Sin música, ¿yo? Imposible. Eso pensaba, pero quedé semanas en un loop de laudes y antífonas de latín —y a veces hebreo—, en los salmos, de arameo. Lenguas que no son la mía, pero que vibran en mí como si hubiese sido lo que siempre escuché.
Fue imposible salir del loop entre versículos, la poética del espacio y la cotidianidad de observar a los alumnos. Y muchas veces, no estar presente. No por no querer, solo por no poder entender qué está sucediendo. ¿Será que realmente hay una vida que se va dejando atrás?
A las 6:06 miré el reloj y dije: esta semana no. Semana sin laudes.
¿Podré?
Al despertar escuchaba el sonido de los neumáticos y el agua. Hoy llueve. Llevaba semanas sin escuchar música y la primera canción que vino a mi mente fue "After the Storm" — los truenos al inicio, Kali Uchis, Tyler — y tuve que ponerme los audífonos. No fue una decisión. Fue el cuerpo antes que la cabeza. Después vino "See You Again," el mismo dúo, rosas y flores que quieren florecer, y me dije: ok, una más. Me vestí para salir, me perfumé, y entre los aromas y la música llegó la pregunta de siempre: qué me pongo hoy. Miré el vestido negro. Su volumen, sus pliegues, sus bordados.
Esta semana vi a Madonna en Coachella cantando "Like a Prayer," hablando de astrología entre una oración y otra. En mis referentes las cosas siempre han sido así: lo sagrado y lo profano en la misma frase, en el mismo cuerpo. Nunca estuvieron separados.
Yo soy diseñadora. Y hay una frase de Dior que siempre me gustó: nosotros hacemos lo que podemos; Balenciaga hace lo que quiere. Me parece que eso es lo más honesto que se ha dicho sobre la moda. Hacer lo que uno quiere. Francisco de Asís también hacía lo que quería — la fiesta, la noche, todo — hasta que un día lo que quiso fue otra cosa. Y nadie lo entendió, pero él siguió. Yo vengo de la música, del techno, de las obsesiones, de los ritmos de la noche. Y de pronto estoy practicando antífonas en latín. Repitiendo laudes. No sé en qué momento hacer lo que quiero se convirtió en esto. Pero se convirtió, y no me lo puedo explicar de otra manera que no sea: pasó.
Y fui observando y anotando cómo las cosas se van conectando hasta que ya no puedes separarlas. Comme des Garçons trabaja con el negro, con los volúmenes, con la estructura. Eso viene de Balenciaga. Y Balenciaga miraba a Zurbarán, que pintaba santas. El mismo negro, los mismos pliegues, la misma tela pesada cayendo sobre un cuerpo que desaparece debajo. Yo estudié eso. Les enseñé eso a mis alumnos. Y ahora estoy adentro del cuadro. No es que la moda me haya llevado a la vocación ni que la vocación le deba algo a la moda. Es que en mi mundo las cosas nunca estuvieron separadas. El discernimiento no se siente lejano de lo que siempre hice. Se siente como la continuación de algo que ya estaba ahí, solo que yo no lo veía.
Un hábito Comme des Garçons, unas Doctor Martens y un pequeño dispositivo lleno de música. Así me veo mientras limpio los vidrios del convento —que no son pocos— moviendo las manos al ritmo. Yo creo que eso es lo único a lo que no podría renunciar del mundo: la música. A todo lo demás no me ha costado tanto, pero eso lo digo ahora.
Todas mis libretas, todos los escritos, los metí al fuego. Sin embargo, ahora volvería a buscarlos para saber qué escribí entonces. Qué profecías me di a mí misma, porque las últimas se han cumplido más rápido de lo que pensaba. Ya no me asusto. Pero hay cosas que sí, porque cuando salen enfermedades con resultados negativos, nunca es bueno dar esas noticias.
Cierro los ojos para ver si pude grabar bien tu rostro, pero agudizo el oído por si recuerdo tu voz en el altar. Veo tu cabeza bajo la Biblia sostenida. Te veo vestido de blanco y la iglesia cubierta de velas, la penumbra, tu cara enmarcada entre las telas blancas. Me veo a mí misma perfeccionando la imposibilidad. Tú, San Benito, y yo, tu hermana Escolástica. Al final, el amor trasciende lo romántico y da paso a lo fraterno.
No quiero llegar esta semana y que no estés. Por eso no quiero ir, como si estirar una semana fuese a calmar el dolor que sentiré al no verte en la sillería. Yo, sin poder preguntarte si seguirás adelante. O qué harás. Queda menos tiempo para un noviciado y menos tiempo para mí como postulante. Suena "It's a Crime" de Sade, y mi inconsciente sabe que soy más mortal pecadora —como dice el hermano Mateo— que una santa pintada por Zurbarán. Aun así, no puedo flaquear. Una vez más, aplicar mi técnica maestra de redireccionar.
Es lindo todo esto para escribir, pero duele. Crece. Y estas flores no van a florecer; son lo más parecido a un árbol sin fruto, un espino. Pero he fallado: a pesar de sus espinas, sí produce frutos rojos, como las rosas.
Cierro este texto con "Woods" de Mac Miller. Porque los bosques también son oscuros, y se camina igual.