¿Qué buscas?

 





Eran las cuatro otra vez. Dejamos pasar las semanas hasta que nos volvimos a ver.

El anciano me miró en silencio. Había cerrado los ojos y los abrió solo para preguntarme:

—¿Lo estás buscando o buscas la cruz?

—No lo sé —le dije—. Lo que parecía no existir para mí me demostró su existencia mientras navegaba en la niebla a la deriva.

—Entonces, ¿qué buscas?

—A mí misma. Quién soy. Lo que fui.

—¿Y por qué no buscas lo que serás?

—Porque no puedo ver el futuro. Intuyo hacia dónde voy, pero no sé si esa es la dirección.

—Te queda poco tiempo.

—Lo sé. No puedo jugármela esta vez. —Se me quebró la voz—. Tengo miedo.

—Todos tenemos miedo.

Lo miré a los ojos. Los míos estaban llenos de lágrimas.

—Me gustaría creer. ¿Cómo puedo estar segura de lo que Él quiere de mí? A ratos pienso en quedarme; otras veces, en irme. ¿Debo escuchar al miedo o a la calma?

Calma.

Me quedé pensando en esa palabra. No tenía un diccionario para buscarla, así que la busqué en mí.

Él volvió a cerrar los ojos y yo me quedé mirándolo.

—¿Cuánto tiempo lleva en esta isla? —le pregunté.

—Más de cincuenta años. Y aun así no he podido olvidarla. Todavía recuerdo su nombre.

—Yo recuerdo una fecha.

Abrió los ojos.

—El 19 de julio. Da lo mismo el año, da lo mismo la época. Se repite. Cada vez llega con una persona distinta, con una situación distinta, y me muestra lo mismo desde otro lado. Es como tener un cubo entre las manos: cada día lo giro un poco y creo que estoy a punto de armar algo que, en el fondo, ya sé. Le doy mil vueltas. Calculo probabilidades. A veces me obsesiono. Le pido consejo a Él, pero Él no habla. Y sus tiempos...

Tomé aire y lo solté despacio.

—Sus tiempos son lo que más me cuesta.

El anciano cruzó los brazos. Parecía a punto de dormirse. Pasaron los minutos y el silencio no incomodó; fue una paz honda. Empecé a llorar, pero sonreía, recordando cada cosa que me había traído de vuelta a esta isla.

Entonces habló, sin abrir los ojos:

—Mañana va a pasar algo. Búscalo. Tú sabes dónde ir.

Fruncí el ceño y suspiré fuerte.

—No quiero ir al río otra vez. Sé que sería capaz de meterme y nadar contra la corriente.

—Al agua no se le gana.

—Pero yo vi a un cisne ir contra el agua.

Sonrió.

—Confía.

—Confiar —dije en voz baja.

Se despidió. Me besó en la cabeza y me dejó junto a un cedro. Miré el cielo buscando pájaros, pero solo vi el cielo despejado.

Decidí entregarme al desánimo. Estaba cansada, derrotada. No quería pensar, ni decidir, ni hacer nada. Pero el pensamiento no se frenaba y me llenaba la cabeza de preguntas. ¿Había sido todo esto real? ¿Cuánto de mí fueron proyecciones? Podía asegurar que lo vi, que siempre supe lo que había y que no era solo cobardía: había algo y alguien más ahí.

Caminé por la isla. Suspiré, un poco molesta. Fui hacia el río y me desvié. No me senté en aquella piedra. No miré el agua. No me perdí en el bosque ni busqué una cueva donde esconderme otra vez. Pensé en construir algo, pero no había nada que construir. No era temporada de viajes. Era temporada de quedarse quieta y esperar.

Sin embargo, el sonido de los pájaros regresó y volví a seguirlos. Me llevaron a la orilla.

Solo cuando ya estaba ahí recordé sus palabras: Tú sabes dónde ir.

Yo no lo sabía. Solo seguí a los pájaros.

—No puede ser, qué absurdo, es imposible que… —me dije a mí misma.

Los cisnes no navegan en el mar. Eso creía yo. En el río te fuiste y en el mar te hundiste, desapareciste. Yo me hundí contigo, estabas lleno de sangre. Era imposible que sobrevivieras. Pero nada es imposible para Él ni para sus tiempos.

Habían pasado meses, lo sé por las mareas. Mi cuerpo nunca había estado tan enfermo como después de tu pérdida, pero ahí estabas, el cisne, en el mar.

Me quedé en la orilla. Los rayos del sol se posaban en su cara.

Aún recuerdo su mirada. Quédate conmigo, quería decirle, pero mi voz solo juntó unas letras sueltas.

—Cuídate —fue todo lo que dije.

No corrí hacia él. No me metí al agua. Quise quedarme con todo ese amor adentro. Aún recuerdo sus ojos y sus pestañas; aún siento el calor de sus plumas.

Pero ¿de qué sirve guardar tanto recuerdo? No sé quién lanza los dados. Lo único que sé es que puedo quedarme, y que puedo amar fuerte y sostenido en el tiempo aunque el otro no me ame. Eso también es un don, y no muchos lo tienen. Todos piden y piden, y nadie quiere dar. Yo doy y no pido nada. O quizás pido mucho.

Me quedé de pie contemplando la escena, observando cada detalle, cuando de golpe llegó a mi nariz un olor a cedrón y manzanas, como un perfume.

Al sentir el aroma reaccioné y, de un impulso, saqué papel y lápiz y escribí un mensaje. Busqué a mi alrededor una botella. Me acordé de dónde escondía las cosas que arrojaban los barcos, y del cofre donde guardaba los vestidos. Fui por ella, metí rápido el papel y la lancé al agua.

El cisne seguía ahí, flotando. Lancé la botella con fuerza; pensé que sería fácil, pero el mar devolvió el mensaje. La botella fue y vino con el oleaje hasta que el mar finalmente se la llevó.

En un mar calmo, con los rayos dorados, contemplé al cisne y me despedí de lo que alguna vez quise amar y no soltar.

Grité con todas mis fuerzas para que me escuchara.

—¡Hey! ¡Responde!

¿Acaso un cisne sabe leer y escribir? Me reí.

Así fue como el cisne desapareció.

Subí la montaña sonriendo. Desde lo alto vi desaparecer el sol, cerré los ojos y dije en voz alta:

—Fuiste Tú quien lo puso en mi camino. Fuiste Tú quien se lo llevó. Cruel juego de azar: tiraste los dados y no me dejaste ganar. ¿Y ahora qué?

Una noche sin luna, oscura y fría.

—Al menos no me dejaste morir en el mar. Más cruel aún fue mostrarme la posibilidad de ese sueño, o la imposibilidad de amar.

Volví a rezar.

—A Ti elevo esta súplica: hazme cisne para acompañar su soledad. Transforma mi llanto en plumas y mi dolor en canto, y deja que nuestra melodía nos lleve lejos, allí donde el horizonte pertenece a las montañas. Déjame cantar junto a su sombra.

De rodillas me quedé, con los ojos cerrados.