Un día las olas trajeron un cofre. Todos se percataron, pero a nadie le interesó. Los miré pensando: vamos a ver qué hay ahí, llena de curiosidad. Tú lo observaste, mas decidiste quedarte con ellos, haciendo lo que hacían de costumbre. Suspiré, me levanté y me fui. No había mucho a dónde ir, así que decidí caminar. En lo alto de la montaña se ve cómo los navíos extraviados siempre dejan cosas. Todos permanecen quietos, menos yo: la curiosidad aún me distrae.
Así fue como, en una de esas bajadas a la orilla, había encontrado un hermoso vestido. Para ellos no era importante, pero para mí sí lo era. Seguía existiendo algo del mundo de afuera que me llamaba, que gritaba. Ya no eran los cantos de sirena de los marineros: esta vez era algo en mi interior, esas cosas que me recordaban ser mujer, ser una niña. Probablemente era la vanidad, el buscar nuevamente tu mirada, porque a pesar de que todos siempre están absortos, cantando con los ojos cerrados, tú, con los ojos abiertos, me observas, y yo también te observo. Sé que debería quedarme quieta y calmada, aceptar la realidad; así que de vez en cuando cierro los ojos y también canto, y me siento en paz, en armonía con ellos, mi voz se une en perfecta armonía tonal. Pero a veces los abro, descubro tu mirada, y nuevamente pienso en aquella barca que no quemé, la que escondí entre las ramas y los restos de los barcos que han llegado a tierra.
Desde lo alto observo la naturaleza. Siempre estaremos en el mismo lugar. ¿Por qué somos tan estables? El día que todos caminaron hacia la parte más alta de la isla y ahí se quedaron, no se movieron más.
Sin embargo, yo puedo esconder las cosas, porque siempre subo y bajo de aquella pequeña montaña. No es difícil subir; lo difícil es bajar, porque cada vez que bajo encuentro un nuevo barco, una nueva distracción, una nueva pregunta, y siempre quiero ir corriendo, y voy.
Ustedes me miran con seriedad. Pareciera que están acostumbrados a esta curiosidad mía; quizá la confunden con debilidad. Probablemente sea mi admiración por su firmeza. Pero yo aún no puedo. Me escapo y vuelvo, escondí la pequeña barca para huir, y sin embargo siempre vuelvo.
Esta vez, por primera vez en meses, con la intención real de que me miraras. Me puse el vestido que encontré, me recogí el pelo, me maquillé los labios y sonreí. Te miré con la mejor de mis sonrisas, con toda la alegría de verte. Como siempre, casi nadie reparó en mí. Solo el mayor de ellos me sonrió, y yo, casi sin pensarlo, le devolví el saludo. Él, con ternura, movió su mano y elevó el pulgar. Yo lo imité, pulgar arriba y abajo, los dos sonriendo. Tú estabas a su lado y te sorprendiste: pensaste que el gesto era para ti. Pero no, era solo para él, que había quedado justo detrás. El mismo que una vez me había dicho: sécate las lágrimas.
Volví sonriente, pero me sentí fuera de lugar, así que me castigué a mí misma por tal acto de vanidad. Reconocí que fue un error: no fue recato ni modestia de mi parte, solo quise mirarte y que me vieras sonreírte, y no en lágrimas y de negro como siempre.
Mi propia penitencia fue caminar durante días sin verte.
Pasaron semanas. No me di cuenta; al contar los días fueron trece. Me quedé vagando por la isla.
Abajo estaba el cofre que quería mostrarte. Quería decirte que encontré libros, y un papel con hermosa caligrafía que decía ÁGAPE. Me quedé leyendo y pensando en ti, escuchando los cantos de los marineros, pero solo pensaba en mi error y en tu mirada sorprendida. Tal vez me habías malinterpretado. Me juzgué con fuerza.
A medida que pasaban los días, comencé a sentir un vacío en el cuerpo. No sabía si era la falta de tu presencia o mi permanencia. La primera semana, cuando estuve a punto de regresar, apareció un barco con una luz fuerte como un faro. Me escondí. Vi la luz, pero no quise ir hacia ella.
Ya conozco esas trampas, pequeños piratas que fingen ser buenos hombres. ¿Para qué iba yo a nadar al mar? Me quedé quieta hasta que se fueron. Dieron la vuelta a la isla, eso tomó varios días; los observé tras las hojas. Decidí quedarme en tierra, me escondí entre el frío y las ropas, me quedé jugando cartas, me quedé escribiendo. Pero estaba esperando que se fueran para poder volver a subir la montaña, ir a buscarte y contarte lo que había visto.
Te escribí una carta. La destruí. Escribí otra a quien siempre me ha dado confianza, y la guardé. La llevé conmigo, porque necesitaba guía. Me quedé dando vueltas, pensé mucho sobre volver o no: ¿quería este caos y la libertad de caminar sola, o quería la estabilidad y la calma de estar junto a ustedes?
Me desperté de madrugada. Te vi a ti, me vi a mí. En aquel sueño, recordé con nitidez tu rostro: estabas escribiendo unos números. Me desperté de un salto y dije: necesito verte. Llevo dos semanas conteniendo todo este afecto, evitando el amor. ¿Me lo debería prohibir, o debería aceptarlo? Cuando me di cuenta de todo ese amor, me lo negué. Pero lo reconocí y lo integré en mi corazón. Un pequeño pájaro apareció. Fue por eso que fui a la montaña.
Fui de prisa, corriendo. Sabía que te encontraría ahí. Hice todo lo que pude para llegar al último minuto, y llegué.
No sé por qué había un ramo de flores blancas y un pañuelo en el costado, en el suelo. Todos estaban en silencio. Pero tú ya no estabas.
Tú ya no estás… donde te fuiste.
Me quedé esperando algo, sin saber qué. Todos se levantaron y se fueron. Me miraron, no con decepción ni con tristeza. Solo como siempre: ellos y yo de negro.
Me quedé de pie hasta que cada uno se fue. Llevaba la carta conmigo. Solo hubo un pequeño sonido y una mano a la distancia.
Me quedé sola en la cima. Me quedé llorando. Acepté lo que no había aceptado. Comprendí que me había quedado abajo porque temía exactamente esto.
El sol volvió a salir.
Yo seguía en lágrimas, arrodillada, pensando en ti y en el dolor que me causaba no verte. Por primera vez no sé qué sucederá; las islas y sus climas son impredecibles. Pero me quedé, y eso es todo lo que puedo decir.
El sonido de las alas de los pájaros me trajo de vuelta al sonido de las olas. Una luz dorada entró en mí.
Entre lágrimas acaricié mi rostro y di gracias. Me felicité por amar y pensé nuevamente en ti. Aún no sé tu nombre, solo estoy agradecida. Amé, y ese es el único mandamiento que importa.
