Las cuatro



Voy y vengo, voy y vuelvo, pareciese ser que estoy diciendo lo mismo pero el movimiento es muy distinto: cuando vengo lo hago por voluntad, soy yo la que quiere estar acá; cuando vuelvo muchas veces no lo hago porque quiera, simplemente porque sé que tengo que volver. A veces a regañadientes, a veces simplemente acepto que toca volver, y de alguna manera misteriosa termino rindiéndome. Siempre son más las que vengo que las que vuelvo, por suerte.

Dejé de contar el tiempo en semanas porque aquí, en la isla, no vale la pena. Allá, donde solía vivir, en el continente por decirlo así, era necesario contar el tiempo en minutos, en segundos. Qué locura pensar que 30 segundos podrían ser mucho tiempo para alguien. Aquí un minuto no significa nada, una hora no significa nada, pero el conjunto de las horas es importante. No voy a explicar el porqué, porque también es un misterio.

Entonces, de todo lo aprendido durante este tiempo, que no ha sido poco nuevamente tengo que volver a aprender a contar, observo el cielo, la isla, el verdor, el olor a humedad después de la lluvia, el sonido de los pájaros, el frío de la madrugada. ¿Cómo voy a saber entonces cuándo son las cuatro? 


Hay un horario estipulado para todo, pero ya está dentro del cuerpo, está tan aprendido que solo me tengo que quedar con los ojos cerrados, en silencio, para saber qué hora del día es. El corazón lo sabe, la boca también; la visión, entrenada en el silencio, funciona mejor.

Y pensar que llegué hasta acá por el silencio. Nunca lloré tanto por un silencio: fue un abismo profundo, una herida dolorosa, un castigo por amar.

Nadie castiga a quien ama con silencio.

Así comenzó nuestra conversación.

—El silencio punitivo y ejercido con consciencia es violencia —me dijo, mirándome seriamente, el mayor de ellos—. ¿A qué se dedicaba él?

—Se dedica a esto —le respondí.

Le hablé sobre él y sobre cómo yo había llegado aquí: como un número, una fecha y mi nombre me habían traído hasta esta isla con ellos. 

—El día que llegaste te vimos. Venías completamente destrozada, pero entendimos que poco a poco te levantarías. Te hemos dejado tomar decisiones por ti misma, pero no se puede caminar sola todo el tiempo. Ha pasado el tiempo suficiente para que tengas una guía.

Abrí los ojos de par en par ante su propuesta.

—En el silencio nada se oculta. Sabemos lo de la Barca. Uno de nosotros te vio en aquella cueva, y no es que ninguno de nosotros haya entrado antes, sino que conocemos muy bien lo que hay ahí. Por eso hemos decidido ayudarte.

Escuche con atención sus palabras. No cuestioné el silencio de esta isla; aprendí que este era otro tipo de silencio, uno que tenía que aprender por mí misma, que tenía que comprender, aceptar e integrar con todas sus cosas distintas. Yo pensaba que nadie se daba cuenta, que nadie observaba lo que sucedía, pero me equivoqué, porque la mente rellena el silencio con cualquier teoría.

—A partir de ahora te encontrarás conmigo a las cuatro. Tú y yo sabremos cuándo es el momento: ni antes ni después, ni un día fijo. Este es el misterio, no hay mapa, pero veo que traes una luz encendida.

Se acercó a mí, tomó mi mano y la apretó con fuerza.

—Nunca nadie lo ha visto, pero aun así lo seguimos. Que ese amor que traes dentro se transforme en una guía y no en la lava de un volcán que explote y te consuma. El amor contenido es una trampa de doble filo, tienes que aprender a discernir. Tú conoces bien que no hay luz ni oscuridad, que hay un solo camino, y no es recto ni corto, y eso no significa que no haya desvíos en él.

Acercó sus labios a mi cabeza y me besó en la frente.

—Nunca se te va a ir la rebeldía. Sigue así —me dijo—. ¿Y tu bastón?

—Lo perdí.

—Muy bien. ¿Y cómo fue eso?

Comencé a explicar la travesía: al atravesar la cueva quedé a la deriva.

—¿Y qué sucedió con el cisne?

—Pero…

Quedé sorprendida de que me hablase de eso. Él no debería saberlo, y pensé: «Le habrán informado de mis movimientos».

—Vuelve mañana a las cuatro y te explico por qué lo sé.

Me fui desconcertada. Aquella noche no pude dormir. Era una noche llena de estrellas, con luna menguante, y yo daba vueltas y vueltas y me preguntaba cómo era posible que lo supiera si estaba tan lejos, y por qué sabía lo de la cueva. ¿Todo este tiempo había estado alguien cuidando de mí?

* * *

Me adelanté al alba para meditar los preceptos aprendidos, me fui caminando en la oscuridad a encontrarme con ellos, al llegar al lugar me quede sorprendida, me llevé las manos a la boca, bajé la mirada rápidamente, volví a levantarla, observé a mi alrededor, no pude disimular. Mi sonrisa fue tan grande que no te quedó más remedio que sonreírme de vuelta. Ambos teníamos una sonrisa gigante. 

Un reencuentro que había dado por perdido.Las flores blancas y el pañuelo de aquel día me hubiese gustado tenerlos para celebrarte. Esta vez con pequeñas lagrimas de alegría, que rodaron y quedaron en la comisura de los labios mientras sonreía.


Incredula, no podía creer lo que mis ojos veían.¿Cuando habías vuelto? ¿En qué momento te moví la mano para saludarte? Esta vez la moví para ti, y ambos nos respondimos en silencio, como siempre, pero con una sonrisa gigante en nuestros labios. Me alegré tanto que cerré los ojos para grabar ese momento con fuerza. 


Me pregunto si te vas a quedar, porque yo sigo aquí. Fueron tantos los meses que no estuviste, tantas mareas y pájaros, el cambio de estaciones, que nuevamente estás aquí entre ellos, al igual que yo, que también me quedé.

Con tu presencia nuevamente aquí, tomé mis cosas y, en vez de huir a la barca e irme, bajé a la orilla y me senté a observar lo que alguna vez me hizo desear escapar lejos de ti.

Recordé mi penitencia, cerré los ojos de rodillas y agradecí que, de alguna manera, después de tanto tiempo, estuvieras ahí.

Me quedé sentada en la orilla, respirando en calma, mirando las olas, contemplando los pájaros volar, me tumbé en la arena y esperé a que pasara el día.

* * *

Eran las cuatro de la tarde cuando nuevamente me encontré con el mayor de ellos.

—Déjame explicarte lo que sucede en el río…

Así comenzó la conversación de hoy.

—¿Tú sabes cómo se forman las islas, verdad? Bueno, a veces los volcanes generan grandes erupciones volcánicas y forman pequeñas porciones de tierra, algunas gigantes. No soy geólogo para explicarte todo esto, pero déjame decirte que hay una piedra muy importante en esta isla, una piedra que desecharon los arquitectos, no sé si conoces esa historia. Ese cisne fue un regalo para ti. Muchas veces el río no trae nada; alguno de ellos ha significado muchas cosas, no todo el mundo ve lo mismo, por eso muchos se pierden en la niebla.

—Entonces, ¿no siempre hay cisne? —le pregunté.

—No siempre —me dijo él—. Una vez yo estuve ahí mucho tiempo y encontré unos pequeños gatos, nada muy grande. Se ahogaron en el río y yo no pude salvarlos, o quizás no quise; eso es algo que a día de hoy me pregunto.

Guardó silencio un momento.

—Cada quien reconoce a su amor en la forma en que se le ha sido dada: sueños, anhelos, personas, un futuro privilegiado, fama o fortuna. Tú eliges, pero el río siempre muestra algo claro, te lo da o te lo quita. El agua tiene la capacidad de dar vida, pero también alberga la muerte; es capaz de romper la piedra con el solo roce constante. Por eso ten cuidado: el agua también puede ser un espejismo, un gran espejo donde mirarse a uno mismo, y si te miras mucho te puedes perder. Hay que saber escuchar al río y a los animales que habitan en él.

»Escúchame, hay tres hilos: uno negro, uno plata y uno dorado. Ese hilo dorado te trajo aquí.

—¿Y qué pasa con el de plata y el negro? —le pregunté.

—Eso te lo dejo a ti. A partir de ahora tienes que aprender. Hay un tiempo para todo, para llorar y para reír, y tú tienes ese tiempo en tus manos. Ahora te toca elegir. ¿Conoces lo que hay dentro de tu corazón?

Se quedó mirándome a los ojos en silencio. Ambos nos miramos. Esta vez fui yo la que extendió la mano y se la dio, con los ojos llenos de lágrimas. Lo miré y me quedé en silencio, sonriéndole.

Desde ese momento siempre supe qué hora eran las cuatro.

Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora, me dije a mí misma.