El explorador




El viento comenzó a soplar fuerte y el sonido de las olas rompiendo en la arena anunciaban que pronto vendría una tormenta.

Observé el cielo nublado grisáceo; entre el frío, intenté caminar hacia el pequeño lugar donde aún iluminaba el poco sol que dejaban pasar las nubes.

Detrás de mí, haciendo preguntas, venía el explorador.

Era un curioso que no se rendía. Me detuve para esperarlo y, seriamente, le pregunté de dónde había sacado un mapa y cómo había logrado hacer una cartografía de la isla. No quiso revelar mucho; al principio se mostró muy simpático, pero poco a poco fui descubriendo que algo escondía.

Desvió mi pregunta y dijo:
—¿Qué voy a hacer con esta pluma? —me preguntó.

¿Qué se supone que tengo que hacer con ella? —seguía preguntando. Suspiré, intentaba no responder y mantenerme en silencio, evadiendo su pregunta.

 Él insistía: —¿Por qué no me crees?

—¿Dime quién te envió aquí? 

—No es algo que tenía preparado. Yo voy hacia un volcán y tú eres la que está en esta orilla. Es mi amabilidad.

—¿Y el anillo?

Se rió y dijo:

—Fue solo algo que tú me pediste y yo simplemente, por complacerte, te lo di. Por cierto, lo tengo aún aquí. ¿Lo vas a recibir o no?

—No lo sé —respondí.

—No seas caprichosa —me dijo—. Siéntate aquí.

Ambos en la arena, con el sonido del viento y el sabor a sal en los labios, tomó el anillo y dijo:
—Espérame, déjame encender un tabaco.

El movimiento de sus manos y su mirada hacían que yo posara mi atención en él.

Con el tabaco en la boca, tomó mi mano derecha y puso el anillo en el dedo meñique. Lo miré a los ojos y le dije:
—Este anillo representa mi libertad. Gracias por traerme tan hermoso regalo.

Sonrió y, sin sonrojarse, mirándome a los ojos fijamente sin apartar la mirada, se quedó en silencio.

Desvió la mirada y, mientras exhalaba el humo mirando hacia el sol, dijo sonriendo:

—Eres muy complicada. Has intentado alejarme todos estos días. Eres desconfiada. Yo solo pasaba por aquí.

—¿Acaso no debería ser desconfiada? —lo miré—. Ya me di cuenta de que tenías algo raro. Me fijé en uno de tus objetos y, sobre todo, por traer un mapa.

Me miró seriamente y le dije:
—Sabías que los piratas son los que llevan los mapas.

Se rió a carcajadas y dijo:
—¿Cómo me descubriste? Aunque no soy esa clase de pirata.

—Empieza a oscurecer y no sé si me pueda quedar contigo

 —¿Por qué no vas a confiar en mí? Te he dado un anillo, lo sé, pero no es suficiente.

Me miró los ojos, sonrió y dijo:
—Contigo, nunca nada es suficiente.

Lo miré y le dije:
—Acabas de llegar a esta isla y ya te crees el dueño.

—Perdóname, solo soy un discípulo que aprende rápido de su maestra —respondió. 

Continuaba haciendo preguntas.

—¿Cómo es esto? ¿Cómo llegaste a esta isla? ¿Adonde vas?

—No te voy a responder.

Mis ojos estaban fijos en su rostro y sus movimientos.

—Te lo dije: déjame ir contigo, déjame ir donde vas. Necesitas un poco más de tiempo junto a mi.

Pensé entre mí: "No sé si ellos lo recibirán o probablemente él tenga una misión con ellos. Eso todavía no lo sé. No queda mucho tiempo para descubrirlo."

El viento frio hizo que me acercara suavemente y sin dudarlo lo abracé con cariño.

—No te acostumbres. No me gusta dar afecto. 

Le mire fijamente a los ojos y le dije: 

—Cuéntame a qué se debe eso, señor pirata de los mares. Cuéntame sobre tus aventuras. Quiero escuchar tus historias. Aquí en la isla no hay nada que hacer, así que tenemos tiempo.

Entre el calor de sus brazos acercó su cabeza a mi oído y susurrando dijo lo siguiente:

—Embriagado, navegando en alta mar, luces encandilaron mis ojos...

Cerré los ojos y me dispuse a escuchar su historia..

—Sirenas —dije yo.

Me puse las manos sobre la boca.

Solo me miró a los ojos con esa mirada profunda y misteriosa, se detuvo mirándome pausadamente, puso su mano sobre mi oído y prosiguió contando sus historias.

Yo fascinada escuchando sus relatos en sus brazos se movió bruscamente se puso de pie, me miró seriamente y dijo:

—Hay que aceptar lo que es en la realidad y no en la ilusión. Quédate con lo hermoso de este cruce y vete donde debas.

Desconcertada apoyada en la arena, él prosiguió:  

—La barca que buscabas, la escondí en otro lugar. ¿Por eso llorabas cuando te encontré?

Mi cuerpo tembló y las lágrimas querían salir cuando me dijo:
—Te llevaré hasta ella. Levántate —me dijo 

Caminamos mientras el viento fuerte movió las nubes. Pudimos disfrutar de un bello atardecer caminando uno al lado del otro mientras él contaba más de sus historias divertidas.

Mientras yo reía.

Llegamos donde estaba la barca. Mi alegría al verla fue tan grande que corrí hasta el agua, sumergí mis pies en ella, abracé la barca y le dije:
—¿Qué tal se te da remar?

Sonriendo tome el bastón como quien usa una espada que ganado una conquista.

Él, serio, me dijo:

—No te voy a llevar. Un volcán es peligroso. Yo viajo solo.

—¡Pero la barca es mía! —grité.

Se acercó a mí, sostuvo mi mano y me dijo:
—Que tengas suerte. Puede que algún día te llegue otra barca. Por ahora, acepta: las cosas a veces son más lindas de lo que uno imagina. La naturaleza no se puede domesticar. O la aceptas tal cual es, o te quedas en una lucha constante.

Mis pies seguían en el agua ahora el bastón me sujetaba.

Así fue como se subió a la barca de un salto, me miró con seriedad, sin dejar su mirada directa en mis ojos, y dijo:
—Empuja, ayúdame a salir de aquí.

No pude decir nada, solo sus ojos sus labios y los míos.

Los labios llenos de sal es lo único que recuerdo: mis manos empujando la barca.

Tomó mi barca, mi única salida, y se fue navegando mar adentro.

Me quedé tocando el anillo en mi mano, y una pequeña lágrima recorrió mi mejilla, pensando en que el maestro fue él y yo la discípula.

Así fue como el explorador se fue, dejándome sola en la orilla.