Mierda… Dejarse guiar está bien, pero ¿por qué no le pedí unos remos? Él quedó extrañado cuando me los ofreció y yo le hice un gesto de que no los necesitaba. Se puede confiar en la vida, pero el mar… el mar no está vacío.
—Miren esta belleza que acabamos de encontrar.
Eso fue lo primero que escuché salir de su boca. Cuando abrí los ojos, vi su pelo gris y pensé: ¿será él? Se parecía demasiado. Me alegré, creyendo que quizá estaba en aquel barco, pero lo observé con atención y no era él: las cejas y la nariz eran diferentes.
Antes de que pudiera incorporarme, la barca ya estaba rodeada. Eran muchas voces y ninguna me hablaba a mí.
—La vi yo primero —dijo uno, flaco, de dientes negros—. Yo di el aviso desde el mástil.
—Y yo la subí —replicó otro, con la mano ya sobre mi hombro—. Lo que sube a cubierta es de quien lo sube.
—Es de la tripulación —sentenció uno con una cicatriz en la ceja—. Así dice la ley del mar. Se echa a suertes o se vende.
—¿Vender? Miren lo que lleva en la mano —dijo alguien, señalando la brújula—. Esa luz vale más que ella.
Una mano se estiró hacia mis dedos.
—Basta.
La voz vino de arriba y no necesitó elevarse. Todos callaron. El hombre del pelo gris bajó los peldaños despacio y apartó las manos que me rodeaban, una por una.
—Nadie toca lo que ella trae. Y nadie la elige aquí, salvo yo. Yo la elegí en cuanto la vi.
Nadie me preguntó nada. Hablaban de mí como se habla de un cargamento, y yo, que había hecho del silencio un hogar, sentí por primera vez que el silencio también podía ser una jaula.
Me sostuvo entre sus brazos y me elevó como quien alza a una novia en su primera noche de bodas. Sentí el crujir de las maderas y me depositó sobre una cama. ¿Cómo era posible que ese barco tuviese una cama? Empecé a temblar. «No puedo creer que haya caído en manos de piratas», pensé, y sin embargo, para mi desconcierto, él era encantador.
Tocó mis labios con sus dedos y, mirándome a los ojos, dijo:
—Me encantan estas caritas llenas de ternura. Este rostro tuyo, pequeño, tan tierno y tan dulce, con esos ojos preciosos. Eres la más bella que he encontrado en alta mar. —Susurró a mi oído—: Te voy a hacer mía y de nadie más.
Luego añadió:
—Sé que estás buscando a alguien. Yo puedo llevarte a él. Puede que no te guste, o puede que lo disfrutes, pero gracias a mí lo encontrarás.
No sé cómo lo hizo, pero pronunció unas palabras que no pude descifrar. Deslizó las manos sobre mi cuerpo y un deseo que no era mío se apoderó de mí. No pude evitarlo. Se inclinó sobre mí, besándome suavemente, y yo no podía detenerlo ni siquiera pedirle que parase. Cerré los ojos con fuerza, pero él no me lo permitió: me obligaba a mirarlo. Me tuvo así durante mucho tiempo, no sé cuánto, y el deseo no se apagaba; se volvía cada vez más intenso.
Me acariciaba y me besaba entera. Aunque me oponía, no tenía voluntad para detenerlo.
Seguía murmurando palabras que no lograba descifrar, hasta que vi su marca en el cuerpo y comprendí que estaba entrando en el abismo del que alguna vez había logrado escapar.
—Te tengo entre mis brazos —dijo.
Y comencé a sangrar.
Sin importarle la sangre, entró en mí, y en ese momento lo vi: no era el pirata quien controlaba aquel cuerpo. El olor a azufre impregnó el espacio, y mi cuerpo dejó de sentir placer y se retorció de dolor y de culpa.
Terminé en un llanto profundo, dominada por todo aquello de lo que tanto me había cuidado, de lo que había huido. Lloré en la cama, frustrada, mientras él se levantaba y me decía:
—Habla con él si quieres. Siempre nos ayuda a regresar. No preguntes cómo: solo pídeselo y te lo dará.
Tendida en la cama, desnuda y temblando, oí una risa a lo lejos, profunda y burlona:
—Y miren a quién vinimos a encontrar.
Me senté, dispuesta a decir las palabras para alejarlo, y, rendida, dije en voz baja:
—Negociemos.
—¿Negociar?
La risa aumentó. La habitación se oscureció y, en la oscuridad completa, me mostró la salida: una luz pequeña.
Me puse de pie y caminé hacia ella. Ahí estaba otra vez el árbol partido por un rayo, a lo lejos, y el olor a humedad de la cueva. Tomé la capa de terciopelo y caminé de regreso al lugar donde él me había encontrado. No lo vi; solo lo escuché avanzar en la oscuridad. Sin miedo, no pregunté cómo lo había hecho ni qué iba a negociar. Solo volví a la isla.
Me pregunté si todo había sido un sueño. Todo seguía igual: la lluvia, el árbol, todo lo que había dejado atrás antes de subir a la primera barca. Miré mis manos vacías y comprendí que no tenía ni bastón ni brújula, que no me había traído nada. Miré hacia atrás y solo vi una oscuridad profunda.
Dejé la capa en el suelo y me puse mi ropa. Después tomé el terciopelo entre las manos y lo acaricié. ¿Habría sido ese terciopelo, el que me protegía, lo que lo llevó hasta mí? Avancé hacia el árbol, aún humeante, y, para borrar toda evidencia de lo sucedido, arrojé la capa al fuego. La consumió.
Detrás de mí, una voz me susurró al oído y dos manos se posaron en mis hombros. Respirando con fuerza sobre mi cabeza, dijo:
—No olvides que tenemos un trato. No olvides que volveremos a encontrarnos y nos sentaremos a negociar. Por ahora te permito volver con ellos, pero cuando yo quiera, volveremos a jugar.
Me di vuelta sin temblar y lo miré a los ojos, aquellos ojos preciosos que había visto por primera vez en ese hombre joven y desnudo.
—¿Jugar?
Nos sonreímos. Me miró con deseo y me besó suavemente en la mejilla, muy cerca de los labios. Cerré los ojos y esperé su beso. Cuando los abrí, ya no estaba. No había bastón, ni capa, ni barcas: solo el bosque, sin lluvia y sin árbol. Estaba de pie sobre la piedra donde vi al cisne por última vez.
Con una respiración rabiosa por su jugada traidora, descubrí que ya no había sufrimiento ni un recuerdo triste para llorar.
No tomé ninguna vara para apoyarme; solo corrí de vuelta con ellos. Al llegar a la montaña, el mayor de todos me miró y me preguntó:
—¿Dónde estuviste todo este tiempo?
Se apartó del grupo y los demás lo siguieron con la mirada. Me tomó del brazo y me llevó consigo.
—Vamos a hablar.
—¿Hablar? —respondí, avergonzada.
—¿Qué aprendiste de Merton? —preguntó, sonriendo.
Caminamos del brazo y, antes de soltarme, dijo:
—Búscame a las cuatro.
En una isla sin días, ni semanas, ni meses, ¿cómo iba a saber yo ahora qué hora eran las cuatro?