Como un gato






Te miré, y por primera vez te tomé las manos con fuerza; con mis dos manos sostuve tu mano, mientras tú, en un acto de resignación, soltaste el bastón y rompiste en llanto.

Intenté buscar la sonrisa que siempre te intento sacar. Te miré y te dije: "Tienes las vidas de un gato. Así eres tú."

Marché en silencio a encender las velas.

Hace meses que la veo llegar. Muchas veces llega en la oscuridad, antes que todos, incluso antes que yo, caminando en silencio. Cuando la veo, ella se sienta y hace ver como que nada ha pasado.

Semana a semana la observo, en sus subidas y escapadas por la isla.

Un día la miré susurrarle a las velas. Fue allí cuando me acerqué y les pregunté: "¿Qué les está pidiendo?".

De alguna manera, yo soy el encargado de encenderlas, y ella lo sabe. Siempre me observa, y yo la observo a ella, aunque piensa que estoy despistado, cargando cosas de un lado a otro.

Las velas tienen mucho que decir sobre ella.

El otro día me contaron que la escucharon susurrando: "Por favor, que vuelva".

Les pidió que le dieran respuesta. Las velas se movieron y me dijeron: "Las respuestas solo te las podemos dar a ti. ¿O acaso ella también puede hablar con nosotras?". Tuve que darles la orden de que no le respondiesen nada, que mantuviesen la quietud de la llama, para que ella permanezca quieta y no se escape.

Siempre la observo irse con el bastón, y cada vez que vuelve parece una sombra errante. Yo siempre la observé llorar, pero no puedo contenerla, solo la puedo observar. Ella siempre creía que nadie veía lo que sucedía, pero todos éramos conscientes; en el silencio nada se oculta, en el silencio las respuestas se hacen más evidentes.

Decidí darle la orden al bastón para que él me cuente. Tomó un pequeño cascabel y le dije: "Déjenla, déjenla que baje". Esta vez no fue al mar, se fue al río, dijeron.

El bastón y el cascabel ya nos contarán qué hace allá.

Fue un día de verano, hacía calor, cuando sentí su mano. Yo estaba alrededor de muchos otros, no sabía si ella me escogería o no. Yo estaba simplemente ahí, de pie. A mi lado había formas, figuras, colores; todos éramos distintos. Pero, sin embargo, yo quería irme con ella. Cuando me tomó, pude sentir el calor de su mano, e inmediatamente dije: "Llévame, me quiero ir contigo". Así fue como le pertenecí.

Era un día de verano, hacía calor; ella llevaba un vestido de flores, de colores pasteles, precioso, por cierto. Me gustó. Me pregunté por qué me escogería a mí entre todos ellos; no lo entendí. Nada malo se veía en ella, pero yo, en su juventud, yo un bastón, ¿quién soy yo para negarme a ir en sus manos?

Un día me bautizó con un nombre. Yo no entendí muy bien por qué, solo soy una madera; no entiendo de músicas ni de referencias estéticas. Yo solo siento su mano y me gusta. A veces me aprieta con fuerza, otras me hace vibrar dando golpecitos, como si yo fuera un instrumento.

A veces baila conmigo; me gusta cuando bailamos, me gusta cuando jugamos, me hace sentir vivo.

No sé por qué él me dio la orden de avisarle las cosas que veo, pero desde el primer día que nos conocimos me observó.

Me quedo mirando sin decir nada, pero de alguna manera me habló; no supe cómo lo hizo, pero me habló.

Me dijo que algo distinto hay en ella, y eso es lo que tengo para informar:

Un día de verano después de la salida de un museo, me sostuvo con fuerza y fue la primera vez que me sentí húmedo. No había lluvia. Ella apoyó su cabeza y las lágrimas me bañaron.

De pronto comprendí el porqué: ella me había escogido, pero no me dijo nada, solo me puso un nombre y me sostuvo con firmeza; desde ese entonces la acompaño a todos lados. Antes de llegar a esta isla, a las personas de su alrededor les llamó la atención mi llegada; yo escuchaba que no era normal que alguien tan joven —y bla, bla, bla— yo me considero bastante guapo y atractivo, soy de una manera irregular, soy bonito. Un día un perro me mordió, eso sí que me dolió. Fue una tarde cuando la escuché tener una conversación con alguien; ese día estuvo muy nerviosa, no sé por qué, pero dijo que si eso sucedía ella iría a la isla. Yo no entendí, pero ella se sentía feliz; ese día, de alguna manera, bailábamos, lo pasamos muy bien. Al día siguiente, en un movimiento inesperado, se agarró de mí con mucha fuerza. Nos encontramos con alguien muy alto que me miró y la miró a ella con el cuidado de una flor que no puede tocar; ella reía, le miraba, sonreía. Nunca supe quién fue él; yo solo la escuché decir un gato salvaje.

Fueron tres días; yo solo escuchaba que ella repetía "tres días", como siempre, nuevamente tres.

Ese día me subió a una barca y nos fuimos en el mar y desaparecimos en una niebla gris y densa; de pronto estábamos aquí, en esta isla, con ellos. Todo cambió: yo y ella, ella y ellos. Todos aquí.

Sus manos son frías, ya no jugamos, me deja en un rincón mientras camina sin mi apoyo; yo miro lo que ellos hacen, vibro con los sonidos, y ella, siempre, me toma con su mano húmeda. Conozco esa sal, suave y delicada, de sus lágrimas.

Nuestra llegada a la isla estuvo marcada por el silencio.

Perdí la cuenta del tiempo que llevamos aquí.

De vez en cuando le aviso a él sobre todo, en especial sobre la primera vez que se fue: fueron semanas de llanto donde caminamos y volvimos al mar, nos enfrentamos a los cantos de marineros, pero después de todo lo que vi, estamos aquí.

Aunque sucedió algo inesperado por eso: la última vez que fuimos al mar, las olas me arrancaron de su mano, y con ella se fue también el cascabel, que aún colgaba de mi cuerpo. No sé si ella nos buscó, no sé si nos dejó ir. Solo sé que el agua nos llevó, y desde entonces no soy más su voz.

Pero el mar no se queda con nada para siempre: un día, mucho después, sentí de nuevo su mano. Era ella. Me había encontrado entre las piedras de la orilla, y supe, por fin, que volvíamos a ser uno solo.