Han sido trece semanas de llanto sin tregua, de día o de noche. Las lágrimas se niegan a parar, me duelen los ojos, las rodillas se doblan, la cabeza pesa y los pensamientos no dejan de girar.
Tuve que pedir ayuda, y así encontré un bastón que me ayudó a caminar.
Estoy tan lejos del Mediterráneo, sola y cansada, lejos de las aguas cristalinas y mansas. Me detengo a observar cómo llegué a este océano salvaje de aguas indómitas, donde emergen islas con cada erupción de volcán. Una vez escuché: «Las islas son el futuro, pero hay que escoger bien antes de entrar».
Esta isla es refugio o escondite de un tesoro que ni yo sabía cómo encontrar. Antes de llegar acá, sin mapa ni coordenadas, me dediqué a buscar, y de tanto buscar me di cuenta de que tenía las manos ocupadas y que así no había espacio para recibir nada. Solo soltar.
Tenía barcos navegando en el mar, naves que me sacarían de esta isla (a la que ni yo misma sé cómo llegué) y probablemente me llevarían a recorrer el mundo una vez más, a seguir en esa búsqueda constante del tesoro.
Mi esperanza estaba depositada, quizás, en que este año llegase alguien con una copa en la mano, como un Caballero de Copas, y me llevase a su lado. Que me dijera: «Tranquila, voy a estar contigo el tiempo que quede o el tiempo que sea necesario». O quizás que me dijese: «¿Tú sabes que el Señor obra milagros?». Cualquier alternativa me era válida, menos seguir esperando y mucho menos seguir buscando, porque mi cuerpo no me dejaba salir a navegar.
Así que tomé el fuego y lo transformé en mensajes, comuniqué a la vida mi deseo y los barcos ardieron. A unos los derribaron cañones; otros se incendiaron; otros, simplemente se hundieron. Los más dolorosos fueron los que dieron batalla: de ellos no quedaron ni restos del naufragio.
Solo quedó un barco fantasma, atrapado en otra isla, cubierto por la niebla densa del Atlántico, perdido en algún triángulo.
Me quedé en mi isla viendo desaparecer todo lo demás. Ya no quedaba ninguno de los barcos que yo había llamado. Caminé hacia el centro, hacia donde había sido llamada, como un acto de agradecimiento, pero al volver la vista antes de avanzar, lo vi de nuevo: otro barco, pequeño, que navegaba suave y lento a lo lejos. Estaba ahí desde hacía meses, en el borde de lo que yo me permitía mirar. Durante meses pensé que podía venir por mí. Agarré el bastón, caminé deprisa a la orilla, me subí a una barca y navegué hacia la embarcación.
Sabía que no podía navegar, pero me subí.
Me quedé en mi isla viendo desaparecer todo lo demás. Ya no quedaba ninguno de los barcos que yo había llamado. Caminé hacia el centro, hacia donde había sido llamada, como un acto de agradecimiento, pero al volver la vista antes de avanzar, lo vi de nuevo: otro barco, pequeño, que navegaba suave y lento a lo lejos. Estaba ahí desde hacía meses, en el borde de lo que yo me permitía mirar. Durante meses pensé que podía venir por mí. Agarré el bastón, caminé deprisa a la orilla, me subí a una barca y navegué hacia la embarcación.
Sabía que no podía navegar, pero me subí.
En el barco había una pequeña escalera; me abalancé hacia ella, solté el bastón y dejé la barca, la empujé con el pie porque sabía que no la necesitaba. Me alegré de huir de aquella isla fría.
Al subir al barco le busqué con la mirada. Miré deprisa en la proa, camine y me apoyé en el mástil y, sin darme cuenta, oí una voz.
«Salta»
Me senté en la arena y les di la espalda. Me puse a observar cómo el barco se iba y cómo yo me quedaba en la isla con esta nueva tripulación, una tripulación sin barco.
Han sido meses de camino sin rumbo fijo, y solo Dios sabe hacia dónde voy.
El sol me sostiene, ¿y a ti, quién te sostiene?
El mar devolvió la barca y yo sigo aquí, mirando de lejos a esta tripulación.
Al subir al barco le busqué con la mirada. Miré deprisa en la proa, camine y me apoyé en el mástil y, sin darme cuenta, oí una voz.
«Salta»
Miré a todos lados buscando de donde venia esa voz, me acerqué a la borda, vi la barca marchar a lo lejos: ya no podía nadar hacia ella.
Fue entonces cuando te vi.
Me miraste a los ojos, te acercaste dulcemente me diste algo en las manos y dijiste: «No puedes seguir».
Con un gesto amable señalaste un camino.
Mi cuerpo temblaba de miedo; a pesar de eso te sonreí.
Señalaste el tablón en silencio.
Caminé temblorosa y me giré para verte una última vez: tu pelo largo y dorado, tu mirada de ojos grandes. No me dejaste retroceder.
Señalaste el tablón en silencio.
Caminé temblorosa y me giré para verte una última vez: tu pelo largo y dorado, tu mirada de ojos grandes. No me dejaste retroceder.
No había sonrisa en tus labios.
Tus ojos azules fue lo último que vi.
Y salté.
Quedé bajo las aguas del mar. Pensé que me ahogaría. No era la primera vez; ya me lo habían hecho antes, pero aquella fue con tal violencia que no me quedó otra que saltar al mar en un acto desesperado. Esta vez no fue así.
Me dejé caer al agua, resignada, para hundirme y no salir más, pero el cuerpo reaccionó: abrí los ojos bajo el agua y dije: «Esta vez no». Estiré los brazos, los expandí buscando el cielo y nadé; me dejé flotar hasta la orilla sin oponer resistencia a las olas, sino siendo una de ellas.
Tus ojos azules fue lo último que vi.
Y salté.
Quedé bajo las aguas del mar. Pensé que me ahogaría. No era la primera vez; ya me lo habían hecho antes, pero aquella fue con tal violencia que no me quedó otra que saltar al mar en un acto desesperado. Esta vez no fue así.
Me dejé caer al agua, resignada, para hundirme y no salir más, pero el cuerpo reaccionó: abrí los ojos bajo el agua y dije: «Esta vez no». Estiré los brazos, los expandí buscando el cielo y nadé; me dejé flotar hasta la orilla sin oponer resistencia a las olas, sino siendo una de ellas.
Mojada, congelada, llena de sal, llegué de vuelta a la orilla.
Vi cómo a lo lejos aquel barco se perdía en el mar. En tierra firme ya no había barcos, pero había varios tripulantes sentados, como si no esperaran nada más que estar ahí.
Ellos observaron mi naufragio, pero ninguno vino a socorrerme; sentados, me observaron en silencio, sin intervenir.
Ellos observaron mi naufragio, pero ninguno vino a socorrerme; sentados, me observaron en silencio, sin intervenir.
Me puse de pie lentamente y los observé. Me percaté de que allí estabas tú: dudando, sufriendo, con la cabeza sostenida entre las manos.
Yo, con mi vestido de colores empapado y los ojos llenos de lágrimas, te miré. ¿Me observaste? Sostuvimos la mirada y ya no pude mentir; estaba tan cansada que me refugié en tu mirada, en aquellos ojos de color marrón, expresivos de preocupación, en aquel silencio.
Yo, con mi vestido de colores empapado y los ojos llenos de lágrimas, te miré. ¿Me observaste? Sostuvimos la mirada y ya no pude mentir; estaba tan cansada que me refugié en tu mirada, en aquellos ojos de color marrón, expresivos de preocupación, en aquel silencio.
Me senté en la arena y les di la espalda. Me puse a observar cómo el barco se iba y cómo yo me quedaba en la isla con esta nueva tripulación, una tripulación sin barco.
Aunque quise escapar, en mi mente esperaba el momento perfecto para decirte: «Vámonos, esto no es para nosotros. Construyamos un bote, yo te saco de aquí».
Pasaron semanas y semanas de llanto, ni una sola de tregua.
Hoy el sol comienza a bañar lentamente las montañas; el reflejo se cuela entre las nubes e ilumina la punta de cada cerro.
Pasaron semanas y semanas de llanto, ni una sola de tregua.
Hoy el sol comienza a bañar lentamente las montañas; el reflejo se cuela entre las nubes e ilumina la punta de cada cerro.
Observar la montaña que hay en esta isla me da un respiro.
Han sido meses de camino sin rumbo fijo, y solo Dios sabe hacia dónde voy.
El sol me sostiene, ¿y a ti, quién te sostiene?
El mar devolvió la barca y yo sigo aquí, mirando de lejos a esta tripulación.
