Una pequeña embarcación





Escucha…

Miré a mi lado, pero no había nadie.

Escucha…

El sonido de las olas comenzó a crecer.

Observé alrededor, pero había caminado tan lejos que me aseguré de que no estuvieras ahí. Decidí sentarme sola y esperar que el sol nuevamente se convirtiese en cáliz.

Cerré los ojos para sentir la luz del sol, ese suave calor en el rostro, en el cuerpo.

Aparecieron tus labios y tu mirada en mi mente, así que abrí los ojos para centrarme en el presente, pero de pronto las nubes cubrieron el cielo y esta vez no hubo espectáculo, solo un escalofrío en el cuerpo.

Suspiré varias veces y, de rodillas, bajé mi cabeza en oración.

Llévate este pensamiento lejos, Señor.

Aquí no hay rosales de espinas donde arrojar el cuerpo, así que me lancé al mar a nadar, a sumergir el cuerpo en el agua fría. Floté entre esos últimos rayos del sol y las nubes que daban paso a la oscuridad. Nadé no sé cuánto tiempo, hasta que el cuerpo no pudo más del frío.

Al salir del agua, negocié en silencio entre los pensamientos que me atormentaban y el cuerpo que deseaba correr hacia ti.

El corazón no dejaba de latir. Me comencé a asustar: una sensación extraña recorría el cuerpo, un calor y un frío. Intenté apretarme los brazos para contenerme en un abrazo a mí misma.

Me quedé de rodillas, esperando poder ver otra vez ese sol, pero se oscureció. El sonido de las olas retumbaba en mis oídos, mi cuerpo temblaba, un pequeño fuego en mi interior. No entiendo qué está sucediendo.

Traté de sujetar mi propio cuerpo, recordarle que estaba en tierra firme, pero mi pecho latía con una urgencia que ninguna oración lograba aplacar.

Las lágrimas inundaron todo mi rostro. Apretando las manos con rabia en la arena, decidí que no podía seguir así, mintiéndome a mí misma. Deseaba con todas mis fuerzas correr hacia ti. En el momento en que me puse de pie para ir a buscarte, apareció una pequeña embarcación; parecía estar a la deriva, quizás era otro pequeño naufragio. Solo vi la oportunidad.

Sin avisar.

Me levanté de la arena, entre lágrimas, a buscarla. Me metí al agua nuevamente. Escondí la barca en un lugar donde nadie se diera cuenta y regresé, como siempre, a mi lugar.

—¿Qué sucedió, que estás mojada? —me preguntó uno de ellos.

Me quedé en silencio y avergonzada. Sin embargo, me miraste y yo te miré, pero con cada respiración mi corazón se agitaba.

Él se dio cuenta.

—Creo que es importante que entiendas —dijo mientras me sostenía la mano con fuerza—. Haz que sea generoso y verdadero, aunque te dé miedo. Sécate las lágrimas y sigue, no hay mapa.

—Pero ¿cómo transformo esto…?

Sosteniendo mi mano con fuerza, me dijo al oído:

—Haz como Merton.

Tú escuchaste. Nos miramos. Tus labios estaban más rojos que de costumbre; los míos también. Él lo sabía; solo que nosotros no queremos aceptarlo.

Aproveché la luna llena y, en un descuido nocturno mientras todos dormían, me fui.

Tenía que darme prisa para que no me descubrieran.

 En el fondo, yo ya había decidido quedarme en la isla y no estaba mal, pero pensé que no me sucedería… y nuevamente quise lanzarme de vuelta al mar. La pequeña embarcación estaba ahí; ¿cómo no la iba a tomar? Corrí deprisa, empujé la barca y me fui mar adentro.

Recorrí pequeñas islas sin suerte alguna; tenía sed. Ingenuamente pensé que lograría llegar a alguna fuente de agua dulce.

Atraída por el canto de marineros, navegué… 

Pero regresé.

Con los labios rojos y dispuesta a llevarte conmigo o no…

No he quemado la barca.