La lluvia no daba tregua, los truenos resonaban en mi pecho y yo del miedo sostenía apretando fuerte la ropa mojada en mis manos cada vez que un rayo iluminaba la cueva.
De vez en cuando me giraba para observar la profundidad del espacio, pero no me atrevía a entrar más allá; me quedé de pie sintiendo el frío y resignada. Las pequeñas gotas saladas en la comisura de los labios fueron la única calidez que pude sentir.
Ya no se trataba de huir.
Una noche sin luna me dije a mí misma.
Me puse de rodillas en una entrega total cuando de pronto la lluvia pareció frenar; en aquella aparente calma, un fuerte flash intenso y directo, con un tono azulado, iluminó todo el espacio.
Entre el dolor de las piernas y mi dificultad para respirar susurré despacio: me has abandonado.
Temblando del frío y con el cuerpo mojado de rodillas, no pedí respuesta; solo asumí la consecuencia de mis actos: huir a la orilla buscando una barca para escaparme, correr a ciegas isla adentro, cuando debí mantenerme firme y quedarme con ellos.
Al final estaba ahí en esa cueva sintiendo el peso de mis actos.
Permanecí en silencio sintiendo que todo volvía a la calma: una lluvia más ligera, un viento tibio; solté la ropa y la dejé en el suelo, respiré, cerré los ojos.
Las palabras llegarán. Una voz desde lo profundo de la cueva; la lluvia bajó su intensidad.
¿Quién está ahí? pregunté.
—Tú me conoces tanto como yo a ti —respondió.
¿Qué haces aquí? ¡Muéstrate! —le dije.
Una nueva voz emergió con un solo sonido: NO. Y con ella, la lluvia comenzó otra vez, mucho más fuerte y mucho más ensordecedora; el sonido del trueno parecía acompañar la negación. En aquel momento, una luz dorada iluminó la cueva; no pude ver a nadie, pero al girarme vi cómo un rayo rompió un árbol y, en medio de la tormenta, el tronco quedó encendido en fuego.
Ese fuego...
El rayo se metió en el interior de la madera, dejando una luz dorada en el suelo.
Corrí hacia él por el calor; no tenía llamas: estaba calcinado por dentro como un gran brasero. Con las ramas que cayeron, armé un pequeño refugio, entre el calor y la lluvia fría mojando mi cuerpo.
Sin darme cuenta me dormi.