FLAN DE HUEVO

 




Hay tres ciudades que habitan en mí como si se tratara de una misma respiración: Santiago, Barcelona, Tokio.

De manera inesperada, las tres se activaron sin permiso, todas en un solo lugar y al mismo tiempo.

Cómo acabé en un convento es una historia que tengo que contar, y para hacerlo es necesario bordear mi situación médica actual.

¿Qué fue lo que no vi?
¿Acaso vi de más?
O la pregunta más incómoda: ¿qué es lo que no quiero ver?

Para todo eso tengo respuestas, pero no las van a encontrar aquí. Lo único que puedo dejar es una pista.

Completen ustedes después el rompecabezas.

Hoy puedo ofrecerles una pieza —y no una menor— de un juego que se llama vida.
Así es como voy a contarlo.


FLAN DE HUEVO

Me encantan los flanes. Me recuerdan a mi infancia y a mi bisabuela preparándome flan con caramelo. Suenan a música clásica y, para mí concretamente, a esta melodía: Gymnopédie n.º 1 de Satie.

El piano y el flan me llevan a esa niñez. No negaré que intenté ser buena cocinera, pero nunca lo logré. Hasta el día de hoy no he conseguido hacer un buen caramelo, pero no vine a hablarles de mi infancia, tranquilos.

En algún momento pensé que todo esto se trataba de mí, pero al terminar de armar el puzzle me di cuenta de que es para ustedes. ¿Será solo una playlist? ¿O parte de algo más…?

Al llegar a Barcelona descubrí toda una línea de flanes: flanes de huevo con caramelo, flanes de queso, flanes de muchísimos sabores. Tengo muchas historias que giran en torno a un flan, sin darme cuenta y como un hilo misterioso: ahí estaba esa cosa suave, simple de preparar pero difícil de cocinar.

Tengo historias muy lindas, llenas de luz: conversaciones, copas de vino tintineando, el sabor exacto de un buen flan. Incluso en cada hospitalización —para mí, un premio— fuera o dentro del hospital, un flan.

Tokio, 2011. Ahí estaba yo, en un konbini, en un Seven Eleven, sacando un famoso giga pudín. Lo que más me gustó fue su carita sonriendo, porque siempre me imaginé que el flan era algo muy divertido y esponjoso, que se mueve alegremente. Una versión joven de mí, acostada en el hotel esperando el amanecer, con programas de gatos y su día cotidiano. Quién diría que años después ciertas personas y ciertos lugares nos unirían tanto.

Lo maravilloso de la ciudad es que todo permanecía abierto las veinticuatro horas. Era verdaderamente el lugar donde había cabida para mí: una persona insomne.

¿Ha cambiado eso? Algunas cosas sí, otras no. Pero el flan sigue aquí, como uno mientras escribo esto, y pienso: ¿verdaderamente vine solo a esto?

Te dejo tres canciones, una fotografía y una invitación a que…
pronto te lo cuento.