Podría darte todo lo que me pidieras. Sentí tus labios en mi oído, mi piel completamente erizada.
Así comenzó nuestro encuentro.
No sé dónde estoy, pero la calidez de tus brazos lentamente me hizo sentir profundamente protegida.
—No tengas miedo —me dijiste.
Y me dejé sostener en tus brazos. Susurraste en mi oído:
—Pídeme lo que quieras. Tus más profundos deseos yo te los puedo satisfacer.
Llenaste de miel mis oídos.
Entre tus brazos, sintiendo el calor de tus manos, seguía sin abrir los ojos. Tus brazos fuertes, tus manos firmes de dedos largos. Tu voz era bella, lo suficientemente profunda como para mantener los ojos cerrados y simplemente escuchar tu voz.
El calor comenzó a recorrer mi cuerpo. Yo no sabía si era el calor del árbol dorado o si eras tú, quien desde lo más profundo de la cueva vino a buscarme para llevarme adentro contigo. Sentía la desnudez de tu cuerpo junto al mío. Podía sentir tu respiración; acerqué mi cabeza a tu pecho para escuchar el latido de tu corazón. Para mi sorpresa... no había ningún latido.
Se me apretó el pecho y me pregunté: «¿Quién me está sosteniendo?».
Intenté abrir los ojos y no pude; estaba completamente cegada, era imposible levantar los párpados. Intenté soltarme de ti, pero no pude. Estaba aferrada a tu cuerpo desnudo y a tu calor, sabiendo que no eras tú quien me debía sostener.
Entre tus caricias dulces y mis suspiros te dije:
—Déjame abrir los ojos y déjame verte.
Sentí una pasión desbordante y un deseo que solo se amplificaba a medida que sentía tus manos en mi espalda.
—Déjame abrir los ojos y déjame verte —repetí.
—¿No estás preparada para ver mi verdadero rostro? O sí. Mucho se habla de mí, muchos me temen; sin embargo, tú estás entre mis brazos. ¿Por qué no dudas?
—Creo saber quién eres —te respondí—. Mucho se habla de ti. Me han dicho que tienes mil formas. Me han dicho que eres el hombre más bello que ha pisado la tierra. Desnuda en tus brazos, pudiendo pedirte lo que quisiera: ¿cuál es el precio a pagar si te lo pidiera?
En aquel momento, después de hacer la pregunta, me soltaste y me empujaste con violencia.
—¡Muéstrame tu rostro y revélate ante mí! —yo, sin miedo, te lo dije.
Mas toda tu dulzura se transformó en una tensión espantosa.
En el suelo, sin poder abrir los ojos, intenté ponerme de pie, estiré mis brazos buscándote y te dije, estirando mi mano:
—Me llenaste los oídos con tu miel y me diste un falso calor y refugio. No soy inocente, porque sé quién eres, porque no es la primera vez que estamos juntos. No me he olvidado de ti ni un solo día. Antes te temía, y aunque me prohíbas abrir los ojos y verte, sé quién eres. No se puede fingir ante mí. Ya no.
Caminé despacio para alcanzarte mientras seguía hablando y diciendo:
—No me importa si mantienes mis ojos cerrados, aún puedo ver tu belleza y tu resplandor. Venimos del mismo creador. En algún momento empaticé con tu rebeldía y fui una fiel compañera. Disfruté de tus beneficios hasta que te enfadaste conmigo y me los quitaste. Me alejaste de ti. ¿Y ahora vienes con este hermoso cuerpo? ¿Ahora vienes en medio de esta tormenta, en esta cueva, en mi momento más vulnerable, vienes a rescatarme, según tú? Ni todo el poder, ni toda la gloria, ni todo el dinero del mundo, ni nada de lo que has creado me contenta. ¿Por qué habría de vivir junto a ti solamente de apariencia?
Te reíste fuertemente. Me insultaste. Me dijiste cosas que no voy a replicar en este momento.
Mantuve los ojos cerrados porque no me permitiste mirarte. Preferiste dejarme con la ilusión de que eras un hombre hermoso y bello. Pero no eres más que un desdichado, un soberbio y un solitario. Intentas comprar mi alegría pensando que estoy aquí abandonada; mas no te equivoques, estoy aquí por voluntad propia para encontrarme contigo cara a cara.
Ábreme los ojos y llévame al centro de la cueva. Vísteme con bellos ropajes. Muéstrame, y después de lo que vea decidiré. No hay trato. Muéstrame qué gano yo, muéstrame qué ganas tú.
Fue así como lentamente mis ojos se comenzaron a abrir, y delante de mí pude ver al hombre más bello que habían visto mis ojos: la piel blanca como la nieve, un cabello negro y sedoso, unos ojos grandes, oscuros y negros, una nariz preciosa, unos labios perfectos. Completamente desnudo.
Caminó hacia el interior de la cueva y me dijo:
—Sígueme.
Solo me dio una capa completamente negra de terciopelo por fuera, roja en su interior. Desnuda, con aquella capa, caminé detrás de él hacia el centro de la cueva.
Me di vuelta para ver qué dejaba atrás: miré el bastón, la ropa y el árbol que aún se mantenía encendido, como si esa fuera la única luz a la que debía acudir. Sin embargo, cerré los ojos y caminé detrás de él con la palabra en la boca: non draco sit mihi dux.