Es difícil alejarse del mundo cuando ya se ha visto mucho. Me da vueltas la frase de la hermana Francisca: "al señor le encanta jugar con la vista". Por otro lado, su ternura y su sonrisa, cuando comenzó a comentar de contemplativas no tenemos nada, trabajamos muchísimo, pero estaba feliz.
Discernir es un camino difícil, no es entregarse a una institución ni a Dios a ojos cerrados, es cuestionarse el porqué quiero y estoy dispuesta a alejarme del mundo, y eso duele, finalmente es vivir en la clausura.
A veces pienso que, probablemente si hubiese entrado a los 16 años y las hermanas no me hubiesen rechazado por mi falta de fe, quizás hubiese sido mucho más fácil entrar en un sistema y seguir las reglas, pero siempre me gustó estar en la oposición y ser rebelde.
Me oponía a Dios con todas mis fuerzas, tanto que cuestionaba el porqué Satanás fue arrojado a la tierra, cómo le hizo eso a su ángel más bello.
Hasta que un día llego a mi la frase: Hasta Satanas lloro a ver a Jesus crucificado y la anote mientras estudiaba algunos salmos.
Y bueno, aquí estamos, en su mundo o en el mundo inconsciente. Llámenlo como quieran: creer o no creer, investigar y analizar, comparar.
En algún momento de la vida, después de intentar amablemente ser bondadosa y generosa, de trabajar con humildad, de poner la otra mejilla, de la cual constantemente terminaba abofeteada, decidí construir un personaje. Por cierto, en muy mala edad y con referentes cuestionables para alguien de 13 años.
Me gustaba ir a terapia, no para analizarme, sino para analizar el sistema que me cuestionaba, me sentía dudosa de los métodos y lejos de ser superior era solo por observar como en mi adolescencia, mis amigos mentían sobre los estados alterados de conciencia solo para conseguir drogas legales. Algunos de ellos se convirtieron en grandes químicos, otros en matemáticos, otros simplemente dejaron de jugar un juego y siguieron en paz sus vidas, otros murieron en el intento.
Tanto cuestionamiento y tanta negatividad forjaron una mente que lo cuestionaba todo hasta el día de hoy no deja de pensar.
El años pasado me entregué al convento, al silencio, a la vida en comunidad, lejos de todo lo que había construido.
Lejos de buscar renacer, solo para aceptar la muerte, el fin de los días en paz, para retirarme consciente de mi paso por el mundo. Siempre me consideré, en el Rey León, una hormiga pequeña que carga un pequeño trocito de azúcar. Me subí al lomo del mono, observé a los leones, caminé entre jirafas, y dormí entre bellos pájaros que me llevaron en su lomo a viajar.
La pequeña hormiga se perdió en su propio laberinto.
Tuvo que caminar en soledad por ciudades y desiertos. Aún tengo un recuerdo de infancia de verme jugando con la tierra, abriendo agujeros y sacando hormigas. En algún momento sufrí porque había que matar esas pobres hormigas. Después, en algún momento, salgo terrible para llevarlas a morir al agua.
De pequeña me di cuenta de que a veces tenemos una semilla del mal que alimenta nuestra curiosidad, pero son nuestras decisiones las que quedan.
Aún recuerdo cuando le negué el agua a todas las personas. Fue una orden, yo simplemente la repliqué. En ese momento me di cuenta de hasta dónde sería capaz de llegar. Nadie se iba a morir, probablemente era una hora sin tomar agua, pero igual la negué. ¿En pro de qué? ¿Un maquillaje? ¿Respetar el trabajo o exageración?
Estoy lejos de estar orgullosa de esa decisión, pero así es la moda, dicen. Creo que estuvo bueno ese momento para darnos cuenta de que hay cosas que realmente son demasiado estúpidas para seguirlas.
¿A quién quise salvar? ¿A un evento transmitido en 45 países? ¿A no dejar mal a mis jefes o a ser simplemente la hormiga tirana?
Creo que es fácil señalar con el dedo lo que está mal, pero ¿somos capaces de señalarnos a nosotros mismos cuando nos equivocamos?
El discernimiento no es fácil, pero aquí estamos.
Me gustaría leer en algún momento en la Biblia el evangelio según María Magdalena o el evangelio según María. Estoy segura de que debe estar escondido por ahí.
Pero se nos pidió guardar silencio, y cada día que avanza entiendo mejor el porqué.
Pienso en dos figuras masculinas cuestionables de la humanidad: uno quería ser artista, fue rechazado. ¿Acaso no podía pintar en casa sin tener un reconocimiento? ¿Por qué no aceptó que no podía ser especial y se detuvo ahí? Fue consciente del daño, y miren, hasta yo estoy escribiendo y lleva muerto muchos años, logró ser recordado. El otro le tenía miedo a los gatos, y yo creo que a sus propias emociones, esa vulnerabilidad emocional y sus celos con Josefina asimetría emocional y falta de empatía. Ambos buscaron adoración y terminaron destruyendo gran parte de la humanidad.
Sin embargo, Hipatia, que no buscaba nada, fue asesinada con conchas de ostras por un grupo de hombres, arrastrada a una iglesia, su cuerpo mutilado para finalmente ser quemada en una hoguera por estudiar.
Creo firmemente en el poder del sol. Amaterasu, su versión femenina en Japón, y el Inti, su versión masculina en Sudamérica.
El sol seguirá brillando sin importar quién escriba la historia. No hay cosa más hermosa que una planta, que un árbol, que un animal. La naturaleza, me retiro en paz.
La grandeza es una distracción del diseño; la verdadera eficacia de la naturaleza no necesita tamaño, solo precisión.
En la guerra de las formas, el coloso muere por la herida que ni siquiera vio venir. Como la mordedura de una hormiga aguja japonesa que te puede llegar a matar.