LOS BARCOS


Solo las velas iluminaban.

La paz volvía a recorrer el interior del cuerpo, sus manos cálidas, su sonrisa, nuevamente, esa mirada de vuelta que dice sin decir nada un "ya sabes que aquí perteneces", nada que juzgar, nada que decir, un simple apretón de manos y una mirada que calma.

En ese silencio contemplativo, junto a ellos, dejé el bastón y me quedé una vez más.

Como siempre, él me observa, no sé si puede leer lo que hay en mi cabeza, pero siempre tiene las palabras adecuadas y me asusta. Una mañana se acercó sigiloso y me dijo:

—A veces las cosas requieren su tiempo, no es que no deban ser así, hay un orden que no es nuestro.

Lo miré a los ojos llenos de lágrimas, se arregló sus ropas, vino, como siempre, a intentar sacarme una sonrisa.

—Tengo el corazón afligido —le dije por primera vez.

El contacto físico es tan reducido que, si hubiese sido por mí, me hubiese puesto de pie y lo hubiese abrazado, me hubiese entregado a llorar; sin embargo, él, con su voz y firmeza, me dio la mano y me dijo:

—La naturaleza tiene sus propios ciclos —con un semblante tranquilo continuó—, a veces yo salgo y alimento a los gatos salvajes que llegan aquí a pedir alimento; muchas veces los veo una vez y no vuelven más, algunos vienen un tiempo largo, algunos solo vienen una vez y se van.

Sonreí.

En aquel momento me toma la mano y me dice:

—Yo sé que fuiste dentro de la isla, y ahí suceden muchas cosas inexplicables.

Sacó de su bolsillo una pluma blanca y me dijo: —Seguramente viste al cisne, quedaste cautivada por su belleza. ¿Conoces la historia?

Mis ojos se llenaron de lágrimas y no pude contener el llanto; por primera vez en meses alguien sostenía mi mano. Al llorar, me apretó con fuerza con sus dos manos.

Y me dijo: —Quítate esa frase de la cabeza.

Me quedé de hielo.

Esa rumiación constante en el silencio durante 21 días.

—Tú sabes que esto no debió ser así.

El bastón cayó al suelo y nos soltamos; él, con una sonrisa, lo tomó con su mano y me lo dio. Me miró a los ojos y, sin decir nada, cerró ambos ojos y bajó la cabeza en modo de "suéltalo". Guardó la pluma en su bolsillo, pero yo quería sentir el calor del cisne entre mis brazos otra vez.

Se retiró en silencio, como siempre, y nuevamente, al unísono, volvimos a cantar.

Al terminar, tomé el bastón entre mis manos; él se fue sin despedirse, como siempre, en un breve intercambio de palabras y un continuar.

Al salir, me quedé en la cima mirando la isla. Abajo, a un lado, el río y la piedra donde tantas mañanas esperé al cisne. Al otro lado, la playa donde había escondido la barca, por si algún día quería escapar. Me quedé entre los dos, y entonces llegó la angustia: no tengo tiempo. Se corta cada día más. Tomé el bastón, lo apreté contra el pecho y corrí montaña abajo.

Quería ganarle una carrera al tiempo, y corrí, y corrí, y corrí, para ver si todo podía volver a ser como antes. Me caí. Me hice daño. Ya no quería la isla, no quería cisnes, no quería nada: solo quería irme.

Todavía no sabía que la barca ya no estaría. Todavía creía que huir era posible; con todo el dolor en el cuerpo, llegué a la playa. La barca no estaba. Busqué donde la había dejado, busqué donde no la había dejado, aparté las ramas, volví a apartarlas. Nada. No tengo barca para salir. No hay cisne que abrazar. Estoy sola en la isla, ensangrentada.

Golpeé la arena con el bastón. Una vez, otra, otra. Grité, y pude gritar con toda la fuerza porque nadie me oía: no había pájaros, no había gatos, no había nada. Se me apretaba la garganta. Me quedé en la arena, llorando con el bastón en la mano, hasta que de pronto apareció él.

—¿Qué haces aquí, en esta isla?

Me puse de pie y, en defensa, tomé el bastón y lo enfrenté.

—Tranquila, no vengo a hacerte daño —me dijo.

Levantó sus manos en son de paz. Yo no bajé el bastón, a modo de espada.

—¿Qué haces aquí? ¿Cómo llegaste?

—Soy un explorador, mi barco está por el otro lado de la isla, cruzando la montaña hacia donde están los volcanes. Vengo de un continente, estoy explorando la naturaleza salvaje.

Sacó un papel y me dibujó un mapa. —Estamos aquí —señaló.

—¿Cuál es tu nombre? —me preguntó.

No respondí la pregunta.

—¿Por qué deberían entregarte tal información?

—No me importa, si no quieres decirme tu nombre, para mí serás Helena, hija de Leda.

Me reí fuertemente.

—Estás loco —le dije.

—¿Acaso tu rostro no es capaz de enviar a los barcos al fondo del mar?

¿Y dónde está tu barco?

—No tengo —me dijo—. ¿Me muestras la isla? Déjame acompañarte.

—Lo siento, pero en esta isla no hay espacio para ti.

Me di la vuelta y me fui caminando por la orilla, sin mirar hacia atrás.

Mientras caminaba, él gritó: —¡Helena!

—Déjame seguirte, puedo aprender rápido —corrió detrás de mí, mientras sacaba de un bolsillo unos lentes y el mapa—. Déjame ayudarte, quiero estar a tu lado. No te puedo asegurar nada, porque mi misión es subir al volcán, pero ya que te encontré, déjame seguirte.

Mientras yo caminaba a paso rápido, él me preguntaba:

—¿Llevas mucho tiempo aquí? ¿Qué comes? Puedo cocinar para ti, mira, encontré esto del otro lado.

Yo, sin detenerme, y él, cansado detrás de mí, me dice:

—Detente, por favor.

—¿Qué quieres?

En ese momento me detuve para que me alcanzara y le dije:

—Ven, acércate a mí, mírame a los ojos, mírame fijamente a los ojos.

Su mirada parecía no esconder nada. Se puso delante de mí en silencio, sosteniendo la mirada, sin desviarla, sin miedo, sin cerrar los ojos. Sorprendida porque no evadía, le dije mirando a sus ojos:

—Quiero un anillo.

—Lo tendrás —dijo.

Me reí fuertemente. —En esta isla, ¿de dónde lo sacarás? Vete y déjame en paz.

—No sé con qué tipo de personas estás acostumbrada a tratar —dijo.

Se sentó en la arena y se metió en su bolso a buscar entre sus objetos de explorador. Sacó un tabaco, lo encendió, se puso de pie con una mano en el bolsillo y, con la otra, fumando, me dijo:

—He cruzado ríos, montañas y continentes. Yo podría hacer lo que tú me pidas, como demostración de mi palabra y lealtad.

Sacó la mano del bolsillo y la estiró hacia mí. El puño permanecía cerrado. Mirándome fijamente a los ojos, entre el humo, sin decir nada, abrió su mano.

Tenía un anillo de plata con un corazón y tres piedras: una circonia rosa en el centro y dos esmeraldas verdes a los lados.

Yo, sucia y ensangrentada de la caída, con el anillo en la mano. Él me mira a los ojos y dice:

—Déjame ser tu aprendiz. Puedo ser devoto de ti.

Lo miré a los ojos y le di una pluma negra. La sostuvo en sus manos y la hizo girar, se detuvo a observarla, caminó con ella en la mano y siguió su camino al volcán.