Exhalo fuerte la respiración.
No tengo ganas de inhalar el aire, pero, de manera automática, el cuerpo responde y respiro una vez más. Quiero detener la respiración, pero no puedo.
Llevo días preguntándome si esta barca me conducirá hacia la tierra. Estoy cansada de mirar cómo voy bordeando y no me acerco a nada. Con la cabeza recostada en el brazo, en un rincón de la barca, con la mano tocando el agua mientras se mueve suavemente, cierro los ojos y recuerdo el calor de las plumas del cisne.
Llevo días preguntándome si esta barca me conducirá hacia la tierra. Estoy cansada de mirar cómo voy bordeando y no me acerco a nada. Con la cabeza recostada en el brazo, en un rincón de la barca, con la mano tocando el agua mientras se mueve suavemente, cierro los ojos y recuerdo el calor de las plumas del cisne.
Inhalo y exhalo.
Apenas me quedan fuerzas para continuar. Ya no quiero llorar, porque en la isla permanecí mucho tiempo en lágrimas.
Apenas me quedan fuerzas para continuar. Ya no quiero llorar, porque en la isla permanecí mucho tiempo en lágrimas.
Me permito aceptar el vacío de la ausencia. Mi cuerpo comienza a ceder ante el cansancio y la resignación, ante el rechazo, en silencio y violento, de las palabras que nunca llegaron, de la cobardía.
Cerré los ojos y me permití sentir el sol en la cara, tumbada de espaldas en la barca, observando el cielo. No hay río que te lleve a mí ni isla a la cual entrar. Solo estoy yo y la barca, y recuerdos de los cuales quise escapar en algún momento.
Los números jugaron conmigo. Más curiosa, propuse averiguar qué estaba sucediendo. Me quise refugiar para no sentir el dolor, pero aquí, en medio de la nada, lo único que siento es el dolor; es lo único que hay.
Recuerdos que duelen, que pesan, que atraviesan el cuerpo, que hacen sonar los huesos, que llenan mis ojos, una y otra vez, de lágrimas. Una voz serena, pausada, que comprende la magnitud de las cosas, pero aún le cuesta aceptar la realidad.
No hay respuesta correcta ni acción que yo pueda hacer, más que la de seguir aquí, en la herida, en este lugar que no sé si es un mar o es un lado gigante, inmenso, en la cima de una montaña. No tengo idea de dónde estoy. No tengo un mapa. Tengo los labios secos y no… y exhalo.
Cerré los ojos y me permití sentir el sol en la cara, tumbada de espaldas en la barca, observando el cielo. No hay río que te lleve a mí ni isla a la cual entrar. Solo estoy yo y la barca, y recuerdos de los cuales quise escapar en algún momento.
Los números jugaron conmigo. Más curiosa, propuse averiguar qué estaba sucediendo. Me quise refugiar para no sentir el dolor, pero aquí, en medio de la nada, lo único que siento es el dolor; es lo único que hay.
Recuerdos que duelen, que pesan, que atraviesan el cuerpo, que hacen sonar los huesos, que llenan mis ojos, una y otra vez, de lágrimas. Una voz serena, pausada, que comprende la magnitud de las cosas, pero aún le cuesta aceptar la realidad.
No hay respuesta correcta ni acción que yo pueda hacer, más que la de seguir aquí, en la herida, en este lugar que no sé si es un mar o es un lado gigante, inmenso, en la cima de una montaña. No tengo idea de dónde estoy. No tengo un mapa. Tengo los labios secos y no… y exhalo.
Simplemente respiro.
Cierro los ojos y escucho el crujir de la madera. Exhalo fuerte el aire cuando, de pronto, en aquella calma y serenidad, sentí el calor de tus manos sobre mi espalda. Me incorpore y me senté nuevamente para tocar el agua. Cerré los ojos para sentirte una vez más con fuerza y quedarme en aquel recuerdo como una pequeña habitación en mi memoria.
Suspiré al sentir que el calor estaba sobre mi espalda. Respiré la angustia. Ese olor me pregunte a mi misma que está pasando. El agua se comenzó agitar. La presión en la espalda me dolía como si fuese una lanza que atravesaba la espalda hacia el pecho, a través del corazón.
El brazo se congeló. Apenas pude respirar con calma. Me agité, me puse nerviosa. La barca se movía. No podía abrir los ojos y el olor a putrefacción, a sangre, lo inundaba todo. No podía moverme. Aquella mano no me soltaba y no me dejaba.
Intenté zafarme con todas mis fuerzas. Me presionó la cabeza y me estaba intentando ahogar. Intentaba empujarme fuera de la barca. Opuse resistencia y me agarré con fuerza. La mano sostenía mi cabeza e intentaba ahogarme.
Sentí el aleteo de un pájaro fuerte. Apenas escuché el sonido, volví a perder la audición. Un pitido lo inundaba todo. Comencé a gritar. No había nadie a quien pudiese pedir ayuda.
El cielo se puso gris. Ya no había tormenta. Comenzaba, una vez más, la densa niebla.
No puedo ver el agua. Me ahogo. ¿Cómo me voy a ayudar? No puedo.
—¡Suéltala! —dijo una voz que lo cubrió todo.
Con la cara mojada, mojada, con el cuerpo adolorido, me giré y grité. No pude contener mi desesperación y abracé al cisne.
Sangrando ante mí, entre mis brazos, lleno de sangre, el hermoso cisne blanco, cubierto de rojo, muerto en mis brazos.
Lo abracé con fuerza, intentando revivirlo con mis lágrimas, diciéndole al oído todo lo que le quise decir y callé. Y por qué fue así, y por qué no hablaste, y por qué preferiste guardar silencio.
Mira lo que te han hecho. Y yo te dije, yo te dije que te quedaras para que no te castigaran.
Mira lo que has decidido: tu propia muerte.
Con las manos ensangrentadas, me quedé abrazada al cisne y la niebla lo cubrió todo una vez más.
Cierro los ojos y escucho el crujir de la madera. Exhalo fuerte el aire cuando, de pronto, en aquella calma y serenidad, sentí el calor de tus manos sobre mi espalda. Me incorpore y me senté nuevamente para tocar el agua. Cerré los ojos para sentirte una vez más con fuerza y quedarme en aquel recuerdo como una pequeña habitación en mi memoria.
Suspiré al sentir que el calor estaba sobre mi espalda. Respiré la angustia. Ese olor me pregunte a mi misma que está pasando. El agua se comenzó agitar. La presión en la espalda me dolía como si fuese una lanza que atravesaba la espalda hacia el pecho, a través del corazón.
El brazo se congeló. Apenas pude respirar con calma. Me agité, me puse nerviosa. La barca se movía. No podía abrir los ojos y el olor a putrefacción, a sangre, lo inundaba todo. No podía moverme. Aquella mano no me soltaba y no me dejaba.
Intenté zafarme con todas mis fuerzas. Me presionó la cabeza y me estaba intentando ahogar. Intentaba empujarme fuera de la barca. Opuse resistencia y me agarré con fuerza. La mano sostenía mi cabeza e intentaba ahogarme.
Sentí el aleteo de un pájaro fuerte. Apenas escuché el sonido, volví a perder la audición. Un pitido lo inundaba todo. Comencé a gritar. No había nadie a quien pudiese pedir ayuda.
El cielo se puso gris. Ya no había tormenta. Comenzaba, una vez más, la densa niebla.
No puedo ver el agua. Me ahogo. ¿Cómo me voy a ayudar? No puedo.
—¡Suéltala! —dijo una voz que lo cubrió todo.
Con la cara mojada, mojada, con el cuerpo adolorido, me giré y grité. No pude contener mi desesperación y abracé al cisne.
Sangrando ante mí, entre mis brazos, lleno de sangre, el hermoso cisne blanco, cubierto de rojo, muerto en mis brazos.
Lo abracé con fuerza, intentando revivirlo con mis lágrimas, diciéndole al oído todo lo que le quise decir y callé. Y por qué fue así, y por qué no hablaste, y por qué preferiste guardar silencio.
Mira lo que te han hecho. Y yo te dije, yo te dije que te quedaras para que no te castigaran.
Mira lo que has decidido: tu propia muerte.
Con las manos ensangrentadas, me quedé abrazada al cisne y la niebla lo cubrió todo una vez más.
Inhale.