Nadie se queda para siempre (y yo me adelanto)

 



El aire está cálido. No sé si estoy en primavera, pero los rayos del sol son tibios. El viento en la cara se siente agradable. Es esa mezcla entre aire frío y aire cálido. Está extraño el clima. Me muevo rápido, intento avanzar deprisa y me doy cuenta de que en el cielo las nubes se ponen un poco grises. Del gris observo al otro lado y se viene una nube negra. Qué extraño, yo pensé que estábamos en primavera.

Me voy a dar prisa, porque él me está esperando. Hace semanas que no voy a visitarlo y últimamente siempre está impaciente. Se mueve de un lado a otro en la cocina. Se desespera y está enojado. Yo no entiendo muy bien qué le pasa. He intentado hablar con él hace semanas, pero me evita. A veces cierra la ventana y solo me mira. Yo me pregunto si se le va a pasar, porque me había acostumbrado a comer juntos. Hace días que no abre la ventana y solo me mira. Su color atigrado siempre me ha llamado la atención. Tiene esa cosa divertida de los gatos que son de color naranja.

Tenía otro amigo muy querido. Ese sí que era un gran intelectual. Me gustaba visitarlo por las tardes, pero siempre me tenía que ir antes de que llegase su dueña. Ese gato estaba gordo. Lo tenían a dieta. Me dijo que no me podía invitar a comer porque, bueno, ya las raciones no alcanzaban para los dos. Me gustaba observar su biblioteca. Siempre era cálido y siempre tenía una muy buena conversación. Dejé de visitarlo porque cambié mi ruta. Y es algo que siempre hago. Es algo que siempre cambio.

La otra vez fui a ver a Benito. Benito, sin embargo, a veces me lo encuentro en el parque. Un día, sentada en la banca del parque, se acercó a mí y yo me asusté. Venía a toda prisa, pensé que me iba a morder. Por suerte, su dueña le gritó: «¡Benito!». Yo alcé el vuelo y me posé por sobre el árbol.

Perdonen si no les había contado, es que soy un pájaro. Mis alas son negras, pequeñas. Podrían confundirme con un pequeño cuervo, pero no lo soy. Tampoco soy un mirlo, aunque me gustaría. Son muy simpáticos ellos, aunque no se dejan ver. Se dieron cuenta, solo por el color, de que no soy un colibrí. ¿Qué soy? No lo sé. Solo soy un pájaro, con alas negras, con plumas tornasoladas. Un pájaro que visita a los gatos, que se sienta en el parque y al que le gusta compartir.

Yo no sé si podría cruzar el Atlántico. Otros pájaros me han contado que vienen de lugares muy lejanos. A esos no los veo todo el tiempo. Es muy raro, pero a veces nos encontramos. Me han contado cosas de otros lugares, de otros mundos. A veces me pregunto: ¿es necesario escuchar todas estas historias? Porque mi mente imagina. Y le gusta soñar. ¿Acaso yo podría viajar a un lugar mucho más lejos de este?

A veces siento envidia porque tienen nidos y tienen ramas donde se acomodan y llegan en grupo, como aquellos verdes tan chillones que gritan y hacen tanto ruido en el parque. A veces me gustaría tener muchos más amigos, pero me he dado cuenta de que soy un pájaro solitario. Las palomas muchas veces se juntan, se hablan entre ellas, se critican. Sobre todo cuando ven a las blancas, que se creen especiales, dicen ellas. Siento que tienen esa cosa tan pasivo-agresiva que yo no sé. Yo me quedo en paz, en la suerte mía. Me dedico a volar. A veces me gustaría pertenecer, pero me doy cuenta de que todos tienen otras preferencias, otros árboles.

A pesar de que el mundo se siente solitario, tengo la paz en el pecho y voy de ventana en ventana. Observo a las personas por los vidrios. Hay un abuelo en un edificio cercano que siempre está en la ventana leyendo un libro. A veces me poso y lo saludo. Saca unas cuantas semillas para alimentarme. Él me observa e intenta atraparme, mas yo siempre escapo.

Me gusta visitar el departamento de los niños. Hay una niña que siempre dibuja, que siempre está con muchos colores. A veces intento pasar a verla y tiene la cortina abajo. Siempre me pregunto qué le pasa. Hay otras que tienen la ventana abierta y entro a su departamento. No sé si ella se dará cuenta, pero yo entro y reviso todo lo que tiene a su alrededor. Lápices de colores, hojas tiradas, pintadas en el suelo, flores que se derriten. Tiene muchos libros. Me gusta entrar cuando no está. A veces paso solo para ver si me puedo refugiar en ese hogar. Y me la encuentro ahí, tumbada, durmiendo o a veces llorando.

Yo solo soy un pájaro. No puedo decir mucho más.

Me he dedicado a volar esta última semana, pero el clima no me ha acompañado. Está raro. Se supone que estamos en primavera, que es el momento seguro para salir a volar, para emigrar a otros lugares. Pero, sin embargo, se avecina una tormenta. No sé qué está sucediendo. El clima está muy extraño. Intento volar y me quedo planeando, flotando en el aire. A veces he escuchado: «Mira, un error en la Matrix». Pero soy yo, simplemente planeando, esperando que las bolsas de aire me puedan llevar a destino. Me da risa cómo los humanos muchas veces confunden las señales. No sé si están drogados o si simplemente les gustaría que pasara algo sobrenatural en sus mundos.

Tengo que moverme a un refugio rápido. Eso es lo único que sé. Comienzan los rayos, los truenos. Tengo que volar rápido, tengo que salir de aquí. Tengo que refugiarme en algún árbol. Sigo volando, cierro los ojos para ver si la bolsa de aire me ayuda a planear. Y de pronto una bola fuerte, fría, grande, una piedra, desde el cielo, cayó sobre mis alas. Fue difícil la caída. Quedé completamente mareada y aturdida. Entre el estruendo fuerte del cielo y la piedra rocosa y fría, mi ala me duele. No puedo volar. No he caído en la tierra. Estoy en el pavimento, con el ala rota, sin poder volar. Cierro los ojos y pienso: ¿así es mi final? Escucho el bocinazo de un auto y el sonido del neumático en el agua, intentando esquivarme.

Unas manos pequeñas y cálidas me toman y me llevan a un lugar. Estoy apoyada en un suelo de madera. Intento ponerme de pie y veo a mi alrededor una caja de cartón, una pequeña tela y yo acostada. Intento ponerme de pie, pero tengo el ala rota y algunas plumas sueltas en la caja. Se me rompió el ala. No puedo volar. Intento ponerme de pie para escapar a la ventana. Y, sin embargo, escucho la puerta. Alguien se acerca. No sé si cerrar los ojos y hacerme la muerta, o simplemente ponerme de pie, esperar y ver quién es. Se escuchan las llaves, se abre la puerta, entra él. Trae gafas y una gorra, una bolsa en las manos. Se acerca a la caja y ve que tengo las plumas sueltas. Me observa y me dice: «¿Sabías que antiguamente se escribía con las plumas? Usaré una de tus plumas para escribir», dijo tiernamente. Yo me asusté e intenté escapar. Aleteé con un ala, pero estaba tan cansada que la otra no la podía mover. Ya no podía volar.

Atrapada en aquel espacio, me dediqué a mirar a mi alrededor. Montañas y montañas de libros por todas partes. Esta casa no la había visitado antes, pero me sonaba muy familiar. Me recordó a la casa de la chica que a veces lloraba sobre su cama. Los muebles parecían similares. El espacio y el aire también. Las tazas de tonos pasteles. El olor a té. Me quedé tranquila, esperando que mi ala se reparase. Pasaron los días y le hice compañía. Me quedaba quieta y oía mientras él leía. Escuchaba sorber los vasos de agua y, en las noches, cómo encendía las luces para irse a dormir. Escuchaba el sonido del cepillo de dientes y muchas veces refunfuñar. Siempre tenía música linda. Era lo único por lo que me quería quedar.

Pero soy un pájaro, necesito mi libertad. Necesito volver a ver. Los gatos me esperan, el perro también. El abuelo que me tiene la comida, los niños, la chica. Todos esperan algo de mí y yo siempre vuelvo. Me he quedado demasiado tiempo aquí. Si bien estoy cálida y cuidada, no me puedo quedar. Estoy experimentando algo que no puedo. Algo que no debo. Algo que jamás va a suceder. Porque un humano y un pájaro... ¡Ah! Quitemos eso de la cabeza, ni siquiera escribamos esto. No lo anotemos. Un pájaro y un humano solo pueden tener amistad. He soñado con que él sea un pájaro y que pueda volar a mi lado. Me está desesperando esta situación. Quiero volver a salir a mi casa. ¿Qué es la calle? Volar, sentir el aire.

La lluvia ha cesado, el sol ha salido y, en un descuido, él ha dejado un trozo de la ventana abierta. Mi ala no está mejor, pero la puedo mover un poco. Me acerco a la ventana con mis dos patas, salto, pensando que podría volar o planear, como lo había hecho en otras ocasiones. Caí de un sexto piso al pavimento. Me azoté el cuerpo contra el calor. Las personas pasaban y decían: «Un pájaro ha caído desde el cielo. Puede que esté muerto, no lo toques. Da mala suerte, es negro». Traté de incorporarme tranquilamente. Caminé. Él ya no estaba en casa. Avancé hacia la esquina y vi que venía hacia mí. Intenté moverme un poco más rápido, porque soy igual a otros pájaros. Tal vez no se daría cuenta de que era yo.

Avancé rápido hasta que de pronto aparecieron los gatos. Los gatos salvajes, llenos de cicatrices, negros y sucios de vivir en la calle. El gato con olor fétido se acercó a mí. Cerré los ojos y pensé: «Esta vez se acabó. Ya no podré escapar». Tenía que haberme quedado ahí. Tenía que haber sido paciente. Tenía que haber estado tranquila y esperar el tiempo correcto. Pero me adelanté a huir. No podía con el sentimiento. El gato apestoso se acercó, abrió el hocico y yo cerré los ojos. Pensé que el mordisco me dolería. Pero me cogió del cuello suavemente y me montó en su lomo. «Vámonos de aquí», me dijo. «Tienes el ala rota y estás tan dañada que no te puedo dejar aquí».

Caminamos por el parque. Nos acercamos al río. Esquivamos a los perros, a los autos y a las bicicletas. Llegamos a una fuente a beber agua. Nos quedamos ahí un rato descansando. Observé al gato, completamente dañado. Tenía la cola rota y las patas muy manchadas. En un momento, al lamerse las patas, me fijé en sus pies, agrietados y dañados. Me volvió a subir a su lomo y caminamos. No sabía a qué rumbo íbamos. Caminamos, doblamos, giramos. Pasamos por muchos ruidos. Se metió en un edificio y subió hasta el último piso.

En el tejado encontramos a un chico sentado mirando el cielo. 

—Gato feo, ahora me traes un pájaro feo. ¿En qué quedamos? —le dijo él.

El gato maulló y yo me quedé ahí, en una terraza, observando el cielo mientras caía la noche. El chico me observó y dijo:

—Un pájaro negro. Podrías haberme traído un mirlo, pero si te fijas bien es un tordo. ¡Ay, gato sordo! Ven acá.

El chico sacó de un cajón comida para gatos. Se la puso en un frasquito, y el gato comió. A mí me puso un pocillo con unas semillas de girasol. Él se sentó descalzo, encendió un cigarro y se quedó fumando.

Se hizo de noche.

—Se hizo de noche —dijo él.