NIEBLA

 


Volví a no ver nada. Esta vez, la niebla espesa no dejaba ver. Cerré los ojos y sentí la humedad en el rostro. Cuando amablemente pedí...

Un poco de música, por favor.


Lo último que escuché fue un fuerte pitido en los oídos, un dolor que me desorientó. Me llevé las manos a la cabeza. No se veía nada en aquella densidad. Completamente desorientada, sin poder oír ni siquiera el sonido del agua, me entregué al silencio.

"Perdí el sentido", me dije a mí misma, sin poder escucharme.

Intente hablarle a la muerte en la proa, pero no responde. Siento como si mi cuerpo siguiera aquí, pero la mente hubiera navegado hacia otro lugar donde ni siquiera sé llegar. Se siente el peso de las extremidades, el brazo derecho congelado y pesado.

La desorientación es un mareo que no termina. No hay arriba ni abajo. Solo la densidad. Solo el silencio que duele más que cualquier ruido.

Mojando mis labios para calmar la sed.

Dije para mis adentros: "Busca su rostro. No me ocultes tu rostro. No me rechaces que tú eres mi auxilio. No me abandones y no me dejes. Señálame el camino y guíame."

Navegando sin rumbo, sin poder escuchar nada, avanzando día y noche. No sé cuánto tiempo permanecí en aquellas aguas. Ya no me quedan fuerzas. Acostada en la barca, desorientada, decidí ponerme de pie. No hay remos, ni siquiera aquel hombre que me trajo aquí.

Adolorida y mareada, me levanté. Me quité la capucha y miré al cielo.

Grité sin poder oír la potencia de mi voz, solo la sentí como un último exhalo de vida. Con todas las fuerzas que me quedaban, el aire entró fuerte por la nariz. La garganta con sabor a menta. Los pulmones llenos de aire. Y el movimiento de mis labios, el dolor de mi mandíbula al pronunciar lo que no pude oír:

"¿Así buscas agotarme para que me rinda ante tu voluntad? Llévame al abismo, porque no quiero nada. Siendo polvo, no le sirvo a nadie, ni a ti, ni a él. Solo déjame descansar, dame un respiro. Yo solo buscaba la calidez de un amor tranquilo, que se quedara, que comunicara. ¿Tan difícil era algo tan sencillo? Estoy cansada del castigo.Quítame este sufrimiento y dame la heredad que me merezco. Déjame al menos irme con la alegría de ser amada."

Un oleaje fuerte desestabilizó la barca. Caí en ella de rodillas. Sentí el dolor de las manos, de mis ojos y mi cabeza.

Sin poder controlar bajaron lagrimas como arroyos por mis mejillas. Me quedé abrazada a mí misma con la cabeza recostada en la barca, sola, esperando que se volteara completamente y caer al agua.

El llanto no cesaba; tanto, que generó una tormenta.

Comenzó como una fina lluvia que me mojaba. Abrí la boca para calmar la sed. Me dispuse a sentir cada una de las gotas sobre mi cara: pocas y suaves, hasta que llegó la violencia, una ráfaga de aire frío y denso descendió en picado y, con ella, una tempestad que me dejo el cuerpo mojado y sin fuerzas.

Ha llegado la hora. La barca agitándose y yo, sintiendo aquel final, sumergida sin fuerzas para nadar.

Me entregué en sus manos a confiar.

Breve, violenta, pero corta en el tiempo. Cesó la lluvia y abrí mis ojos.

Ya no había niebla.

Se abrió el cielo y busqué a las aves, pero solo encontré un firmamento gris oscuro que los rayos iluminaron de plata y dorado. Con el paso del viento, el manto de nubes se rasgó, dejando al descubierto un azul intenso que la luz traslucida pintó de un rosado increíble.

Aquel tinte me dejó boquiabierta: rosa, lila, celeste, dorado... Unas nubes pintadas a mano y unas campanas que sonaban a lo lejos.

"Esas voces... ¿de dónde vienen?"

Me reincorporé para observar dónde estaba. De la cueva a esa agua y ahora, ¿dónde estoy?

Divisé a lo lejos un gran acantilado iluminado por aquel bello cielo. No supe si lograría llegar a tierra, pero aquellas voces, ¿campanas?, una cítara...

"¿He muerto al mundo?"

No son cantos de sirenas, son Ellas.

Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y yo vi una puerta que no sé si podré cruzar.

Si el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible, a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver, me da la llave, habrán sido cuarenta semanas de lágrimas antes de tu llegada.

Sin bastón ni nada que pueda sostener este incierto destino dispuesta abrir la puerta.