Le permití a la mente ir demasiado lejos, pero ni siquiera me arrepiento, considerando que lo que he imaginado es pecado —denial.
Pero entre sacrilegio y despojo se mece el cuerpo y el espíritu: huelo y observo las rosas, tulipanes blancos y liliums de la habitación. No debería estar entre las sábanas rosas pensando en ti.
El agua fría cubre el cuerpo, porque arrojarme a los rosales no lo haré, mucho menos a unas brasas de fuego.
Quizás me consuma entre suspiro y suspiro, y con el corazón en la mano me arrepienta o me avergüence. ¿Y si no me arrepiento?
Si espero demasiado, caerán los pétalos de las flores y la esencia del perfume se perderá entre tu cuerpo y el mío, en una frecuencia orquestada entre respiraciones cortas, cada uno de tus movimientos, el de tus manos al rezar, el movimiento de tus pestañas al mirarme a los ojos fijamente, y yo grabarte cada mañana entre el final de la noche y la mañana, con los primeros rayos del sol, en el altar.
No me preguntes qué haremos. El camino sabemos que es misterioso.