En lo alto de la montaña se ve cómo los navíos extraviados siempre dejan cosas. Sobre todo en este invierno, en que los barcos parecen chocar contra la isla y sus acantilados. Ellos permanecen quietos, menos yo: la curiosidad aún me distrae.
Un día las olas trajeron un cofre; lo pude ver a lo lejos. Todos se percataron, pero a nadie le interesó. Los miré pensando: «Vamos a ver qué hay ahí», llena de curiosidad. Tú lo observaste, mas decidiste quedarte con ellos, haciendo lo que hacían de costumbre. Suspiré, me levanté y me fui.
¿Y si encontraba el tesoro que tanto buscaba y, por quedarme quieta, llegaba a mí?
Decidí bajar a la orilla en busca del cofre. Uno de ellos me observó con una sonrisa cómplice desde lejos; antes de que bajara, se me acercó y me dijo:
—Ya te he visto que vas y vuelves. No sé qué haces abajo, pero no me corresponde saberlo. Solo ve con cuidado.
Sé que debería quedarme quieta y calmada, aceptar la nueva realidad, pero a veces me distraigo, busco tu mirada —todos cantan con los ojos cerrados; tú no— y nuevamente pienso en aquella barca que no quemé, la que escondí entre las ramas y los restos de los barcos que han llegado a tierra.
Desde lo alto observo la naturaleza. ¿Por qué son ellos tan estables? El día en que todos caminaron hacia la parte más alta de la isla, ahí se quedaron; no se movieron más.
No los vi más en la orilla.
Así que yo subo y bajo de esta pequeña montaña. No es difícil subir; lo difícil es bajar, porque cada vez que bajo encuentro un nuevo barco, una nueva distracción, una nueva pregunta, y siempre quiero ir corriendo, y voy.
A pesar de mis idas y venidas, pareciera que están acostumbrados a esta curiosidad mía; quizá la confunden con debilidad. Probablemente sea mi admiración por su firmeza la que me hace regresar cada vez más. Pero yo aún no puedo quedar. Me escapo y vuelvo; escondí la pequeña barca para huir y, sin embargo, siempre vuelvo.
Esta vez, por primera vez en meses, tuve la intención real de que me miraras. Me puse un vestido de colores que había encontrado en aquellas idas y venidas a la orilla del mar, igual al que llevaba el día que llegué. Ese día me recogí el pelo, me maquillé los labios y sonreí. Te miré con la mejor de mis sonrisas, con toda la alegría de verte. Como siempre, casi nadie reparó en mí. Solo el mayor de ellos me sonrió, y yo, casi sin pensarlo, le devolví el saludo. Él, con ternura, movió su mano y alzó una copa. Yo lo imité, alzando una copa invisible, los dos sonriendo. Tú estabas delante de él y te sorprendiste: pensaste que el gesto era para ti. Pero no, era solo para él, que había quedado justo detrás. El mismo que una vez me había dicho: «Haz como Merton; sécate esas lágrimas».
Volví sonriente, pero me sentí fuera de lugar, así que me castigué a mí misma por tal acto de vanidad. Reconocí que fue un error: no fue recato ni modestia de mi parte, solo quise mirarte y que me vieras sonreírte, y no en lágrimas y de negro como siempre.
Mi propia penitencia fue caminar durante días sin verte.
Pasó el tiempo. Volví a contar los días: fueron trece. Me quedé vagando por la isla.
Abajo estaba el cofre que quería mostrarte. Quería decirte que había encontrado libros, y un papel con hermosa caligrafía que decía ÁGAPE. Me quedé leyendo y pensando en ti, escuchando los cantos de los marineros, pero solo pensaba en mi error y en tu mirada sorprendida. Tal vez me habías malinterpretado. Me juzgué con fuerza.
A medida que pasaban los días, comencé a sentir un vacío en el cuerpo. No sabía si era la falta de tu presencia o mi impermanencia. La primera semana, cuando estuve a punto de regresar, apareció un barco con una luz fuerte como un faro. Me escondí. Vi la luz, pero no quise ir hacia ella.
Ya conozco esas trampas, pequeños piratas que fingen ser buenos hombres. ¿Para qué iba yo a nadar al mar? Me quedé quieta. Dieron la vuelta a la isla, lo que tomó varios días; los observé tras las hojas. Decidí quedarme en tierra: me escondí entre el frío y las ropas, me quedé jugando cartas, me quedé escribiendo. Pero estaba esperando que se fueran para poder volver a subir la montaña, atreverme a hablarte, contarte lo que había visto y pedirte disculpas.
Te escribí una carta. La destruí. Escribí otra a quien me dijo que fuera con cuidado, y la guardé. La llevé conmigo, porque necesitaba guía. Me quedé dando vueltas, pensé mucho sobre volver o no: ¿quería este caos y la libertad de caminar sola, o quería la estabilidad y la calma de estar junto a ellos?
De pronto un día me desperté de madrugada, en el frío, en la oscuridad sin estrellas. Te vi a ti, me vi a mí, en un sueño; recordé con nitidez tu rostro: estabas contando y escribiendo unos números. Abrí los ojos como quien sabe que ha descubierto algo importante y, de un salto, me dije: «Necesito verte. Llevo casi dos semanas conteniendo todo este afecto. ¿Me lo debería prohibir, o debería aceptarlo?». Cuando me di cuenta de que lo que sentía era amor, me lo negué; no podía permitirme esos sentimientos. Lo reconocí y lo integré en mi corazón. Me dije a mí misma: «Basta ya de huir. Aceptemos que esto es así, que no hay final feliz, que no se es lo que se quiere si no lo que es, y eso es suficiente».
Me arrodillé y recé pidiendo perdón cuando un pequeño pájaro apareció. Por eso decidí volver a subir a la montaña.
Fui de prisa, corriendo. Sabía que te encontraría ahí después de tantos meses juntos en silencio. Hice todo lo que pude para llegar al último minuto, y llegué.
No sé por qué había un ramo de flores blancas y un pañuelo a un costado, en el suelo. Todos estaban en silencio. Pero tú ya no estabas.
Tú ya no estás… donde te fuiste.
Me quedé esperando algo, sin saber qué. Todos se levantaron. Me miraron, no con decepción ni con tristeza, solo como siempre: ellos, y yo de negro.
Me quedé de pie hasta que cada uno se fue. Llevaba la carta conmigo; la dejé entre las flores blancas. Solo hubo un pequeño sonido y una mano a la distancia.
Me quedé sola en la cima. Me quedé llorando. Acepté lo que no había aceptado. Recogí el pañuelo del suelo y me sequé las lágrimas, pero seguían saliendo. Comprendí que me había quedado abajo porque temía exactamente esto.
El sol volvió a salir.
Yo seguía en lágrimas, arrodillada, pensando en ti y en el dolor que me causaba no verte. Por primera vez no sé qué sucederá; las islas y sus climas son impredecibles. Pero me quedé, y eso es todo lo que puedo decir.
El sonido de las alas de los pájaros me trajo de vuelta al sonido de las olas. Una luz dorada entró en mí.
Entre lágrimas acaricié mi rostro y di gracias.
Me felicité por amar y pensé nuevamente en ti. Aún no sé tu nombre, solo estoy agradecida. Amé, y ese es el único mandamiento que importa.
