Hay algo de verdad en el relato y algo en el relato que es verdad. Hay algo que puede ser creado o destruido, depende de las palabras que voy a utilizar.
Bajo el agua no se escucha nada, la oscuridad lo cubre todo, una paz. El infinito, vida y muerte en un solo lugar. No hay vaivén de olas, solo la nada misma. ¿Estoy flotando en el espacio? El cuerpo, sin oponer resistencia, se entregó a la incertidumbre, un dulce sueño en el agua.
El cisne desapareció en la oscuridad, se llevó consigo su dolor y su agonía, pero yo quedé flotando sola en medio de la inmensidad.
No hubo nombre, no hubo sonido, solo el amor flotando. No puedo respirar, pero tampoco lo necesito. No sé adónde voy ni dónde estoy. Esta profunda oscuridad, ¿es acaso el firmamento? No hay destellos de estrellas ni de luna.
No hay sol, solo agua.
Nada puede descrear el profundo amor, nada. Pude descansar.
En aquel sueño profundo no había imágenes en mi cabeza, ni siquiera el recuerdo de su voz; no había plumas, bastones, ni ellos, ni yo.
Flotar es lo único que recuerdo.
En algún momento, no sé cuándo sucedió, sentí el cuerpo una vez más rodeado de piedras punzantes, escuche el sonido del agua, sentí sus manos tocando mi pecho y unos labios completamente salados.
No sé dónde estoy ni adónde voy; no sé si siquiera estoy. Se supone que terminé en el fondo del agua, ¿cómo es posible que esté en la superficie? No puedo abrir los ojos, no puedo hablar.
Siento las manos presionando mi pecho, los labios salados. No sé quién es, ni adónde voy, ni adónde va, ni por qué está haciendo esto. 1, 2, 3, repite. Un 1, 2, 3, repite.
Estoy en una profunda paz. No sé cómo explicarle que estoy en calma, que está todo bien, pero nuevamente escucho, presionando fuerte mi pecho, los números.
Una voz profunda me abraza y susurra en mi oído: «Despierta, yo sé que tú puedes, yo sé que me escuchas, despierta».
No sé por qué me pide que despierte si yo estoy despierta; es él quien no puede escuchar mi voz.
No puedo ver su rostro.
De pronto el aire entra por mis pulmones, la calma se convierte en temor, el cuerpo tiembla.
Nuevamente sus labios, el aire suave, tibio, sus labios salados.
Quiero ver quién es, quiero ver su rostro, pero mis ojos se mantienen completamente cerrados. Le estoy diciendo que estoy bien, pero no sé por qué insiste en presionarme el pecho. Quisiera decirle que estar entre sus brazos ya es suficiente, que está todo en calma, pero el miedo, otra vez el miedo.
Una ráfaga de aire frío recorre mi garganta, un aire que llega a los pulmones, un dolor en el pecho y agua, mucha agua, saliendo por mi garganta. Escuché de golpe, por fin: «Reacciona, abre los ojos».
Yo quise mirarle, pero no pude. Solo quise sentir el calor de sus brazos en medio del dolor de las piedras, en medio del dolor del cuerpo.
No sé si fueron lágrimas o simplemente la brisa. Solo supe que me abrazó y pude ver su cabellera gris al abrir lentamente los ojos, pero no pude hablar. Me quedé en silencio, muda, mientras él, con unos ojos completamente expresivos, llenos de lágrimas, sonrió.
Su sonrisa era calmada; tenía unos labios preciosos, una cabellera grisácea, unos ojos grandes, profundos, distantes.
Me sonrió.