manos son mis ojos; mis pies me guían por el sendero llano y correcto. Si me pierdo, volveré. Sea en la completa oscuridad, con visión y sin vista, o con ambas integradas, se hará tu voluntad según el designio.
Yo solo me permitiré caminar. No juzgaré para no ser juzgada. Obedeceré. Creo que lo lograré… aún no lo sé.
El hombre es carcelero, y dice y dice y dice, mas no cumple sus promesas. Yo solo vengo a recordar lo que prometiste. Yo solo te vengo a dar respuestas, trabajos, enfrentamientos o incomodidades.
Conócete a ti mismo, o no conocerás a nadie más que a ti, y seguirás buscándote en la mirada de un otro, sin disfrutar lo más hermoso: que hay alguien nuevo, diferente, hermoso ante ti.
Así comienza esta incertidumbre.
Estiré mis brazos, como si tuviese a alguien delante de mí, pero en la proa de aquella barca ya no estaba la muerte, y atrás tampoco estaba aquel hombre.
En esta barca sin tripulantes y lejos de la isla, sin ellos no tengo brújula. Perdí mi bastón. Solo me tengo a mí misma para sostenerme.
El agua está calma, pero no sé si tocaré la tierra o simplemente me quedaré aquí, navegando. Solo veo esa franja, ese borde costero, pero no veo playa ni tierra.
Es el primer día que salí de esta niebla. No puedo hacer nada más que quedarme aquí, sentada, y esperar una incierta espera.
Me quedé pensando en lo ya dicho y repetí mientras el agua dirigía la barca:
Amar y dejarse amar.
Comprender antes de ser comprendido.
Dueños de nuestro centro, constructores del mismo camino.