Cuervos


 

Cuervos

Hay un sonido que, al cerrar los ojos, está en mi cabeza. Suena fuerte, más fuerte. No es uno, ni dos, ni tres. Son muchos. ¿Los escuchas? Son parte del mapa de los sonidos de Tokio. En París vi algunos, pero no hacen tanto ruido — no sé si es por el silencio de la ciudad o por el tamaño que allá tienen ellos. Pero los adoro, y ellos me adoran a mí. Desde el primer viaje hablo con ellos. Y hay un lugar que bauticé yo: el bosque de los cuervos, entre Kichijōji y Mitaka. Te puedo dar el mapa exacto: se cruza el cementerio de las bicicletas abandonadas, se pasan las canchas de tenis, y justo antes de entrar en el territorio de Hayao, ahí está.

Bajan de a uno. Se dispersan, me rodean. Yo los observo, ellos me observan. Se acercan, hasta que yo emito el sonido — y entonces responden.

Siempre abrazo los árboles. Es parte de mi territorio secreto. No te voy a revelar qué árbol: eso me lo guardo para mí, en el terreno sagrado del misterio.

Cría cuervos y te sacarán los ojos. No he criado ningún cuervo, pero estoy perdiendo la visión. A veces no escribo: uso el dictado. Me pongo las manos en la cara, aprieto duro los ojos, y escucho el gran nido de los cuervos de Tokio. Puedo imitar el sonido.

Seis de la mañana, Shibuya vacío, los cuervos en las basuras y yo caminando después de una noche de apenas dormir, ansiosa, con ganas de verlo todo, vivir en Tokio.

Así comienza febrero de dos mil once, mi primera vez: con los cuervos.

Manuel tenía un cuervo en el estudio, en Barcelona. Embalsamado. Tenía nombre, pero no lo recuerdo, y ya no quiero buscarlo: un cuervo quieto con el nombre olvidado guarda mejor su silencio. Yo siempre lo miraba. Era maravilloso. Sé que hay personas que detestan la taxidermia; a mí me encanta. Por eso uno de mis lugares favoritos de París es Deyrolle: tenebroso, macabro, horroroso y fascinante a la vez. Poder tener tan cerca animales que jamás fui a ver, insectos que jamás descubriré yo misma en su estado natural. Creo que es eso lo que me atrae: el animal detenido, presente y mudo, que se deja mirar sin pedir nada. Otra forma del silencio que amo. Tanta es la maravillosa creación — la belleza primera de este mundo no la hizo el hombre.

Si bien me gusta el silencio, hay silencios que no me gustan. Creo que tiene que ver con cómo se ejerce: si es por voluntad, por presión, por necesidad, por espacio. Me molesta cuando dicen que el silencio también es una respuesta — sin cierre, el silencio se vuelve niebla, y en la niebla una sigue caminos que no quería tomar. Adoro el silencio. Es algo que me hace feliz. Pero no soporto que me castiguen con él: así como lo que más amo, también puede destruirme. Hay un misterio que estoy dispuesta a aceptar y un silencio que no estoy dispuesta a tolerar. Por eso vuelvo aquí, al silencio que se elige.

Y ahí estoy, en medio de la ciudad vacía. Ese cruce que siempre está atiborrado de personas, vacío solo para mí. Espero que sean las siete de la mañana para entrar al Starbucks de Tsutaya y sentarme a bordar mirando el cruce, mirando fijamente el puente que da al mural de Tarō Okamoto. Ese mural que tanto me ha inspirado.

Así nació la little people: entre sus portales, entre el misterioso silencio y el aviso de los cuervos, con sus plumas en el suelo.

Me muevo en las líneas subterráneas del metro, portales y más portales, las calles y los templos, cruzo y cruzo portales. Crucé tantas cosas que no sé qué hice la primera vez. Solo sé que debo volver ahí. Que me esperan los árboles, que me esperan los cuervos. Que no soy quien soy. Solo sé que pertenezco allí, a esa isla que me llama, que me grita, que me sana, que me alegra, que me da vida. Que con su silencio me vuelve viva.

Más de veinte mil pasos por día. No me importa si duelen las piernas.

Cruzo Tokio caminando, de noche y de día.

De invierno a verano, otoño o primavera: ya son quince años de romance. Mis votos más estables. Un amor firme, sostenido, silencioso — como un buen matcha.