Semanas y semanas de llanto. Por fin llegaron las semanas de tregua, adquirida o aprendida, ambas, quién sabe; quizás ni yo misma lo sé. Antes, la incertidumbre giraba en círculos en mi cabeza. Ahora me quedo quieta. Me sé quedar. Al menos eso parece. Escucho a la calma.
Comienza a salir el sol desde lo alto de la isla. Ellos siguen aquí, y yo sigo con ellos.
Siempre vemos barcos, pero no nos distraemos: seguimos tranquilos, entre pájaros y olivos.
Hoy llegó un barco grande, más de lo normal. Mi curiosidad no se ha apagado: aprendí un poco sobre barcos, pero ese aún no lo había visto llegar.
—¡Ha llegado un barco! —les dije.
Se sorprendieron por el alboroto que hice.
—¡Vengan! ¡Se están bajando! ¡Vengan a ver!
Ellas habían llegado. Se pusieron todos de pie. Nunca los había visto sonreír tanto. El reencuentro era tan feliz que los miré a todos juntos y me puse a reír, y mi risa sonó casi a canto.
Tantas semanas de llanto, y tantas otras por venir, inciertas.
Yo los miré a ellos, y ellos las miraron a ellas, y después me miraron a mí.
—Parece que vienen a buscarlos —les dije.
Por fin veía las cosas como eran, sin proyecciones, sin formas de animal. El silencio del cisne había sido un castigo: me dejó devastada, preguntándome qué hice mal. El amor no se había ido con el cisne: se había quedado conmigo, creciendo en este otro silencio, el de todos esos meses. Se me llenaron los ojos de lágrimas; no pude evitarlo.
Después de tu regreso, nos mantuvimos siempre en silencio, pero cerrábamos los ojos al saludarnos.
De pronto, después de tantos meses, no sé por qué, moví la mano en aquel saludo y te pedí que te acercaras. Me acerqué yo también, y la voz me temblaba: llevaba tanto tiempo sin saberlo.
—¿Cómo te llamas? Necesito saber tu nombre.
Me lo dijo suavemente. Me miró.
—¿Y el tuyo? ¿Cómo te llamas tú?
Ambos sonreímos.
Quise pronunciar su nombre y lo dije en voz alta. Se giró con una sonrisa y lo vi bajar con los demás.
Ellas y ellos se encontraron abajo, y yo me quedé arriba observando la bella escena. El anciano estaba bajo su cedro, con los ojos cerrados y una sonrisa. Él ya lo sabía.
No sé qué viene. Aunque haya niebla, ríos y animales, sé que a quien busco es alguien que nadie ha visto y a quien, aun así, seguimos, semanas y semanas, en el misterio.
Creo que ese barco también viene a buscarme a mí. Ya no hay barcas donde escapar; solo queda la confianza. Confiar, como me dijo el anciano: confiar en que Él tiene preparada una sorpresa, y grandes planes para mí.
Cuando el reencuentro ya era abrazos y ruido, él volvió a subir. Se detuvo a unos pasos, con la misma sonrisa. Yo también le sonreí.
No dijimos nada. Y entendí que este silencio no era el del cisne. Aquel fue un castigo; este era un lugar de encuentro, una calma, un compromiso, una decisión.
Él, sin decirme una palabra, me enseñó que el silencio también es amor. Otro amor, mucho más hondo del que yo podía imaginar: el de Dios, que tampoco habla, y aun así sostiene.
No sé qué siente él, y no sé qué va a pasar. Quizás esta sea una despedida; quizás no. Abajo, el barco grande me espera. Aquí arriba, los dos seguimos en el mismo lugar.
Sonaron campanas, un órgano precioso se activó con el viento, y una vez más llegó el sonido de los pájaros.
«Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni allegan en alfolíes; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?»
Nihil amori Christi praeponere.
Pax.